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26 Internacional LA RETIRADA DE GAZA JUEVES 11 8 2005 ABC Ha sido el primer asentamiento judío de Gaza en celebrar una ceremonia de despedida de sus hogares durante varias décadas. Hoy cierran la puerta con llave. No serán los últimos Baja el telón entre casas deshuesadas TEXTO: JUAN CIERCO. CORRESPONSAL PEAT SADE (GUSH KATIF) El contenedor recuerda a una ballena hambrienta. Con la boca abierta, con sus tripas vacías, la ballena de hierro, negra como el toldo negro que la cubre, engulle, uno a uno, la comida, los muebles, los electrodomésticos, los enseres personales, las bicicletas de los niños, el álbum de fotos de una vida que acaba para que comience otra. La ballena de hierro tiene un apetito voraz y los trabajadores, palestinos por supuesto, que se encargan de alimentarla no dan abasto. Los marcos de las puertas y de las ventanas por aquí; la encimera de la cocina por allá; la cuna del bebé; la cama de matrimonio; las cañerías; el plato del satélite, incluso las tejas rojas de un tejado a veces tocado de lleno por los cohetes artesanales Qassam lanzados por los palestinos desde el otro lado de la calle... Las casas de Peat Sade, asentamiento de apenas 22 familias y 104 habitantes, dan pena. No porque estén vacías, que muchas lo están ya; no porque vayan a ser demolidas a partir del 7 de septiembre; no porque estén huérfanas de habitantes... Dan pena porque, a diferencia de la ballena de hierro que se come todo más golosa que de costumbre, parecen tener hambre. Así como están, una tras otra, desnudas, desarmadas, desmontadas, deshuesadas, esqueléticas. Los vecinos, como Yossi Cohen, se llevan las tejas rojas, una a una, para montarlas más tarde, a partir de ya, una a una, en sus nuevas viviendas de Mavkiín, a sólo 15 kilómetros de una Franja que ha sido la suya durante 16 años. Me llevo todo lo que puedo desmontar no por no dejárselo a los palestinos, a fin de cuentas las casas van a acabar convertidas en escombros, sino por sacarle provecho en mi nuevo hogar dice su mujer Ruthi. Con ayuda de tres de sus cuatro hijas, la mayor está en el Ejército pero no participará por suerte en la dolorosa evacuación de Gaza, Ruthi se encarga de empaquetar los enseres más delicados, valiosos, emotivos. Martillos en vez de rifles Yossi, armado con un martillo que no con su M- 16 que ya entregó hace unos días a los militares, es responsable de todo lo demás. Con la inestimable ayuda, eso sí, de un puñado de palestinos, dispuestos a ganarse unos dólares y serenos por asistir, en primera fila, a la salida por la puerta de atrás de quienes les han ocupado a fuerza de carro de combate y golpe de excavadora durante años, lustros, décadas. Casi todo ha sido ya desmantelado. Apenas quedan unos marcos por desatornillar; unas puertas por desquiciar; unas toallas y unas sábanas por doblar. No quedan más que los recuerdos, esos a los que se aferran con fuerza Yossi y Ruthi para no olvidarse alguno en ese rincón polvoriento, o detrás de alguna silla demasiado vieja para ser cargada, o debajo de ese sillón con los muelles a flor de piel. Nos llevamos todo, pero sobre todo nuestros recuerdos, nuestra pena, nuestra vida a cuestas. Tres de mis hijas nacieron mientras vivíamos aquí. Nuestros mejores amigos los hemos hecho aquí. Lo mejor de nuestra vida lo hemos vivido aquí explica la mujer entrada en años y carnes, con las lágrimas asomando sin atreverse a salir Tiendas de campaña para alojar a colonos en el asentamiento de Morag por unos ojos claros tan expresivos como esas manos igual de agrietadas que su corazón. La tarde está a punto de caer. Yossi, Ruth, sus tres hijas pequeñas, sus vecinos, sus amigos, los que no se han ido, los que se irán, todos juntos a su nuevo destino, aparcan sus tareas por urgentes que parezcan, se disfrazan de naranjas maduras, camisetas, cintas, pañuelos, todo vale mientras todo sea tan naranja como los chupetes de varios bebés, ataviados también de color naranja, a caballo de una cuna con ruedas, y se dirigen a la plaza del centro comunitario. Cabizbajos, resignados, derrotados Allí, en apenas unos minutos, por primera vez en cualquiera de los 21 asentamientos de Gaza por evacuar, los vecinos, cabizbajos, resignados, derrotados participarán junto a altos mandos del Ejército de Israel, en una sencilla pero emotiva ceremonia de despedida. El micrófono, a pleno rendimiento, pasa de mano en mano en un ritual digno de las mejores tradiciones tribales. Los unos hablan con la voz quebrada; a los otros se les escapa una furtiva lágrima; los niños cantan a coro esa canción nada casual, ensayada en los últimos días; todos tienen palabras de respeto hacia el Ejército; todos tienen palabras de ira hacia el Gobierno, en particular hacia el primer ministro, su Nuestros mejores amigos los hemos hecho aquí. Lo mejor de nuestra vida lo hemos vivido aquí Me llevo todo lo que puedo desmontar con tal de no dárselo a los palestinos. Todo acabará en escombros