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48 MIÉRCOLES 10 8 2005 ABC FIRMAS EN ABC en las Aguas de Abajo. Ni siquiera el nombre con que se les conoce en español- -pájaro bobo- -ha suscitado referencias a la mansedumbre, la humildad y la santa simplicidad. Cirlot no les dedica ninguna entrada en su Diccionario de símbolos. No aparecen en El Bestiario de Cristo, y es fama en el mundo animal que uno no es nadie si no está en la obra de Charbonneau- Lassay, Gotha de los animales. En paralelo, tampoco sus principales adversarios- -leopardos marinos, orcas y tiburones- -han llamado la atención de mitólogos y urdidores de panteones. Sí está claro que el perfil de estos últimos es, con mucho, menos simpático. ¿Qué pedigrí mitológico puede el pingüino esgrimir al lado del gallo, el cisne, el toro, la vaca... Acaso los pingüinos fueron descubiertos tarde. Cuando familias de ellos saludaron desde costas africanas y americanas a los navegantes portugueses que pugnaban por franquear los cabos de Magallanes y Buena Esperanza, la mitología de las grandes civilizaciones- -o de las grandes civilizaciones que han pervivido- -estaba siglos ha consolidada sin ellos. El mismo destino mitológico ha sufrido la foca, por ejemplo. ¡Ah, si los pingüinos mudaran su plumaje en Transoxiana, en vez de sobre témpanos a la deriva en el Antártico! Me resisto, lo confieso, a recurrir para explicar la referida navideñización de los pingüinos a ese paso de lo local a lo global y de lo global a lo glocal (o de la presencia a la ausencia y de esta a la telepresencia; o del imperialismo al postcolonialismo y de este al cosmopolitismo transétnico) que, como bien ha visto Rosa María Rodríguez Magda, constituye el alma- -bien hollinada- -del presente Fin de Ciclo. No. Los pingüinos no forman parte de la parafernalia navideña en razón de haberse tornado glocales o telerreales. Lo suyo no tiene nada que ver con ese proceso por el cual Boris Izaguirre o Lorena Verdún forman, lo queramos o no, parte de nuestras vidas. Y, si no, ¿por qué los comerciantes no engalanan en Navidad sus escaparates con titíes o cebras? ¿Es que son menos glocales o menos telerreales? La Navidad escapa a lo glocal, por la misma ley de acuerdo con la cual el demonio no puede entrar en el templo. Probablemente sí ocuparan los pingüinos un lugar altamente respetable en las mitologías olvidadas de Gondwana, el continente primordial al Sur, ha tiempo engullido por las aguas. Pero nada sabemos de aquellos panteones, salvo por tablillas indescifrables cuya autenticidad- -cuando no su misma existencia- -es tan dudosa. Nuestra ignorancia, lo admitimos, es total sobre esos dioses sobre los que, además, los pingüinos guardan silencio. Mas sí sabemos que todo lo glocal será engullido por ellos. Un gran Y los demonuelos glocales se irán por el túnel del olvido tras unas gárgaras en la tráquea divina de esas deidades ignotas. Y los pingüinos se reirán. Y nosotros- ¡ojalá! -con ellos. JOAQUÍN ALBAICÍN ESCRITOR PINGÜINOS ¿Qué pedigrí mitológico puede el pingüino esgrimir al lado del gallo, el cisne, el toro, la vaca... Acaso los pingüinos fueron descubiertos tarde. Cuando familias de ellos saludaron desde costas africanas y americanas... E preguntaba si esa turbadora desazón transmitida por los cuervos en la película de Hitchcock se sentiría también rodeado de una muchedumbre de pingüinos emperador. No me lo pareció cuando vi aquellos de peluche, de diseño bastante realista y más o menos de la alzada de una cría, a la venta en la sección de adornos navideños de El Corte Inglés: De regalo de Reyes, quiero un pingüino. O mejor: varios, para no restringir su presencia a una sola estancia de la casa dije entonces. Mas, cuando se acercó a buscarlos, no quedaba ya ni uno... Ignoro a santo de qué me dio por ahí. Para no alargarme: cuando, no mucho después, me invitaron a ejercer de comentarista de libros en Radio City, elegí al azar para mi debut la biografía de Apsley Cherry- Garrard, explorador victoriano alistado en la expedición postrera de Scott al Polo Sur... por no otra razón que su interés en la recolección de huevos de pingüino emperador. En la época, M era superstición cientifista de gran predicamento la convicción de que quien observara en etapa de desarrollo temprano un embrión de dicha familia zoológica se encontraría nada menos que ante el eslabón perdido entre aves y reptiles. Así pues, su motivación resulta menos excéntrica de lo que pudiera pensarse. El caso es que, desde el día antedicho, pienso en pingüinos y, particularmente, en la razón profunda de que estos se hayan colado como quien no quiere la cosa en mundo de imágenes de tan alto prestigio y tan circunscrito a un contexto semita como el de la Epifanía cristiana. El mero hecho de ser connacionales de los renos que tiran del trineo de Papá Noel y la asociación inconsciente de lo navideño a la nieve hiperbórea, siempre presente en su habitat, parecen ser los únicos elementos en que se basa la carta de naturalización otorgada a los pingüinos para incorporarse a los escaparates al lado de habitantes del Belén de tan larga so- lera como los pastores, los Reyes Magos, los angelotes... Porque, aparte de lo insólito de que estos habitantes de icebergs no desentonen en un marco de referencia tan poco gélido como Palestina, lo cierto es que resulta ardua tarea encontrar ejemplos icónicos en los que hayan sido elegidos como símbolo ideal de esta o aquella realidad del imaginario sagrado. Los mitólogos, en efecto, apenas se han ocupado de ellos, pese a que su imposibilidad de emplear las alas salvo como aletas les convierta en buena metáfora de los ángeles varados JAVIER TOMEO ESCRITOR DOS SIGLOS DE JULIO VERNE Hagan un poco de memoria: tras hundir un enorme buque de guerra, el Capitán Nemo, aquel verdadero arcángel del odio, dirigió su Nautilus hacia el Maesltrom, no lejos de la costa noruega... E ha cumplido y conmemorado los doscientos años del nacimiento de Julio Verne. Hace unas semanas, en una visita a un Instituto de Enseñanza Media de próximo a Montpellier- -la ciudad donde nació Jaime I, rey de Aragón- pregunté a los chicos si habían leido a Verne. Levantaron el brazo únicamente dos o tres muchachos, en una clase de más de medio centenar de alumnos. Peor para ellos. Uno, de todas formas, sigue fiel a sus viejos ídolos. S Precisamente la otra noche, después de haber visto en televisión la película Veinte mil leguas de viaje submarino, soñé que estaba interpretando La Pasión según San Mateo en el órgano del Nautilus al tiempo que, un ejercito de sirenas de larga cabellera y busto exuberante nadaban en perfecta formación tras la inmensa vidriera frontal del fastuoso submarino y me guiñaban el ojo al pasar por delante. -Esas sirenas saben perfecta- mente que no sé nadar y que, por mucho que me provoquen, no podré seguirlas- -me dije Hagan un poco de memoria: tras hundir un enorme buque de guerra, el Capitán Nemo, aquel verdadero arcángel del odio, dirigió su Nautilus hacia el Maesltrom, no lejos de la costa noruega, como deseando ser tragado por ese espantoso torbellino, cuya potencia de atracción se extiende hasta una distancia de quince kilómetros y del que hasta entonces no se había podido escapar nave alguna. Tal vez el vengativo marino quiso expiar de ese modo todos sus pecados. Veinte mil leguas de viaje submarino termina, en efecto, con varios interrogantes: ¿Resistió el Nautilus a los impulsos del Maelstrom? ¿Vive todavía el Capitán Nemo? ¿Sigue con sus espantosas represalias? Espero sinceramente que sí, que, extinguido para siempre su odio hacia la Humanidad, el Capitán Nemo continúa navegando todavía por el fondo del océano descubriendo nuevas maravillas. Si es así, tal vez algún dia olvide que no sé bucear y me conceda la oportunidad de viajar a su lado.