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ABC LUNES 8 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES OTRA DE ROQUETAS TRA vez a cuestas con el caso Roquetas y la rebatiña soterrada entre Interior y la Benemérita- -ahí es nada- que amenaza con derivar en guerra abierta. Cuentan- -y no paran- -que la cosa viene de lejos. Las aguas bajan revueltas entre otras pendencias, por un quítame allá este informe de la mesa- -las pruebas de la conexión PCTV Batasuna ETA- que al ministro le quemaban las manos. No era para menos: la Fiscalía General silbando el Only you y mirando para otro lado, mientras los de Arruche, en vísperas de las elecciones vascas, acumulando indicios sin parar, dale que te pego. Y, entretanto, por aquellas, Bono desmarcándose del prietas las filas del Gobierno. ¿Recuerdan? Lo de Roquetas colma el vaso de la paciencia- -de ambos dos o de ambos tres- Permanezcan sentados. MARCO AURELIO O LEER Y PENSAR ALEGORÍAS DEL HORROR MENTIRAS. VIAJE DE UN PERIODISTA... DE XAVIER MAS DE XAXÀS Destino Barcelona, 2005 342 páginas 20 euros La otra cara del periodismo La profesión de periodista es una de las más atractivas. Y también una de las más desconocidas. ¿El periodista sabe tanto como aparenta? ¿De dónde saca la información? ¿Dice siempre la verdad? ¿Quizá obedece a determinados intereses ocultos? Xavier Mas de Xaxàs, periodista que ha desarrollado su tarea profesional como corresponsal en el extranjero, ha decidido ajustar cuentas con una profesión- -la suya- -en la que, con frecuencia, las cosas no son lo que parecen. Aunque lo contrario también es, a veces, cierto y las cosas sí son lo que parecen. O sea: existen imperios mediáticos cuyos intereses se reflejan en el productoofrecidoal lector, el reparto del pastel publicitario puede influir sobre la información, el periodista usa y abusa de la noticia de agencia o del gabinete de prensa, algunas empresas recurren al espectáculo para aumentar las ventas, y siempre está el recurso de decir lo que la gente quiere oír. Xavier Mas de Xaxàs- -con ejemplos concretos y algún que otro exceso valorativo- -ha radiografiado en Mentiras. viaje de un periodista a la desinformación el quehacer periodístico y mostrado lo que resulta evidente: los profesionales de la información tienen vicios y virtudes. En definitiva, son humanos. MIQUEL PORTA PERALES OS noticias macabras han asaltado los titulares de prensa en fechas recientes. En un pueblo de Alemania era detenida una mujer que había asesinado hasta a nueve de sus hijos en el momento del alumbramiento y enterrado sus cadáveres en macetas. Casi sin solución de continuidad, nos enteramos de que un hospital de París escondía en sus sótanos hasta trescientos cincuenta cadáveres de fetos y niños recién nacidos, algunos conservados en frascos de formol desde hacía dos décadas. Ambas noticias han provocado un fugaz escándalo: la primera ha sido despachada con un repeluzno de repugnancia, quizá una reminiscencia de aquel horror primigenio que provoca el recuerdo de Saturno; la segunda ha originado en Francia un venial revuelo administrativo, pues al parecer la legislación sanitaria obliga a los hospitales a incinerar los cadáveres, si no son reclaJUAN MANUEL mados en un plazo de diez días desDE PRADA de su defunción. Naturalmente, la hipocresía contemporánea no ha querido afrontar el trasfondo de horror que se agazapa detrás de estas dos noticias, alegorías de un horror mucho más vasto y acuciante que nuestra sociedad prefiere ignorar. Ambos sucesos, más allá de sus particularidades anecdóticas (el trastorno de una madre desnaturalizada, la infracción de una normativa sanitaria) comparten un mismo meollo de espanto: Occidente esconde, detrás de su fachada humanitaria, una trastienda de crímenes de proporciones industriales que mantenemos cerrada, para que sus emanaciones pútridas no golpeen nuestras conciencias anestesiadas; crímenes amparados en coartadas clínicas o aberraciones legales, perpetrados contra los seres más indefensos, sustentados sobre la quiebra moral de las llamadas sociedades del bienestar En un artículo anterior me refería, citando a Solzhenitsyn, a ese arrebato de D automutilación a esa falta de fe en el futuro que gangrena a las sociedades occidentales, ensimismadas en su opulencia. Cuando se deja de creer en el futuro, se deja de creer en la transmisión de la vida; cuando se destierra de nuestro horizonte moral el primer mandato divino- Creced y multiplicaos es natural que aceptemos, siquiera por connivencia o estolidez, el aborto. Todavía nos horripila que una madre desnaturalizada estrangule a sus hijos cuando acaba de alumbrarlos, todavía nos indigna que guarden a los fetos en frascos de formol; pero no nos equivoquemos: estas reacciones no son sino aspavientos de farsantes a quienes no injuria tanto la comisión del crimen como que el crimen no pase desapercibido. Si esa infanticida alemana, en lugar de desembarazarse de su prole mediante métodos tan tremebundos, hubiese abortado en un quirófano; si esos médicos franceses coleccionistas de fetos hubiesen cumplido con las ordenanzas sanitarias... ni siquiera nos habríamos inmutado. La solución final decretada por el régimen nacionalsocialista (conviene que empecemos a designar sin abreviaturas la quimera de Hitler, para que seamos más conscientes de su inspiración ideológica) fue digerible mientras pasó inadvertida. El comunismo fue jaleado por sus comprometidos corifeos mientras se pudo ocultar el gulag. Nuestra época, en su frenesí automutilador, ha ideado otra forma de holocausto igual de siniestra, pero mucho más tranquila y desapercibida, puesto que se asegura el silencio de las víctimas. Algún día nuestros herederos se asomarán con horror a las fosas donde claman esas víctimas sin voz; algún día descubrirán en su entera y pavorosa magnitud el exterminio de vidas gestantes que hoy se perpetra impunemente. Y entonces se preguntarán: ¿Qué clase de monstruos fueron nuestros padres? Con desaliento y resignada ira, intuyo que no alcanzaré a ver ese día; pero me consuela saber que otros- -mis herederos- -harán en mi nombre justicia.