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ABC DOMINGO 7 8 2005 Los domingos 53 Si España no tuvo Plan Marshall y se levantó gracias a su esfuerzo de las ruinas (hasta 1958 no se recuperó la renta por habitante de 1936) en la división del trabajo continental posterior al conflicto le correspondió el dorado del turismo. Su explosión fue asombrosa: en 1956 entraron poco menos de 3 millones de visitantes, en 1960 más del doble, en 1965 casi 15 millones y en 1973 cerca de 35 millones. Si nos referimos sólo a turistas, en etapas más recientes, en 1986 hubo más de 30 millones, en 1998 se llegó a los 48 millones y este año se alcanzarán los 54 millones. Este logro extraordinario, los ingresos en divisas (que taponaron el déficit crónico de la balanza comercial) y el meteórico desarrollo de emporios costeros en Canarias, Baleares o la costa peninsular mediterránea produjeron, sin embargo, una estructura bipolar, un desarrollo desigual y segmentado, de modo que el sector ha presentado una división en dos mundos con prácticas, personajes y proyecciones distintos. Hay quienes se han dedicado a la actividad turística, y hay industriales del turismo. Para los primeros, el boom del turismo supuso el hallazgo de un filón minero, la producción de un ciclo de máximo rendimiento y especulación que se ha reproducido sin solución de continuidad sobre áreas importantes de la frontera imaginaria que es la costa española, cada vez más saturada y urbanizada, al margen de cambios políticos y legislativos y ciclos económicos. Signos de incertidumbre quienes podían acceder a ellas y en una aspiración para todos los que se permitían soñar con un futuro mejor. Pronto fueron también un derecho, y por eso los nacientes sindicatos se involucraron en la organización de colonias y lugares de recreo. El nazismo y el fascismo establecieron auténticas industrias del litoral, que debían asegurar el merecido descanso de las masas trabajadoras y sancionar el pretendido final de la lucha de clases. No obstante, fue tras la II Guerra Mundial cuando las políticas ligadas a la organización del estado del bienestar en Europa hicieron del recatado viaje burgués a la costa un objeto del consumo de masas, interclasista e internacional. España, que había visto ya en la primera década del siglo XX surgir instituciones como el Fomento del Turismo en Mallorca (1905) o la Sociedad de Atracción de Forasteros en Barcelona (1908) y con anterioridad a la Guerra Civil había conocido un desarrollo de la actividad turística nada desdeñable- -hubo un cuarto de millón de visitantes anuales en los convulsos años de la Segunda República- fue desde finales de los años cincuenta el destino predilecto de los cazadores europeos del sol y la playa. Las razones fueron claras, los precios ínfimos, el buen clima, la tradición del viaje romántico resumida en el Spain is different inventado ya en 1948 (que presuponía la excitante vivencia de aventuras personales, ritos de paso y experiencias de iniciación sexual) la seguridad supuesta en una dictadura y la posibilidad de dominar las estructuras empresariales y controlar y repatriar los beneficios por parte de los países emisores. Lorenzo Aparicio Hostelero jubilado, en la Playa de Poniente de Benidorm (Alicante) El corazón late más fuerte junto al mar DAVID MARTÍNEZ Lorenzo Aparicio acaba de cumplir 73 años, o como él dice, treinta y siete, pero al revés Con su vitalidad y buen humor, nadie diría que este madrileño está operado del corazón, pero así es. En 1991, el médico que lo operó le aconsejó que se trasladara a vivir junto al mar, porque así tenía posibilidades de vivir más años De hecho, su esposa está convencida de que aún lo tiene junto a ella gracias a las largas temporadas que pasan en Benidorm. Antes veníamos en octubre, cuando cerrábamos el restaurante ya que hace más de treinta años que poseen una vivienda en la localidad más turística de la provincia de Alicante. El piso, situado estratégicamente junto a la plaza de toros, una de las mayores aficiones de Lorenzo, no está precisamente cerca de la playa de Poniente. Cogemos el coche todos los días, porque nos gusta más esta zona El ex hostelero y su esposa llegan temprano a la playa, y mientras ella coloca las hamacas, Lorenzo se da un paseo hasta el quiosco para comprar el ABC, que se lee de punta a punta, sin dejar una página Reconocen que están muy a gusto y se sienten como unos benidormeneses más: Los fríos aquí no son como los de Madrid donde vive su familia, concluyen. Tras la II Guerra Mundial, las políticas del estado del bienestar en Europa hicieron del recatado viaje burgués a la costa un objeto del consumo de masas Para los segundos, los grandes nombres que son las grandes marcas renombradas del turismo español, sus señales de identidad y su esperanza en un mundo globalizado, el turismo ha representado una verdadera industria, la reproducción de una empresa a largo plazo, exigente en términos de capitalización, control de calidad, preparación del personal y complejidad institucional. De ahí que la entrada en una nueva crisis cíclica del turismo español de sol y playa constituya sobre todo una oportunidad- -quizás la última- -de asumir que no se trata de una actividad, sino de una gran industria, y quien no asuma este principio debería dedicarse a otra cosa. Los signos de incertidumbre están ahí: aunque entran más turistas, su gasto promedio se ha reducido, sus estancias se han acortado, el fenómeno de las segundas residencias es una fuerte competencia y los nuevos destinos- -Túnez, Croacia, Turquía... -ofrecen un producto parecido más barato. Así que las playas siguen llenas, pero la rentabilidad es decreciente, y como el 80 por ciento del turismo que acude a España es de sol y playa es imprescindible diseñar nuevas estrategias, que no sólo atraigan al visitante de mayor ingreso, sino que cuiden al turista como un bien escaso.