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ABC DOMINGO 7 8 2005 Los domingos 51 Breve parte del equipo médico habitual No están los veteranos líderes árabes para muchos trotes políticos o militares. Sin embargo, pese a sus reiterados achaques, sus enfermedades más o menos graves, sus desmayos, hemorragias u operaciones, no parecen demasiado dispuestos a tirar la toalla salvo que la muerte llame a su puerta con guadaña incluida. El nuevo Rey de Arabia Saudí, Abdalá, sufre de problemas cardiacos, a sus 82 años, desde finales de la década de los 80; Hosni Mubarak, de 77, se desvaneció en 2003 en pleno discurso televisado ante el Parlamento; además, en julio de 2004 fue intervenido de una hernia discal en Alemania. Poca cosa para un hombre víctima de 10 intentos de asesinato a lo largo de su extendido mandato. No sólo tiene problemas de salud el Emir de Kuwait, quien sufrió una hemorragia cerebral en 2001, sino también su supuesto sucesor, su primo el jeque Saad al- Abdalá al- Sabah, postrado en más de una ocasión en la cama mientras guía las riendas del país el primer ministro. Mejor suerte, en cambio, ha corrido el presidente de Yemen, el mariscal Saleh, en el poder desde 1978, con guerra civil victoriosa incluida en 1994. Dos de sus predecesores murieron asesinados, otros dos, viven en el exilio tras sendos golpes de Estado. Tampoco los líderes palestinos, el presidente, Mahmud Abbas, y el primer ministro, Ahmed Qurea, pueden sacar pecho. Ambos han sido operados de corazón, ambos han sido ingresados en el hospital en los últimos meses, ambos tienen la espada de Damocles sobre la cabeza de su delicada salud. No se conocen problemas sanitarios en el coronel libio, Muammar el Gaddafi o en el Sultán Qabús de Omán. Menos aún en los cachorros árabes sustitutos de sus padres en los últimos años. Ninguno, eso sí, ha conseguido acercarse siquiera de refilón al carisma y peso político de sus progenitores. El nuevo monarca saudí, Abdalá, de 82 años, y el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, en el funeral por el Rey Fahd ra dirigir uno de los países más pobres del mundo. Rico, próspero y moderno es el Sultanato de Omán, sobre todo desde que el Sultán Qabús diera, con la ayuda de Gran Bretaña, un golpe de Estado incruento el 23 de julio de 1979 contra su padre. Qabús, de 64 años de edad y con más de 35 en el Trono, no tiene hijos ni sucesores claros. Varios miembros de la Familia Real coquetean sin disimulo con Londres para ganarse su confianza. cuando fue elegida por consenso por los sabios de las tribus por ser buenos mercaderes. Y así sucesivamente. Países como el Líbano, donde los clanes se perpetúan sin solución de continuidad (ahí asoman los Franjie, los Hariri, los Yumblatt) como Qatar (donde el jeque Hamad Bin Jalifa sustituyó a su padre tras deponerle mientras el anciano inspeccionaba sus cuentas en Suiza) como Irak (de no haber sido por la guerra e invasión norteamericana, Sadam Husein habría cedido los trastos del poder a sus hijos, tan sanguinarios como él, Uday y Qusay) se suman a esta particular lista de naciones en las que las sagas familiares y los culebrones políticos dejan cualquier guión huérfano de suspense. La excepción, si acaso, esa Palestina que no existe todavía pero sufre día a día. Las grandes familias palestinas emigraron hace tiempo y se desperdigaron por el mundo en una diáspora que no acabará nunca. El poder absoluto de Yaser Arafat ha pasado ahora a manos, en unas elecciones con distintos agujeros negros pero ejemplares si se tiene en cuenta lo que abunda por la convulsa región, de 4.200 príncipes En el Emirato de Kuwait, más rico, próspero y moderno que Omán, las cosas están más claras aunque allí, como en su vecina Arabia Saudí donde se cuentan 4.200 príncipes de sangre entre los 25.000 miembros de la Casa de los Saud, el cambio generacional se hará de rogar. El Emir desde 1978, el jeque Jaber al Ahmad al Sabah, y el jeque Saad al- Abdalá al- Sabah, se han repartido el poder como buenos primos hermanos pero sus problemas de salud les mantienen en el banquillo en beneficio del primer ministro. La dinastía Al Sabah gobierna el Emirato desde 1756, En Egipto, la mayor potencia política árabe, su presidente, Hosni Mubarak, de 77 años, no piensa en instaurar una democracia con alternancia política, sino en perpetuar su dinastía con su hijo Mahmud Abbas. Todo en el seno de Al Fatah pero con la sombra de Hamás tan alargada que ha obligado a aplazar las legislativas hasta mejor ocasión islámica. Y es que en efecto, por mucho que se empeñe George W. Bush, que también cuenta con un padre ex presidente de los Estados Unidos y con un hermano gobernador de Florida, no es la democracia un artículo popular que se venda y compre en los zocos de las medinas árabes. Bastan algunos botones de muestra como ejemplo: Hosni Mubarak ganó las últimas presidenciales en Egipto con el 93,7 por ciento de los votos; Alí Abdalá Saleh lo hizo en Yemen con el 96,3; Sadam Husein se agarraba en Irak al 99,96 por ciento de los sufragios, y Hafez al- Assad logró poco antes de su muerte, un apoyo del 99,98 por ciento de la población en edad de votar. Se admiten apuestas para próximas consultas, cada vez más maquilladas, en países decididos a no dejar de lado sus esencias absolutistas y hereditarias. Los viejos rockeros árabes también mueren pero apenas cambian las letras de los nuevos solistas.