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50 Los domingos DOMINGO 7 8 2005 ABC EL PODER EN EL MUNDO ÁRABE El primer ministro kuwaití dirige el país tras la enfermedad del emir y el jeque con quien comparte poder El sultán de Omán no tiene hijos. Posibles sucesores de la Familia Real coquetean con Londres El presidente de Yemen ya ha preparado el camino sucesorio a su primogénito Ahmad, de 36 años Gerontocracia La renovación que no llega El poder en los países musulmanes reside en familias repartidas en monarquías absolutas o repúblicas hereditarias. El cambio generacional asoma; pero las letras de los solistas son las mismas POR JUAN CIERCO CORRESPONSAL EN JERUSALÉN N o se ha rebajado demasiado la media de edad de los dirigentes árabes y musulmanes con la muerte esta semana del Rey Fahd en Arabia Saudí. De 84 años, el Monarca wahabí, después de más de dos décadas en un Trono bajo sospecha en numerosas ocasiones, ha sido sustituido por su hermanastro Abdalá, de 82 años, quien ya dirigía de facto la Casa de los Saud y de paso el país desde que en 1995 Fahd sufriera una embolia cerebral. La desaparición del fundador de la moderna y billonaria Arabia Saudí gracias a sus siempre bien alimentados pozos petrolíferos, sumada a las que han tenido lugar en los últimos años, como si de un efecto dominó se tratara, en Jordania, Marruecos, Siria o Bahrein destaca si cabe más aún una realidad que pretende modificar en la distancia la Casa Blanca con su apuesta por la expansión de la democracia en Oriente Próximo pero que, asentada en cimientos sólidos de antigüedad secular, se aparece tozuda e inquebrantable: la transmisión del poder dentro del seno familiar, tanto en las Monarquías absolutas, casi todas las de la región, como en unas peculiares y particulares Repúblicas hereditarias. Las sociedades árabes y musulmanas están enraizadas en sus costumbres arcaicas, tribales, patriarcales; donde el peso de la familia y de la religión puede con casi todo; donde los derechos y libertades de los ciudadanos están muy restringidos; donde los derechos humanos se violan de manera sistemática; donde la discriminación de la mujer y de las minorías está a la orden del día; donde el impulso a la democracia es tan tímido y tan cosmético que ni siquiera suele haber candidatos alternativos a los oficiales cuando se celebran elecciones; donde la transmisión del poder descansa en una cesión del testigo familiar de padres a hijos, entre hermanos, entre primos... A los Príncipes herederos se suman los delfines republicanos, y así hasta el infinito. Las muertes del Rey Husein de Jordania; de Hassán II en Marruecos o de Hafez al- Assad en Damasco permitieron en efecto un cambio generacional en esos países. En otros, sin embargo, la longevidad de sus dirigentes, en el poder En la amplia lista de monarquías absolutas y repúblicas hereditarias árabes y musulmanas las sagas familiares y los culebrones políticos dejan cualquier guión huérfano de suspense desde hace varias décadas, lo ha impedido. Es el caso, por ejemplo, de Egipto, sin duda la mayor potencia política árabe, que no económica, y uno de los mejores amigos de Estados Unidos, del que recibe pingües ayudas financieras, en la región. Perfil de faraón Su presidente, Hosni Mubarak, de setenta y siete años de edad, cada día tiene un perfil más parecido al de los antiguos faraones. En el poder desde que en 1981 fuera asesinado su predecesor, Anuar al- Sadat, Mubarak encara su quinto mandato consecutivo, que debe refrendar, lo hará sin duda, en las elecciones presidenciales a celebrar el 7 de septiembre, las primeras en las que se podrá presentar un candidato alternativo. Sin embargo, en la maleta del general Mubarak no viaja el sueño de convertir al país del Nilo en una democracia con alternancia política, sino el de perpetuar la dinastía familiar en la figura de su hijo, Gamal, de cuarenta y dos años, quien controla en gran medida el todopoderoso Partido Nacional Democrático, como secreta- rio de Asuntos Políticos, y quien, con el visto bueno de su padre, ya ha desafiado en más de una ocasión a la vieja guardia. A tiro de piedra mediterránea asoma en Trípoli el coronel Muammar el Gaddafi, de sesenta y dos años y con treinta y cinco al frente de Libia desde que triunfara su golpe de Estado. Experto en financiar atentados terroristas, algo de lo que parece haberse arrepentido con el perdón envuelto en papel de regalo occidental; excéntrico por naturaleza; aficionado a los plantones y las largas esperas (diez horas aguardó hace unos días el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, sin ser a la postre recibido) Gaddafi tiene especial predilección por su hijo Seif al Islam, quien aparece en todas las quinielas, en una familia en la que priman también los aficionados al fútbol italiano, para suceder a su padre. Los mismos planes tiene para su hijo el presidente de Yemen, el mariscal Alí Abdalá Saleh, en el poder desde 1978 y unificador del norte y el sur en 1990. Su primogénito Ahmad, de 36 años, ya está preparado en la línea de salida pa-