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ABC DOMINGO 7 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA MARETA Y LA MEMORIA HISTÓRICA DE LA IZQUIERDA POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Mientras el presidente del Gobierno elija una residencia de Patrimonio Nacional (utilizada de forma señalada por la Familia Real) para disfrutar de su descanso estival, no parece que el revisionismo izquierdista sea especialmente creíble; tampoco parece que los hábitos políticos hayan registrado giros copernicanos... H UBO un tiempo en que la memoria de los españoles consistió en un olvido conciliador. Ahora, la vaciedad ideológica de los distintos nacionalismos periféricos y la inanidad de la izquierda en el Gobierno, pretenden camuflarse en el manido recurso de la recuperación de la memoria Creen que con ese procedimiento de recurrente agresividad paralizan la oposición de la derecha democrática que estaría sometida todavía a la mala conciencia de un pasado acomplejado por sus muchos yerros e injusticias. No han reparado estos estrategas de la tensión y del enfrentamiento que el socialismo real se vino abajo en 1989 y que ahora estamos comenzando a saber lo que de verdad representaron los modelos políticos en los que, durante mucho tiempo, se inspiró la izquierda europea. Por decirlo rápido y sin circunloquio: lo que estamos conociendo del comunismo soviético y del maoísmo chino no se diferencia, en su brutalidad criminal, del genocidio practicado por los nazis, antisemitismo incluido. Ya nos advirtió Martin Amis en su Koba el Temible -retrato biográfico aterrador de José Stalin, padre, maestro y camarada según versos imperecederos de nuestro también imperecedero poeta Rafael Alberti- -que los veinte millones de muertos atribuibles a la política del georgiano no tendrán nunca la dignidad fúnebre del Holocausto El autor lo imputa, entre otras razones, a la asimetría de la tolerancia (expresión que toma de Ferdinand Mount) y en la que se ha venido amparando determinada izquierda para amordazar a la derecha. ron los convencionales) tales como las hambrunas provocadas desde los poderes públicos o las grandes migraciones demográficas, pero, en esencia, su perversión era idéntica a la de sus monstruosos adversarios, fueran éstos, en su momento, los nazis o, después, otros regímenes dictatoriales. Hete aquí que por alguna razón- -seguramente, por esa asimetría de la tolerancia -Amnistía Internacional se preocupa por la deuda pendiente con las víctimas de la guerra civil española y del franquismo Pero, casualidad, la preocupación por esas víctimas- ¿por qué no de todas? que muchas provocó el régimen republicano desde 1931 a 1936, y durante la contienda civil- -es la misma que muestra el Gobierno de Rodríguez Zapatero interesado en crear un Centro Nacional de la Memoria secundado en el empeño- ¿o precedido? -como no podía ser de otra manera, por la Esquerra Republicana de Cataluña que pretende conmemorar anualmente la proclamación de la II República y que ya ha solicitado formalmente que el edificio de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona acoja el centro memorial de la represión franquista Joan Tardá, el memorialista oficioso de ERC, no ha aclarado todavía si en la conmemoración republicana hay que incluir la traición de Lluis Companys al régimen que presidía Niceto Alcalá Zamora, perpetrada con premeditación y alevosía en 1934, o los crímenes que se sucedieron en Cataluña bajo su mandato y, en particular, los fusilamientos sumarísimos en Barcelona en julio de 1936. Cuando se lee que el nuevo presidente de la Junta de Galicia, Pérez Touriño, se declara heredero del galleguismo cívico de los republicanos y de los federalistas (debe hacerse con urgencia, para aclararse, con El colapso de República de Stanley G. Payne) y se analizan las provocaciones de ERC y del PNV- -siempre sin respuesta gubernamental- y vuelve a la actualidad el ascendiente asesinado del presidente del Gobierno y se leen los informes de Amnistía Internacional, y sale al mercado la prescindible obra de Pío Baroja La guerra civil en la frontera con ínfulas catárticas- -al menos por algunos de los que jalean la peor obra del de Vera de Bidasoa- -y todo esto lo hacen los que manifiestan un ansia infinita de paz y procuran alianzas de civilizaciones y se declaran militantes incombustibles del diálogo aún con los etarras y con partidos que- -como en la época de los nazis- -permiten a sus cargos públicos que distingan en Guecho a los ciudadanos que hablan euskera de los que no lo hacen, entonces, digo, la reflexión tiene que ser muy seria y, sobre todo, muy comprometida. Porque se llega así a la conclusión de que todo este memorialismo es una impostura propia de perversos o de indocumentados y, en consecuencia, sean lo uno o lo otro, merecen el desafío de aceptarse el reto. ¿Quieren memoria? Pues hagamos memoria. Lo cierto y verdad, sin embargo, es que hasta bien entrados los años cincuenta del pasado siglo, la URSS y China eran dos perfectas máquinas de represión política, dos dictaduras expansivas que gozaron de una respetabilidad internacional propiciada activamente por la izquierda europea asumida, acomplejadamente, por la derecha democrática continental. La suposición de que así de terribles eran las cosas en aquellos países ha dejado paso a la certeza de que la tragedia represora fue de dimensiones atroces. A obras como El vértigo de Eugenia Ginzburg o a la edición completa del colosal testimonio de Alexander Solthenitsyn- Archipiélago Gulag se añadirá la próxima aparición en España de Mao, la historia desconocida del matrimonio de historiadores formado por la china Jung Chang y el británico Jon Halliday, según los cuales, el dictador asiático, antes de fallecer indignamente en 1976, indujo al asesinato de más de setenta millones de personas. Es verdad que los procedimientos de exterminio de soviéticos y chinos fueron peculiares (aunque no desprecia- La que se está haciendo en el mundo intelectual occidental no va en la dirección apetecida por estos anacrónicos portavoces de las revoluciones de juguete con las que quieren emboscar su insolvencia en la gestión de los asuntos públicos. La memoria histórica para estos retrógados de la izquierda y de los nacionalismos pequeño- burgueses no es más que un ardid, un farol propio de malos jugadores de mus que trampean como nuevos tahúres en la política española. No creo, sin embargo, que haya demasiado motivo de alarma. Porque mientras el presidente del Gobierno elija una residencia del Patrimonio Nacional, La Mareta (utilizada de forma señalada por la Familia Real) para disfrutar de su descanso estival, no parece que el revisionismo izquierdista sea especialmente creíble; tampoco parece que los hábitos políticos hayan registrado giros copernicanos porque en España hay gente que sigue muriendo en incendios forestales y en cuartelillos de la guardia civil, y retorna impune el terrorismo callejero, y Rodríguez Zapatero sigue sonriendo en una España que se muere de sed y que arde en pompa. Todo lo malo que creímos superado reaparece mecido por la banalidad de los necios. Lo son tanto- -tan necios- -que apelan a la memoria que, según el sabio refranero popular, es la inteligencia de los tontos.