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ABC SÁBADO 6 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES INMACULADO L A gota que derramó el vaso de la paciencia fue ese inmaculado que, consciente o inconscientemente, se le escapó al director general de la Guardia Civil al referirse al expediente del teniente del cuartel de Roquetas, sancionado un día después. Con lo que está cayendo, el inmaculado de Gómez Arruche, en términos de opinión pública, era un misil semántico contra la línea de flotación del ministro del Interior, José Antonio Alonso, al que dejaba a los pies de los caballos. Las declaraciones del máximo responsable del Instituto Armado tienen efectos retroactivos, en la medida que ahondan en un escenario que no es nuevo. Las relaciones entre Alonso y Arruche se enmarcan dentro de otras bastante más complejas entre Interior y Defensa, por lo que el caso Roquetas, cuando amaine el temporal, puede servir de detonante para tomar una decisión inaplazable. El pulso está servido. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR EL CHORRITO LOS TURBANTES DE VENECIA DE NEDIM GÜRSEL Alianza Madrid, 2004 348 páginas 20 euros La cultura nos hace libres Cualquiera que haya visitado Estambul sabe que hay algo más que geografía en su capacidad de vínculo entre culturas. Antes fue Constantinopla, y luego Bizancio, que llenó de mosaicos el templo más famoso de Venecia. En este libro de Gürsel están Venecia y Estambul, el arte, la comunicaciónde las culturas, y una reflexión misma sobre la historia de un gran desencuentro. Murió Edward Said pero hay otros muchos a quienes escuchar. Estamos en condiciones de estar atentos a gente como el autor de este libro, un turco investigador en el CNRS de París, enamorado de la pintura veneciana. Es urgente que Oriente y Occidente hablen, pero los interlocutores no pueden ser ni las bombas, ni la armadura de ningún imperio depositario de una misión que la historia ha demostrado imposible. La irracionalidad que anida en todo terrorismo también se combate con cultura, con más racionalidad, con la lectura de libros que hablan de las raíces y pasados diferentes, pero también de las fronteras artísticas comunes. Es el momento de pensar antes de que las armas piensen por nosotros. En Oriente también hay voces que pueden mostrar caminos de entendimiento. Antes de que los terrores se apoderen de todo lenguaje. JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS FIRMABA ayer Oti Rodríguez Marchante que lo único verdaderamente sorprendente en el cine actual es la potencia de los aparatos de aire acondicionado. En efecto, ver una película en verano comienza a parecerse demasiado a padecer una deportación en Siberia. Una rutina tan pacífica como ingresar en una sala oscura y sentarse en la platea durante un par de horas se ha convertido en una actividad de riesgo: a los cinco minutos, empiezas a encogerte en la butaca, amedrentado por el chorrito de aire gélido; al cuarto de hora, la tiritona te obliga a adoptar una posición fetal; antes de que la película alcance su clímax, tienes que empezar a sorber el moquillo (y eso que ni siquiera se trata de un melodrama lacrimógeno) cuando empiezan a desfilar sobre la pantalla los títulos de crédito, tratas de poner pies en polvorosa, huyendo del chorrito, pero entonces descubres que JUAN MANUEL los miembros no responden, atenazaDE PRADA dos por un principio de reúma. Misteriosamente, los exhibidores parecen convencidos de que este tratamiento de choque favorece su negocio: quizá tengan suscrito algún pacto oculto con el sector textil, para incentivar la venta de jerseys; quizá aspiren a reconvertir sus salas en cámaras frigoríficas. No son, sin embargo, los cines los únicos locales donde uno se queda pajarito. También los restaurantes parecen haberse entregado a esta moda de la refrigeración ártica, quizá con la pretensión un tanto fenicia de aumentar el consumo calórico entre sus comensales. Entras a comer en un restaurante y de inmediato recibes en el cogote, a guisa de saludo inhóspito, el aliento de muerte del aire acondicionado; cuando el camarero se acerca con una sonrisita socarrona en los labios a preguntarte si deseas tomar algún aperitivo antes de elegir menú, le solicitas un plato de callos con garbanzos para ir aliviando la friolera. Y lo mismo sucede en los transportes públicos, A donde infaliblemente desciende sobre tu costado un chorrito de aire glacial que convierte el trayecto en una tortura malaya; si viajas en tren y te atreves a formular alguna queja al revisor, pidiéndole siquiera que regulen un poco el ímpetu del chorrito, el hombre te mira con curiosidad entomológica, como si te hubieras escapado de algún manicomio, y termina encogiéndose de hombros, sin hacerte ni puñetero caso. Está demostrado que los aparatos de aire acondicionado, amén de provocar resfriados y dolores reumáticos, incuban y arrojan a la atmósfera una millonada de bacterias y gérmenes mucho más nociva que el humo de los cigarrillos; pero nuestras autoridades sanitarias, que tan expeditivas se han mostrado en prohibir el tabaco, prefieren hacerse las suecas cuando se trata de regular el uso de estos artilugios execrables. El aire acondicionado, que algunos ilusamente confunden con un adelanto del Progreso, es en realidad un avatar del Maligno, uno de los inventos más damnificadores del género humano jamás concebidos. No olvidemos que el aire acondicionado, amén de consumir bulímicamente energía e infectar de miasmas el aire que respiramos, ha impulsado un urbanismo sórdido y especulativo. Antes de que este invento diabólico se divulgara, arquitectos y constructores aún reprimían su voracidad crematística, preocupados de edificar con materiales refractarios al calor; desde que el uso del aire acondicionado se ha democratizado, ya no tienen escrúpulos en proyectar cuchitriles inmundos, auténticos hornos crematorios cuyos inquilinos se recuecen concienzudamente, a menos que apoquinen el dinero que cuesta el aparatito de marras. Así, la gente se ha ido haciendo adicta a ese chorrito de nevera que la nutre de infecciones variopintas, a la vez que la hace menos resistente al calor estival; y, mientras la plaga se extiende, acariciados por la caricia ártica del aire acondicionado, esbozamos una sonrisita dócil, como benditos lacayos del Progreso.