Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
6 Opinión JUEVES 4 8 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA CARLOS MALAMUD INVESTIGADOR PRINCIPAL DE AMÉRICA LATINA DEL REAL INSTITUTO ELCANO DE LA MONCLOA A LA MARETA L A normalidad, esa cosa tan rara y tan difícil, suele refugiarse, en cuanto a la política respecta, en el extranjero. Aquí, todos cuantos se sienten tocados por la gracia del poder, de cabo de la policía municipal hacia arriba, sienten la tentación- -y caen en ella- -de hacerse notar, de utilizar la púrpura que les confiere el cargo y, sobre todo, de tratar de obtener gratis lo que a los ciudadanos nos cuesta unos cuantos euros. Así, por ejemplo, los presidentes del Gobierno dejan de pasar las vacaciones de verano en los lugares de su costumbre anterior al llegar al cargo y buscan, nunca sabremos si por manías de grandeza o por exigencias de la seguridad, fastuosos luM. MARTÍN gares de descanso que, soFERRAND bre todo, les alejen de los mismos ciudadanos que, con sus votos, les encumbraron en el más alto escalón de la gloria al que puede aspirar un eventual discontinuo. En acatamiento de estas formas litúrgicas que convierten a un hombre normal en un espécimen de relumbrón, José Luis Rodríguez Zapatero, acompañado por su mujer, Sonsoles Espinosa, ya está instalado en La Mareta, el palacio que el desaparecido Hussein de Jordania le regaló, en Lanzarote, a nuestro Rey Juan Carlos I y que, insertado en el Patrimonio Nacional, servirá de escaparate a toda la familia hasta que, acabando agosto, se deshaga el hechizo vacacional para que los pájaros vuelvan a sus nidos de invierno y los ministros, a su Consejo de todos los viernes. A mí me gustaría ser ciudadano de un país en el que sus primeros ministros, bautíceseles como se quiera, pasaran sus vacaciones en un apartamento de Benidorm o Laredo, en el mismo lugar y en las mismas condiciones en que las pasaban antes de llegar tan alto. Claro que también me gustaría que, en lugar de residir en La Moncloa, lo hicieran en su casa de siempre, en Moratalaz o en La Moraleja. No hay en mi deseo ni un ápice de reivindicación social, sino, desde el amor por lo real, el convencimiento de que la normalidad genera normalidad, la máxima carencia de nuestra vida colectiva y, especialmente, en los hábitos de lo público. No es normal, y mucho menos tradicional o equiparable a los usos del entorno, que para tomar posesión del Gobierno de Galicia se hagan sonar los soplidos de seis mil gaiteros o de uno solo, que tanto da. Un acto administrativo, aunque se derive del ejercicio democrático, no es ni para el bombo ni para los platillos, sino para sus correspondientes efectos. Basta con la constancia de un humilde ceremonial. A diferencia con el jefe del Estado, que nunca cesa en su función simbólica y representativa, el mandamás del Ejecutivo no toma vacaciones, las disfruta la persona que, ocasionalmente, ocupa el cargo. La Mareta, vista como fasto, resulta excesiva y, si hay que entenderla como elemento de la seguridad, alarmante. Si el peligro llega a tanto, ¿habrá que decretar el toque de queda? EL IMPREVISIBLE FUTURO DE LULA Hoy, ante los innegables casos de corrupción que salpican al mundo político brasileño, el autor considera que las alarmas vuelven a sonar en nuestro entorno y se resalta el escenario más catastrofista aderezado de nuevas preguntas URANTE la campaña electoral para las elecciones presidenciales brasileñas de 2002, algunas alarmas comenzaron a sonar en Europa ante la perspectiva de que Luis Inácio Lula da Silva ganara los comicios, como efectivamente ocurrió. En ese entonces muchos se preguntaban quién era ese Lula, cuán extremista era en sus posiciones ¿realmente quería instaurar el socialismo en Brasil? y cuánto riesgo corrían las inversiones extranjeras y la economía de mercado. Para algunos, especialmente los más desconocedores de la realidad brasileña, el peligro de desestabilización del país era inminente. Por el contrario, en el Brasil, los negocios y la política continuaban su ritmo acostumbrado. Hoy, ante los innegables casos de corrupción que salpican al mundo político brasileño, y especialmente al gobernante Partido de los Trabajadores (PT) las alarmas vuelven a sonar en nuestro entorno y se resalta el escenario más catastrofista aderezado de nuevas preguntas, algunas centradas en la realidad política local y otras que se hacen extensivas al resto del continente. Entre las primeras incluiría las siguientes: ¿está Lula implicado en la corrupción? ¿podrá terminar su mandato o este nuevo escándalo acabará con el presidente y su partido? ¿buscará la oposición la cabeza de Lula o esperará a derrotarlo en las urnas? Entre las segundas destacaría las vinculadas al futuro de la izquierda latinoamericana, ya que uno de D los referentes más socialdemócratas del continente (esto dicho con todas las comillas y precauciones del mundo) habría caído en desgracia. El problema de muchas de estas preguntas radica tanto en el desconocimiento de la realidad brasileña, o latinoamericana, como en lo que a los europeos nos gustaría que fuera la región. Lula llegó a la presidencia con dos mensajes claros y contundentes. La lucha contra la corrupción, que ocupaba y ocupa, como se está viendo, la agenda política local, y centrar a su partido con un discurso moderado. En este empeño destacó el que sería su mano derecha y ministro de la Casa Civil, José Dirceu, al mismo tiempo una de las primeras víctimas de los actuales escándalos de corrupción. Entre las principales consignas de la campaña destacó lulinha, paz y amor que manifestaba la voluntad de no confrontación social del entonces candidato y hoy presidente. Esa voluntad se llevó a la economía, donde se impulsó una política rigurosa de equilibrio fiscal, que obtuvo por un lado el aplauso de los mercados y por el otro la condena de los sectores más radicalizados de su partido. En Europa, y también en América Latina, comenzaron a escucharse entonces acusaciones de traición a la causa popular o al socialismo (según quien las pronunciara) Hoy son muchos los que vaticinan la inminente caí-