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ABC MIÉRCOLES 3 8 2005 49 FIRMAS EN ABC ANÍBAL SABATER MARTÍN ESCRITOR HUGO GROCIO No fue precisamente un optimista antropológico Sus últimas palabras dan fe de ello: aprender muchas cosas no me ha servido para nada ÍCTIMA de lo políticamente correcto y de la ignorancia histórica que existe en los círculos oficiales, está pasando desapercibido el cuarto centenario de un libro que cambió el rumbo religioso, político y jurídico de Europa. Su autor fue Hugo Grocio y su título original, De iure praedae comentarius Comentario sobre el derecho al botín de guerra aunque la obra resulta más conocida como De iure belli ac pacis Del derecho de la guerra y de la paz que es el título que recibió a partir de la edición de 1625. Hugo Grocio había nacido el 10 de abril de 1583 en Delft, Holanda, de donde marchó para estudiar leyes a las universidades de Leiden (en la que su padre era bibliotecario) y Orleáns. Extraordinario orador y alumno, a los quince años era doctor en derecho y abogado; a los veinticuatro, fiscal general de los Países Bajos y auditor del Reino; y a los treinta y uno, gobernador general de Amsterdam. Esta meteórica carrera le granjeó una cierta fama de ambicioso y polemista, que las biografías más recientes parecen haber refutado con éxito. Como buen holandés reformado, Grocio era calvinista; sin embargo, no creía ni en la predestinación ni en la maldad genuina del hombre (hoy se lo habría llamado un protestante unitario en su tiempo fue un arminiano Esa disidencia con el calvinismo ortodoxo de la casa de Orange, le terminaría por costar sus cargos, su fortuna y casi su vida. Bastante antes de que eso ocurriera, y cuando todavía trabajaba como historiador y consejero áulico del príncipe Mauricio de Nassau, Grocio concluyó la redacción del De iure praedae comentarius. Por aquel entonces (invierno de 1605) tenía veintidós años y, sin saberlo, estaba poniendo las bases del derecho internacio- V nal contemporáneo. Con un contenido mucho más amplio de lo que indica su título, De iure praedae comentarius constituye el primer intento conocido de establecer un sistema de reglas racionales y vinculantes, que fueran aceptables para todas las naciones y que protegieran los derechos de cada una de ellas frente a las agresiones de las demás. En particular, a Grocio le preocupaba el problema del multilateralismo o sea, cómo pueden convivir una pluralidad de estados en la comunidad internacional. En ese contexto planteó y resolvió cuestiones que siguen siendo de actualidad, como el modo en que deben trazarse las fronteras, la posibilidad de adoptar embargos y sanciones económicas frente a una potencia extranjera o la titularidad de las islas descubiertas en las Indias. Otro campo que le interesó especialmente fue el comercio internacional. De hecho, en la última parte del De iure praedae comentarius- -que en 1609 se publicaría de forma independiente bajo el título de Mare Liberum La Libertad de los Mares -Grocio hacía una dura crítica al monopolio del comercio marítimo que ejercían por aquel entonces España, Portugal e Inglaterra. Según Grocio, la falta de libertad para navegar impedía el progreso y la comunicación entre los pueblos y era un foco de inestabilidad política, pues obligaba a unas pocas naciones a gastar cantidades ruinosas en el control de los océanos. Como alternativa, Grocio proponía la liberalización del tráfico marítimo y la creación de un sistema de derechos de paso en mares ajenos, bastante parecido al que, más de trescientos cincuenta años después, adoptaría la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Pero lo que propició el reconocimiento intelectual casi inmediato de Grocio fue, sobre todo, su extenso análisis de la guerra como fenómeno jurídico. En el período que comprende desde el fin de la Edad Media y las cruzadas hasta el comienzo del siglo XX, los europeos que reflexionaron y escribieron sobre la licitud de la guerra fueron apenas cinco: los españoles Francisco de Vitoria (dominico) y Francisco Suárez (jesuita) el alemán Samuel von Pufendorf, el suizo Emerich de Vattel y Hugo Grocio. Siguiendo la estela de Francisco de Vitoria (que había afirmado que la guerra se puede llevar a cabo cuando sirve para reparar o prevenir un daño más grave) Grocio estableció una fórmula que aún se encuentra vigente, según la cual la guerra es justa cuando se cumplen tres requisitos: que exista un motivo legítimo para hacerla (por ejemplo, defenderse frente a un riesgo de invasión) que se utilice como última solución y que el bien que se obtenga sea superior al mal que se cause con ella. Según Grocio, esta doctrina de la guerra justa debería ser aplicada en todo momento y lugar, incluso si Dios no existiera etsi Deus non daretur. Aunque luego se apresuró a señalar que la inexistencia de Dios era una gran blasfemia y un absurdo, al emplear la expresión et si Deus non daretur, Grocio provocó tres cambios decisivos en el mundo occidental. El primero de ellos consistió en promover la separación entre la Iglesia y el Estado. Hasta Hugo Grocio, la licitud de la guerra había sido una cuestión teológica (así lo habían creído, por ejemplo, san Agustín y santo Tomás; y, aunque Vitoria había adoptado posiciones algo más seculares éstas nunca llegaron al extremo al que las llevó Grocio) Grocio, en cambio, sostuvo abiertamente que, para averiguar si una guerra es o no lícita, no hay que acudir a Dios, sino a criterios humanos sin más. En segundo lugar, Grocio se convirtió en el involuntario fundador de todos los intentos modernos y postmodernos de crear una moral agnóstica, es decir, independiente de la existencia de Dios (tema que, por cierto, sigue de actualidad y que es objeto de un interesante debate en la entrevista que en 1999 le hizo Peter Seewald al entonces Cardenal Ratzinger y que se ha publicado en español como Dios y el Mundo) AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR VIDA EN CLARO J OSÉ Moreno Villa, poeta y pintor, patriota y republicano, escribió Vida en claro, libro de recuerdos y memorias, en los años cuarenta, en el exilio, en México. Por muchos conceptos es recomendable su lectura, pero hoy me parecen de suma actualidad- -o necesidad- -dos: el primero, el respeto y el aprecio que muestra por sus colegas, lucharan en un bando o en otro, atendiento antes a la calidad hu- mana y creadora que a los posicionamientos ideológicos (lo que no le ahorra el desprecio hacia quienes, también en un bando o en otro, cayeron en la ignonimia: los arribistas, los incompetentes y los hombres- fiera como los llama, dejándolos en el anonimato) Y el segundo, haciendo honor al título, la claridad de su memoria, que corre pareja con la ecuanimidad de su temperamento. Al respecto de la guerra ci- vil, tan traída y llevada últimamente, y no siempre con intenciones piadosas, bien haríamos en releer el artículo que transcribe, publicado por él en 1935, titulado Yo los mataba a todos, implacable alegato contra el desenfreno verbal, desesperada advertencia de lo que se avecina si unos y otros no recapacitan. No le hizo falta esperar a que estallara formalmente, para sentirse y saberse ya inmerso en la guerra. Y al recordarlo, comenta: Y no comprendo cómo no veían claro aquel fenómeno los que teniendo el poder tenían más datos informativos que un hombre como yo, alejado de todo núcleo político, sumido casi todo el día en los mundos de la pintura, la poesía y la historia Hoy, las cosas, afortunadamente, son distintas. Pero cabe preguntarse, a la vista de ciertas actitudes, qué pensaría. En tercer lugar, y éste sí que era su objetivo inmediato, con su doctrina sobre la guerra justa, Grocio logró acabar con el influjo que hasta entonces habían tenido en el pensamiento jurídico algunas formas de relativismo moral, que provenían de Juan Escoto Eriúgena y que ponían en duda que hubiera principios de conducta superiores e inmutables. En esa medida, puede decirse que Grocio revitalizó el llamado iusnaturalismo y todas las corrientes idealistas del derecho que han sobrevivido hasta nuestros días. A los tres años de terminar el De iure praedae comentarius, Hugo Grocio contrajo matrimonio con Maire van Riechersberg, de quien tuvo siete hijos. Con ellos vivió años de tranquilidad y reconocimiento profesional hasta 1617, cuando en los Países Bajos comenzó la persecución de los arminianos. En 1618, después de ser condenado a cadena perpetua y de huir de la cárcel escondido en un baúl, Grocio se exilió en París, en donde prestó algunos servicios para el cardenal Richelieu y procuró granjearse la simpatía de sus compatriotas, con la esperanza de que le permitieran regresar a Amsterdam. Pero ni Grocio renunció a sus ideas ni el establishment calvinista se las perdonó (al contrario: el Gobierno holandés llegó a ofrecer dos mil florines por su cabeza) Convencido de la imposibilidad de regresar a su país, Grocio se trasladó a Suecia en 1634 y se puso al servicio del Rey Gustavo Adolfo y del conde Oxenstierna (el ambicioso canciller que, justo antes de morir, pronunció su famosa máxima: hijo, te quedarías sorprendido si supieras la poca inteligencia que hace falta para gobernar el mundo quantula sapientia mundus regitur) Poco después, Grocio fue nombrado embajador de Suecia en Francia, en donde, a pesar de trabajar en el tratado de paz que pondría fin a la Guerra de los Treinta Años, llevó una existencia triste y amargada. Durante un viaje para reunirse con su familia en Oslo, sufrió un naufragio que lo dejó postrado en la cama de una posada en Rostock, Alemania. Ya no se levantó. Exhausto y solo, Hugo Grocio moría el 30 de agosto de 1645. Grocio fue un decidido enemigo de España y sus libros no ocultan su innovador afán por limitar la influencia de las grandes potencias mundiales y juridificar relaciones que antes sólo se basaban en la fuerza. Sin embargo, en unos tiempos como los actuales en los que se quieren reinventar las raíces intelectuales de la Unión Europea, su obra ha quedado postergada, probablemente porque en ella se defiende la existencia de una ética universal y se insta a la defensa activa de los valores en que se sustenta la comunidad internacional. Para Grocio, la tolerancia, la primacía de la razón y la justicia sólo sobrevivirán en la medida en que las élites de cada país las hagan suyas y las protejan. Y en esa tarea de defensa de la sociedad no caben ni vacías alianzas de civilizaciones ni ingenuas cesiones o medidas de apaciguamiento con quienes no respetan las reglas del juego. Buen conocedor de la naturaleza humana y de la futilidad de intentar satisfacer a los que nunca querrán contentarse con nada, Grocio no fue precisamente un optimista antropológico Sus últimas palabras dan fe de ello: aprender muchas cosas no me ha servido para nada