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ABC MIÉRCOLES 3 8 2005 21 La Unión Europea amenaza con romper las negociaciones con Irán si reanuda su programa nuclear Ola de pánico en Londres tras el pequeño incendio desatado en un autobús en el centro de la capital Sultán bin Abdelaziz Nuevo heredero Su nombre apareció en la lista de príncipes saudíes que habrían ayudado a financiar los ataques del 11- S El síndrome Breznev se instala en Riad F. DE ANDRÉS El cuerpo del Rey Fahd centra la oración de numerosos saudíes en la mezquita del imán Turki bin Abdalá ayer en Riad da, que finalmente golpeó su sagrado territorio; tímidas reformas políticas y sociales, que no pasaron de amagos sin ambición, y alianzas estratégicas con EE. UU. víctimas en los últimos años de heridas todavía sin cicatrizar. AFP Amplia delegación internacional Ahí estaban, en efecto, el paquistaní, Pervez Musharraf; el jordano, Rey Abdalá; el sirio, Bashar al Assad; el egipcio, Hosni Mubarak el afgano, Hamid Karzai; el palestino, Mahmud Abbas; el iraquí, Jalal Talabani. Ahí asomaban o asomarán el francés, Jacques Chirac; los Príncipes Carlos de Inglaterra y Naruhito de Japón... Y ahí llegará, en una decisión más que significativa, el vicepresidente de EE. UU. Dick Cheney, enviado por un Bush que ha preferido evitar un viaje obligatorio hace sólo unos años para presentar en persona sus condolencias. Obligatorio no sólo por la alianza política, económica, industrial y militar de Washington y Riad sino por la estrecha amistad que mantenía el padre del actual presidente norteamericano y en su día también inquilino de la Casa Blanca con el Rey Fahd. Pero aquel maldito 11- S cambió muchas de las pautas que habían marcado hasta entonces las privilegiadas relaciones entre ambos países (15 de los 19 suicidas eran saudíes) cambios que ni siquiera la tardía represión saudí del terrorismo de carácter islamista, encabezada por la red del Al Qaida del también saudí Osama bin Laden, ha po- Saudíes oran sobre la tumba del Monarca en el cementerio de Al Oud dido reconducir del todo. Esa será la principal tarea de ahora en adelante, además de combatir ese terrorismo que golpea su territorio sagrado, del octogenario nuevo Rey Abdalá, a los mandos de Arabia Saudí desde 1995 por los problemas de salud de su hermanastro. La continuidad del régimen está, en principio, garantizada, como lo demuestra la confirmación en su puesto de todos los ministros del gobierno, la proclamación del también octogenario Sultán como Príncipe Heredero y las primeras declaraciones oficiales realizadas para tranquilizar a los mercados de oro negro y a los je- REUTERS fes de Washington. Apenas se presumen reformas políticas y sociales en el reino aunque Abdalá sea más partidario de ciertos avances, siempre a cámara lenta, siempre con pasitos cortos, que su predecesor en el Trono. Y es que casi todo en este país donde se mezclan los rigores del Islam con los lujos desviados de los siempre bien alimentados pozos petrolíferos está en manos de la estricta escuela fundamentalista del wahabismo... Ya lo dice, sobre todo para los que no estén familiarizados con tan rotunda realidad, la bandera saudí sobre fondo verde: No hay más Dios que Alá Con la muerte del Rey Fahd comienza en Arabia Saudí una procesión de cuasi octogenarios sucesores al Trono. Su hermanastro, el nuevo Rey Abdalá, es a sus 80 años apenas algo más joven que su predecesor. El nuevo Príncipe Heredero, Sultán, tiene probablemente 78 años, y también los siguientes en la línea de sucesión pertenecen a la misma generación. Los analistas hablan del síndrome de Breznev el viejo líder soviético que dio paso a su muerte en 1982 a otros dirigentes mayores y enfermos. Sultán bin Abdelaziz al Saud recibió, como todos sus pares, una exhaustiva educación en religión y en cultura general en palacio. En 1947 ocupó su primer cargo político como gobernador de Riad. Desde 1962 ha ocupado la cartera de Defensa. Sultán coordinó la presencia militar de EE. UU. en suelo saudí durante la Primera Guerra del Golfo, pero después- -siguiendo la nueva línea del gobernante de facto saudí, el hoy Rey Abdalá- -marcó distancias con Washington. Se opuso a ceder bases saudíes a Estados Unidos durante la ofensiva contra Afganistán, y criticó la invasión de Irak en 2003. Como contrapartida, la Justicia norteamericana mencionó su nombre, junto al de otros dos príncipes saudíes, como presunto donante de fondos para las células de Al Qaida que llevaron a cabo los ataques del 11- S.