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ABC MIÉRCOLES 3 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC CIMIENTOS Y COLUMNAS POR OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL El Estado liberal necesita hoy fuentes de sentido antes que actos de imposición. Esas fuentes no son la mera legitimidad jurídica sino aquellos hontanares que otorgan a la vida humana orientación, respiro y libertad... OS grandes libros de la historia de la humanidad son grandes no sólo por las respuestas que ofrecen sino también por las preguntas que plantean. Entre las preguntas de la Biblia está la del salmista: Cuando los cimientos se conmueven, ¿qué debe hacer un hombre justo? (11, 3) Entre perplejidad y asombro muchos españoles tienen hoy la impresión de que está teniendo lugar no el ejercicio normal de la política en una dirección u otra, sino un recambio de fundamentos en la sociedad y de horizontes últimos de sentido para la vida humana. Esta trasvaloración comienza descalificando la historia vivida en los últimos setenta años. Se considera inválido lo realizado en el decenio 1970- 1980 con la transición religiosa, moral y constitucional. La real transición estaría todavía por delante y más allá de la Constitución, a la que se considera un mero puente de paso hacia la edificación de la nueva casa de España. Se comienza por la construcción desiderativa del pasado, con la selección o rechazo de nombres, ideas e instituciones no tanto por lo que en aquel momento objetivamente significaron como por lo que puedan aportar al proyecto político contemporáneo. Esa propuesta va acompañada de una remodelación administrativa y cultural, que adereza informativamente esa nueva comprensión de la sociedad y de la vida humana. Se propone otra España, con otro horizonte antropológico y otras formas de vida desde una nueva antropología, una nueva ética y una nueva pedagogía. ¿Un partido político tiene legitimidad jurídica, potencia intelectual y capacidad moral para realizar tal proyecto? Uno de los síntomas de esta reconfiguración radical son los nuevos planes de estudios para esa fase en la que se forjan las actitudes fundamentales de la vida humana: la enseñanza secundaria. L el cosmos, por su sentido como soberano de la realidad a la vez que mortal y finito; con la ética, en la que los humanos han sondeado en las metas necesarias de perfección, en los deberes que hay que cumplir, en las responsabilidades que asumir y en los gozos que completar; con la religión, en la que se expresa aquella dimensión del hombre que le abre a un orden de realidad sagrada del que recibe sentido, esperanza, salvación. ¿Es ingenuidad o insolencia el intento de proponer una educación para la ciudadanía como asignatura nueva a la vez que se marginan o dan por insignificantes la filosofía, la ética y la religión? La ciudadanía la construyen los ciudadanos en el ejercicio de su libertad, no se la dicta ni impone ningún gobierno. Esto nos obliga a preguntarnos cuáles son los saberes fundamentales que debe recibir alguien para llegar a ser persona a la altura de la historia. Los hombres hemos llegado a ser humanos en un proceso histórico en el que hemos descubierto lo que humaniza y lo que deshumaniza, lo que nos hace libres o esclavos, lo que engendra dignidad y esperanza, degradación y desesperanza. Hay cuatro órdenes de saberes que son el fundamento formativo de un sujeto a quien la escuela debe preparar como hombre, como ciudadano, como profesional, como habitante del cosmos en cuanto tierra y del mundo en cuanto comunidad humana. A esas necesidades, posibilidades y responsabilidades se ha respondido con la ciencia, que investiga lo que la realidad es en su génesis y estructura y lo que puede dar de sí para el hombre mediante la técnica; con la filosofía y la cultura que preguntan por su sentido como totalidad, por el hombre y su lugar en Investigación de la realidad, autocomprensión de la persona, análisis de las formas auténticas de existencia, abertura a experiencias de gracia: he ahí las ejercitaciones fundamentales que la historia humana ha llevado a cabo. Son gestas de una libertad lograda y palancas con las que se pueden lograr las libertades nuevas. Son saberes objetivos, que no están a merced de poder político alguno. Cuando un gobierno inventa o impone como una educación para la ciudadanía soslayando aquellos saberes- -que son su real contenido- -adquiridos y cernidos críticamente a lo largo de la historia anterior, algo gravísimo está ocurriendo. Los ciudadanos tienen que tomar la palabra y asumir responsabilidades. Nadie se atreve a atacar la ciencia positiva como referente político. ¿Por qué en la educación se quiere hacer silencio sobre la filosofía, la ética y la religión? Con ello se está creando una sociedad infantil porque se la deja sin los recursos que alimentan la libertad y dignidad; y violenta porque se la está llevando a pensar que la política y la ciencia pueden responder a todas las preguntas de la vida. Lo más grave de la situación actual es que nos estamos quedando sin los saberes y valores de los que emerge la real libertad, sin palabras sobre lo esencial y nutricio a largo plazo, sobre lo que engendra sentido y da esperanza. Se fía todo a la ciencia, la medicina, los seguros, los medios técnicos, la industria. ¿Qué pa- sa cuando el hombre, sin el saber y orientación previos, se topa con las situaciones límites de la vida: soledad, silencio, sufrimiento, enfermedad y muerte? Un especialista ha respondido analizando mucha desesperación latente y el rechazo de la sociedad. Es el silencio ante la realidad, o la palabra vacía y la presencia huidiza de médicos y familiares cuando el pronóstico es fatal. La falta de preparación de los equipos, que han de tratar a enfermos moribundos para abordar adecuadamente los aspectos no técnicos, es la causa de que permanezca la angustia, de la que los profesionales son a la vez víctimas y agentes involuntarios (F. Abel) ¿No tenemos ya nada que decir para fundar la dignidad de la vida y de la muerte, el deber que reclama el peligro, el amor que exige la fidelidad y el servicio incondicional cuando nada externo lo agradece? Las preguntas cruciales del hombre verdadero hoy siguen siendo las cuatro de Kant: ¿Qué puedo saber? A ella responde (la ciencia en un sentido y en otro) la metafísica. ¿Qué debo hacer? A ella responde la moral. ¿Qué me está permitido esperar? A ella responde la religión. ¿Qué es el hombre? A ella responde la antropología. Una sociedad o un partido que cierran las posibilidades públicas de hacer esas preguntas y hallar en libertad las correspondientes respuestas están devolviéndonos a fases preilustradas, antiliberales y dictatoriales. El Estado liberal necesita hoy fuentes de sentido antes que actos de imposición. Esas fuentes no son la mera legitimidad jurídica sino aquellos hontanares que otorgan a la vida humana orientación, respiro y libertad. A todo eso colaboran tanto la razón secular y científica, como la razón filosófica, moral y religiosa. Ninguna de ellas tiene primacía epistémica para descartar a la otra y el intento de hacerlo genera automáticamente violencia. Ciencia, cultura, ética y religión son los cuatro pilares de la casa humana: si alguno de ellos se quiebra la casa amenaza con derrumbarse. La razón religiosa colabora a esta tarea con la misma legitimidad que la razón secular; y a ambas debe el Estado atención. Habermas ha explicado cómo en las sociedades liberales y pluralistas persistirá en adelante el disenso entre ambas, y deberán articular autocríticamente su relación: Esta expectativa sólo merece llamarse racional si también desde el punto de vista del saber secular se admite para las convicciones religiosas un estatus epistémico que no quede calificado simplemente de irracional por ese saber secular. Así pues, en el espacio público las cosmovisiones naturalistas de ninguna manera gozan prima facie de ningún privilegio frente a las concepciones de tipo cosmovisional o religioso que están en competencia con ellas El primer imperativo de la dignidad nacional es percatarse de que estamos asistiendo a la remoción de unos cimientos y a la sustitución por otros bien distintos. Lucidez intelectual para ver y coraje moral para reaccionar a tiempo son dos imperativos sagrados.