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22 Internacional EN LA MUERTE DEL REY FAHD MARTES 2 8 2005 ABC AFP AP La inoportuna guerra del Golfo La invasión de Kuwait por parte del Ejército de Sadam Husein en 1990 colocó al régimen del Rey Fahd en una de las situaciones más difíciles de toda la historia de la Monar- quía saudí. El temor a ser invadido llevó al Rey a pedir la ayuda militar de Estados Unidos, que utilizó Arabia Saudí como base de operaciones atrayendo así la ira de los radicales del Islam. A la izquierda, Sadam muestra al Rey Fahd un rifle en un encuentro amistoso en Bagdad cuando las relaciones de ambos países eran cálidas. A la derecha, el Monarca saudí recibe en Yedah al presidente Bush el 31 de diciembre de 1992. Los Saud luchan contra la insurgencia de Al Qaida, decidida a reemplazar la Monarquía por una república islamista La Meca del gran proyecto talibán de Osama bin Laden FRANCISCO DE ANDRÉS MADRID. Arabia Saudí, guardiana de los lugares santos de la Meca y Medina, primera potencia mundial de petróleo y patria chica de Osama bin Laden, se encuentra desde el 11- S sometida a una doble presión que amenaza desbaratar el complejo entramado de la dinastía Saud: la que procede de los atentados de la red islamista de Al Qaida, y la que surge de las exigencias norteamericanas de democratización. Riad ha logrado torear hasta el momento los dos envites, pero la desaparición del Rey Fahd añade a partir de ahora la soterrada lucha por la sucesión dado lo avanzado de la edad de su heredero, el nuevo Rey Abdalá. El régimen fundado por el prolífico Rey Abdelaziz Al Saud hace 70 años ha terminado por admitir que está sufriendo el momento más crítico de su historia. Hasta el año 2003, la primera petromonarquía del Golfo no quiso abrir los ojos a la realidad de que 15 de los 19 terroristas suicidas de los ataques contra Estados Unidos eran saudíes. Riad negaba además la existencia en su territorio de células integristas organizadas para el acoso y derribo de la dinastía, que en el programa de acción de Al Qaida debe ser reemplazada por una república islamista de corte talibán. Hace dos años, los islamistas radicales pasaron a la acción con los primeros atentados salvajes en Riad y en otras ciudades saudíes. Desde entonces los choques mortales entre poli- cías y activistas de Al Qaida son rutinarios en el Reino saudí. Por su parte, la presión norteamericana ha sido hasta la fecha sólo diplomática pero igualmente tenaz. Para la Administración Bush, sólo la apertura social y la reforma democrática de la opaca Monarquía de los 7.000 Príncipes podrán desbaratar los proyectos de Bin Laden para la península arábiga. La presión de Washington se ha canalizado además hacia los vínculos de las asociaciones religiosas y caritativas saudíes con la financiación mundial de las actividades terroristas de Al Qaida. En los últimos meses, centenares de miles de cuentas corrientes han sido congeladas y varios dirigentes de fundaciones destituidos por orden de la Casa Real. Pese a ello, el núcleo del holding religioso- financiero permanece intacto porque Riad sabe que afecta a la supervivencia del estamento clerical de la secta radical wahabí, garante de la legitimidad de la Casa Saud ante el pueblo. Policías saudíes inspeccionan los daños causados por un ataque con coche- bomba contra instalaciones policiales en Riad el 29 de diciembre del año pasado Unidos y con Europa, su sucesor, Abdalá bin Abdelaziz, ha insistido en una línea más islamista y menos complaciente con Washington desde que en 1996 se convirtió en gobernante de facto del Reino. A diferencia de Fahd, que pidió el socorro en 1990 de las tropas norteamericanas, Abdalá puso problemas a la invasión de Irak en el 2003. Para sacudirse en parte la presión de Estados Unidos, el régimen saudí comenzó el pasado mes de febrero un proceso de elecciones municipales democráticas inédito en el país. El experimento reveló ser un simulacro en un país donde las mujeres no pueden votar, conducir o salir solas de casa, y concluyó con la victoria en Riad de listas amañadas por el clero wahabí. El desprecio a la democracia de corte occidental- -que cristaliza en la detención periódica de representantes de la elite más educada, que exige reformas liberales- -se complementa con el mayor nivel de intolerancia religiosa de todo el planeta, con el pretexto de que la península arábiga alberga los dos lugares más sagrados del Islam. En apariencia, el extremismo coránico que empapa toda la vida pública saudí convive de modo pacífico con la pasión por el disfrute de todo producto El caldo de cultivo La necesidad de mantener un nivel básico de buenas relaciones con su principal socio económico- -los Estados Unidos- y al mismo tiempo de no remover el avispero fundamentalista, que el propio régimen alimentó durante décadas, explica la esquizofrenia de la Casa Real saudí. Si el Rey Fahd, occidental por formación y por estilo de vida, privilegió la relación con Estados El desempleo saudí, que afecta al 40 por ciento de la juventud, se ha convertido en un arma clave de los radicales