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48 Cultura LUNES 1 8 2005 ABC Viene de la página anterior quizá sea el libro mío que tiene un más acusado carácter testamentario. Siempre digo lo mismo en este sentido: yo procuro que la poesía ocupe más espacio que el texto propiamente dicho, que las palabras signifiquen más de lo que significan en el diccionario. Y por ahí ando. Si a mi edad no hubiese alcanzado la madurez es que tenía que haber cambiado de oficio, ¿no? -Se habló hace un tiempo de diversas poesías e incluso de sectas. ¿Cómo consiguió huir de ese follón? -Esas cosas pasan siempre. Pequeñas rencillas, pláticas de familia. La verdad es que no estoy muy enterado de eso. La poesía es plural, hay muchas clases de poesía, y cada uno debe escoger un camino que no coincida demasiado con otros. ¿Cómo ve hoy la poesía? -No la veo ni bien ni mal. Me temo que no soy un buen observador. ¿Cómo se pierde la fe en la poesía? -Pues se pierde de buenas a primeras. Un día te acuerdas de que has escrito poesía y te preguntas que por qué lo has hecho, a santo de qué. Y ahí te llega la depresión y abandonas. Yo me he pasado más de diez años sin escribir un poema. No me hacía falta escribirlo. Pero, de repente, otra vez vuelve esa necesidad... En fin. -Usted está en absoluto desacuerdo con el orden universal y propone la lucha de la infracción contra lo establecido. El pensamiento crítico se enfrenta al pensamiento único. ¿Hay que reivindicar la verdad poética? -La verdad poética es una utopía, pero como toda utopía es una esperanza consecutivamente aplazada; habrá que seguir buscando por ahí. La verdad no es previa al poema, sino que se genera a medida que se escribe el poema. ¿La novela la tiene desplazada de sus predilecciones actuales? -No sé, hoy por hoy, la novela me atrae poco, incluso como lector. Pero eso es más bien una cuestión de estado de ánimo, de afición. De modo que tampoco podría recomendar la lectura de una novela sin ser arbitrario. ¿Cómo camina su Fundación? -Bien, yo creo que bien. En la Fundación trabaja un equipo muy eficiente y las cosas van bien, hay bastante actividad. Después de agosto saldrá otro número de la revista Campo de Agramante y se celebrará el congreso anual, dedicado en esta ocasión a las narrativas hispánicas. -En Tiempo de guerras perdidas revisó sus memorias y no calló nada. Algunos amigos se enfadaron con usted, pero le honra su integridad. ¿Fue duro escribirlas? -No, no fue exactamente duro escribir las memorias. Incluso a trechos fue una gozada, lo pasé en grande. Pero también me angustié un poco, claro. Me dije que si yo era crítico conmigo mismo y me inculpaba de cosas que había hecho y no me agradaban, ¿por qué no iba a actuar del mismo modo con los demás? Así que los que se enfadaron tendrían sus razones, porque yo no me callé nada de lo que pensaba. ¿Hacia qué abismo caminamos? -Detesto los derrotismos, pero esta pregunta no tiene ninguna respuesta alentadora. Cineastas contra magnates el documental de Carlos Benpar, ha puesto el dedo en la llaga. Los productores, los exhibidores y la tele nunca han respetado la autoría ni la integridad de sus películas El cine, especie amenazada TEXTO: ANTONIO WEINRICHTER Cine en TV: galería de horrores El formato. El cine inventó el Scope en 1953 para distinguirse de la pequeña pantalla, pero luego esas películas panorámicas se vieron sobre todo en la tele. Para lograr que una imagen alargada quepa en una pantalla cuadrada se la mutila con el pan scan se elige un cacho cuadrado de la misma o se navega por la imagen original según haya que mirar un detalle u otro. La composición original queda hecha migas. El color. El público prefiere el color, eso lo saben todos los videoclubs. Ted Turner, que tiene hasta un canal propio y un caudaloso fondo de títulos clásicos, decidió valorizarlo coloreando las viejas películas en blanco y negro. La limitada paleta produjo resultados risibles, y la campaña de cineastas como Scorsese hicieron que la colorización conociera un fundido a (blanco y) negro. Los filmes interruptus. La emisión de una película la convierte en un programa, es decir, en un soporte para la publicidad de la que se alimenta la cadena. Se dice que es la película la que interrumpe el flujo de spots. Últimamente se superponen a la imagen todo tipo de rótulos de promoción de la cadena. A Eric von Stroheim el productor le alivió más de tres horas y media a su Avaricia El airado documental Cineastas contra magnates sirve para recordarnos la delicada situación del cine en lo que respecta a su rango de obra artística o, al menos, de patrimonio audiovisual susceptible de conservarse y de exhibirse con dignidad. La idea de que las películas son un patrimonio a preservar y no un bien perecedero que puede reciclarse (como solía hacerse) en... esmalte para uñas, surgió en un momento relativamente tardío, con la constitución en 1938 de la FIAF, la federación de archivos fílmicos. Para entonces gran parte del cine silente había desaparecido. grupo de grandes cineastas norteamericanos ha decidido gestionar dicho derecho a través de sociedades de gestión europeas. Comienza así la larga historia de cineastas norteamericanos enfrentados a magnates, cuyos casos célebres más famosos fueron las mutilaciones sufridas por titanes como Erich von Stroheim u Orson Welles. La idea de que el dueño de una película es su principal responsable artístico: el director, nace con el llamado cine de autor en la Europa de los 60; pero este modelo fue sólo un (feliz) paréntesis en la norma habitual del cine y además no tuvo efectos legales. Otro gigante como Fellini hizo campaña para que su cine se viera como debía en la pequeña pantalla, pero apenas consiguió resultados. A la hora de evocar las mutilaciones del cine se suele hablar de la censura ideológica, pero se olvidan las imposiciones de la censura de mercado en un medio que rara vez es tratado según una concepción artística. Muchos directores americanos han contado cómo han debido cambiar, por ejemplo, el final de una de sus películas tras una preview en la que un público escogido al azar no reaccionaba bien a la conclusión ideada por el cineasta. El público, también, prefiere por comodidad ver películas dobladas a su idioma; y hasta que no se impuso la noción de la versión original, aliada de nuevo al cine de autor, no hubo otra forma de verlas. El vídeo para uso doméstico prolongó este hábito y rara vez se hacían ediciones en V. O. el DVD, ese regalo para el cinéfilo, permite incluir varias pistas de sonido entre ellas la original, lo que al menos permite elegir. Como también suele incluir diversos formatos de imagen, puede decirse que por primera vez el espectador puede ver- -si quiere, que esa es otra cuestión- -una película tal y como es aunque sea en su casa y no en una sala de cine. Las tropelías de los exhibidores Los dueños de las salas, los exhibidores, han sido después de los productores los autores de las mayores tropelías cometidas contra las películas. Se dice que uno de ellos cortó el final de El eclipse (siete minutos de planos silenciosos) porque le parecía que la historia ya estaba más que contada... Pero unos y otros se quedan cortos ante el desprecio con el que los programadores de televisión han tratado al cine. La lista de agravios es casi infinita, hasta tal punto que quizá lo mejor es desentenderse, hacer una contraprogramación casera, y aceptar el viejo y terrible dictum de Pauline Kael, que venía a decir que una película en la tele no es la película sino un programa más en la parrilla. Y como tal el interés cinéfilo es la última de las consideraciones que entran en juego. El feo asunto del copyright En cuanto a su primer ciclo de exhibición pública sigue siendo una cuestión pendiente aún años después de que la Ley de Propiedad Intelectual obligue a respetar la integridad de la obra de los autores y de que la Carta del Audiovisual Europeo postule nuestro derecho a ver una película en las condiciones en las que fue creada. Leyes y cartas que son papel mojado en países, como Estados Unidos, en donde el autor de un filme es el dueño del copyright que no suele ser el director sino un productor y luego, aquél a quien éste se lo venda. La situación en Europa es distinta pues aquí se reconoce más el lado artístico: se considera inalienable el derecho de autor. Hasta el punto de que un