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18 Nacional LUNES 1 8 2005 ABC La mitad de los 1.282 afectados por el hundimiento del túnel del Metro en el barrio barcelonés del Carmelo continúan viviendo fuera de sus casas seis meses después del trágico suceso. La mayoría confiesa que ya no le quedan fuerzas para seguir luchando por su patrimonio y manifiesta su deseo de pasar página y olvidar la pesadilla en que están inmersos por un error que ni la Generalitat ni las empresas constructoras están dispuestas a asumir. Allí, nadie confía ya en los políticos. El Carmelo, seis meses fuera de casa TEXTO: ÁNGEL MARÍN FOTOS: INÉS BAUCELLS BARCELONA. La vida sigue en el Carmelo, pero el barrio barcelonés aún no ha digerido los efectos del enorme socavón, de 35 metros de diámetro por 36 metros de profundidad, provocado por un error en la construcción de un túnel del Metro, que el pasado día 26 de enero se tragó un garaje- vivienda vacío y que, al día siguiente, obligó a desalojar a 1.285 personas de sus viviendas agrietadas por los movimientos de tierra de la zona. Medio año después del suceso, un total de 212 afectados continúan viviendo en las habitaciones de varios hoteles de la ciudad, otros 333 están instalados en viviendas de alquiler de la Generalitat y 86 residen en viviendas de familiares, mientras que las 661 personas restantes han decidido volver a sus pisos agrietados para cobrar los 10.000 euros por daños morales que ofrece el Gobierno catalán a todos los que regresan a sus hogares. Han pasado seis largos meses del trágico derrumbe- -unas 200 personas vivieron con impotencia y lágrimas como demolían sus casas sin poder sacar sus enseres y recuerdos personales que, posteriormente, intentaron recuperar, sin éxito, entre los escombros- -y la mayoría de los afectados manifiesta su cansancio ante las intensas y complejas negociaciones abiertas con la Generalitat para salvar su patrimonio agrietado o enterrado en el socavón. Ahora sólo les quedan fuerzas para intentar pasar página y salir de una vez de la pesadilla en la que están inmersos por culpa de un error en la construcción del túnel de maniobras de la prolongación de la Línea 5 del suburbano barcelonés. la calle Sigüenza, Juan contempla pacientemente el ritmo de las obras para salvar los edificios heridos de muerte. El ruido y el polvo que levantan las máquinas que trabajan en la zona cero -un perímetro de seguridad vallado que impide la entrada a los vecinos- -es un mal menor para este espectador de primera fila que pasa el tiempo viendo a los obreros ir de un lado para otro. Al principio no sabían por dónde empezar y ahora no saben cómo acabar apunta con sorna el vecino tras explicar los trabajos de micropilotaje en los edificios dañados por el movimiento de tierras. El hijo y la madre, que aguanta estoicamente las molestias de las obras, sólo reclaman a los políticos que abran la calle Sigüenza para no tener que dar toda la vuelta al barrio cada vez que necesitan comprar en el mercado municipal del Carmelo. Ellos sólo quieren vivir tranquilos y que vuelvan los vecinos desalojados para intentar recuperar la normalidad perdida en el barrio. No volverán a vivir al barrio Muchos de los afectados no volverán nunca más a vivir en el Carmelo. Unos 200 vecinos perdieron sus casas bajo las piquetas, otros porque no pueden superar el trauma de vivir encima del socavón y algunos meditan aún la posibilidad de poner tierra de por medio para olvidar cuanto antes lo sucedido. Pepita Trenado y su marido Salvador Rojas ya podrían regresar a su piso de la calle Singüenza, número 68, pero prefieren continuar viviendo en una segunda residencia que la pareja posee en una localidad de la Costa Brava. No hemos vuelto por miedo asegura la mujer tras resaltar que ningún geólogo ha querido firmar un certificado de garantía del subsuelo. Otra de las razones de poner tierra de por medio es que su tienda de moda está dentro de la zona cero e igual que otros comercios del barrio permanece cerrada a cal y canto desde hace seis meses. Me han arruinado porque a mi edad ya no tengo fuerzas para volver a empezar de nuevo asegura Pepita, con 55 años. La vecina resalta que lo he perdido todo por culpa de los políticos que ya no me merecen ninguna confianza porque no se han comportado Estado de las obras del Carmelo seis meses después de los derrumbes La cortina del 3 por ciento Las palabras de los políticos se las lleva el viento, apuntan los afectados del Carmelo, pese a que algunas acusaciones resonaron con contundencia en el Parlamento de Cataluña. La crisis del 3 por ciento- -que surgió en un pleno monográfico sobre el derrumbre del túnel del Carmelo cuando Pasqual Maragall acusó a CiU de haber cobrado ese tanto ciento de todas las obras públicas- -ha quedado en agua de borrajas. Tan sólo la Fiscalía Anticorrupción de Cataluña mantiene aún abierta una investigación que, al parecer, no avanza porque los fiscales no encuentran empresarios dispuestos a denunciar el presunto pago de comisiones, entre otras cuestiones porque es un delito penado con cárcel. Los socialistas crearon la crisis del 3 por ciento para levantar una cortina con el fin de desviar la atención pública y la presión mediática por la crisis del Carmelo y, de esta manera, evitaron asumir las responsabilidades políticas por el derrumbre del túnel del Metro asegura Pepita Trenado, vecina y comerciante en paro por culpa del socavón. La crisis del Carmelo se zanjó con las dimisiones de Ramón Serra, presidente de GISA, la empresa pública que gestiona la obra pública en Cataluña, y de Jordi Julià, director de Puertos y Transportes de la Generalitat. La oposición, CiU y PP, y los afectados del Carmelo reclamaban como mínimo la cabeza de Joaquim Nadal, consejero de Obras Públicas, pero Maragall defendió a capa y espada la inocencia del portavoz de su Gobierno. La psicosis de la colina más obrera El barrio no ha vuelto a la normalidad, pese a que las autoridades se empeñan en dar una imagen diferente del Carmelo. Todos los vecinos bajamos de nuestras casas a la calle cuando oímos por la noche un ruido fuerte y sospechoso apunta Juan Bielsa para explicar la psicosis que vive la colina más obrera de Barcelona. Este vecino, de 51 años, y su madre, de 85, decidieron hace dos meses y medio abandonar el hotel donde los alojaron a finales de enero porque como en casa, no se está en ningún sitio Desde su pequeña atalaya, una estrecha ventana del primer piso de una casa que construyó su padre a principios de los años 60 en