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ABC DOMINGO 31 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC DESPUÉS DE LA ENTREVISTA BUSH- RODRÍGUEZ ZAPATERO POR MANUEL MANTERO ESCRITOR Y CATEDRÁTICO UNIVERSITARIO EN ESTADOS UNIDOS ¿Cuánto pagarán dentro de veinte o treinta años por estas mecedoras donde ahora se sientan ustedes? Por la mecedora del presidente Kennedy acaban de pagar noventa y seis mil dólares. ¿Cuánto valdrá cada una de éstas? (Silencio) D E vez en cuando suceden cosas que parecen de magia. Eso pensaba yo una tarde de junio al ser testigo de la reunión George W. Bush- José Luis Rodríguez Zapatero. Y tan testigo: les serví de intérprete. Todavía yo en España, apurando gozoso mi temporada primaveral en la patria (qué rara suenas, patria había recibido la petición socialista de usar mi casa de Georgia en Estados Unidos para que el jefe de nuestro Gobierno se encontrara con el presidente norteamericano; el encuentro no duraría más de dos o tres horas y se celebraría en el mayor secreto. Dije naturalmente que sí, pero ¿y los otros? Me respondieron que no me preocupara, ya oiría de ellos. Ocurrió pronto, y más hicieron, ir a mi piso madrileño. Tres personas, de las que conocía bien a una, y ahí estaba la clave de mi colaboración, pues esa persona era un antiguo alumno mío universitario, hoy con cargo importante en el equipo de Bush. De mis clases de literatura se acordaba bastante, a pesar de los más de veinticinco años transcurridos; su español, sin embargo, flaquecía y flaqueaba. Yo le dije que cómo se había enterado de mi inminente vuelta a Estados Unidos, y sonrió; me sentí un ingenuo de solemnidad. Mi antiguo alumno me dijo que la idea del encuentro había sido suya, Bush la aceptó, y se pusieron en contacto con la Moncloa, donde la sorpresa fue mayúscula. Afirmé considerarme honradísimo por servir mi casa de lugar de reunión. Y allí estaba yo, ante la puerta de mi casa georgiana, esperando nervioso, la mente llena de dudas, por mi papel en la entrevista y porque estar cerca de los acontecimientos no suele aclarar su comprensión; yo me mareo en la primera fila de las butacas de cine. fuente palomas, petirrojos, cardenales. Las ardillas danzaban de rama en rama. Bush estaba entusiasmado. En el jardín también hay estatuas: de Cástor y Pólux, de San Francisco de Asís, de Flora, de un varonil Cupido. Y de la madre de éste, una magnífica Venus desnuda emergiendo del mar, las manos alzadas para recoger los cabellos. Llegó primero Bush, sobre las siete de la tarde, en un Nissan Pathfinder color ceniza; con Bush y el chófer iban mi amigo y otra persona. No puedo decir- -aunque lo sé- -quién era. Detrás, un Ford Explorer negro con escoltas. Todo discreto, sin signos externos. El presidente me saludó, saludó a mi mujer, y al comentar que hacía una tarde espléndida, sugerí el jardín como mejor sitio para relajarse y charlar. Nuestro extenso jardín es nuestro orgullo. Los arbustos de gardenias brillaban como nevados de tan florecidos, igual que los jazmines chinos de las paredes de la casa, y había lirios amarillos, rosas rojas, hortensias moradas, funkias de hojas como terciopelos verdes, macetones de romero, y los pinos, unos cincuenta altísimos pinos. La sombra del pino mata, se dice en una obra de Lope de Vega: a mí me resucita. Acudían a la Casi inmediatamente llegó, soñoliento, Rodríguez Zapatero, en un Honda Civic marrón. El aspecto del conductor no era el de un profesional; con ellos sólo una persona más. El viaje de Madrid a Atlanta es pesado (nueve horas y media de avión) y de Atlanta a donde yo vivo, en las afueras de la ciudad de Athens, otra hora y media de pesadez. Fueron rápidos al grano: le dieron un repaso a la actualidad internacional y se ocuparon de España y Estados Unidos, conversación que no estoy autorizado a reproducir. Los dos muy tranquilos, como si hablaran de problemas ajenos. Mi mujer salió al jardín y ofreció bebidas. Bush sólo quiso agua, agua con hielo, y Rodríguez Zapatero vino tinto con sprite lo más próximo al famoso tinto de verano de mi tierra. Mi mujer tuvo una inspiración: ¿querrían tomar gazpacho, que ella guardaba en la nevera? Bush intervino para decir que lo había probado en Tejas, y lo pidió. También lo pidió Rodríguez Zapatero. Que les gustó no hay que jurarlo, cómo repitieron. Bush recordó que al gazpacho que probara en Tejas le echaron aguacate y picantísimo chile jalapeño. Mi mujer lo miró asombrada. Bush le preguntó con qué hizo el suyo y ella le contestó que al modo de Sevilla, con tomate, pepino, pimiento, ajo, pan, aceite, vinagre, sal. Hay quienes luego le añaden huevo duro. Reanudaron Bush y Rodríguez Zapatero la conversación, pero ninguno tenía ya ganas de seriedades. Quedaron en un encuentro oficial después del verano. Tenían ganas, sencillamente, de charlar de asuntos más frívolos. El que empezó fue Bush, fijándose en la estatua de Venus. Preguntó si me había causado problemas. (Siempre andan al acecho puritanos para los cuales la juventud es sufrimiento, el desnudo es pecado y el vestido, dinero) Respondí que no; como él podía cerciorarse, mi jardín, rodeado de bosque, se halla oculto a miradas extrañas. Bush, siguiendo con el tema venusino, le dijo a Rodríguez Zapatero que había leído en una revista algo curioso: Los franceses hacen el amor más veces al año que los españoles Y Rodríguez Zapatero: Sí, pero los españoles más que los norteamericanos Bush seguía zumbón. ¿Cómo van las relaciones del jefe del Gobierno de tu país con el jefe del partido de la oposición, el Popular? (Yo temblaba) No tan bien como yo quisiera- -respondió Rodríguez Zapatero- porque Mariano Rajoy es honesto, inteligente, pero excesivamente apasionado; le temo más a tu racional amigo Aznar, y por cierto ¿cómo te llevas tú con la gente del partido demócrata? Bush rió. De nuevo se fijó en la Venus. ¿Sabes que Madonna escribe libros para niños? Y ahora se ha apuntado a la Cábala, después de atravesar el catolicismo, el budismo, el hinduismo y el ateísmo; dicho por ella misma. Y oye, José Luis, ¿qué te pasa a ti con la Iglesia católica en España? ¿con el matrimonio entre homosexuales? (Tierra, trágame) Rodríguez Zapatero retrucó: La Iglesia se opone, como muchos españoles, pero fue una promesa electoral y hay que cumplirla. Déjame además preguntarte si es peor que se casen los homosexuales o que se considere delito la fornicación; según mis informes, en Virginia su Corte Suprema, por fin, no la considera delito, ¡hubo que esperar al año 2005! Si eso es independencia entre lo religioso y lo estatal... El ambiente se volvió un poco tenso. Y entonces, dirigiéndome a los dos, yo me permití una broma: ¿Cuánto pagarán dentro de veinte o treinta años por estas mecedoras donde ahora se sientan ustedes? Por la mecedora del presidente Kennedy acaban de pagar noventa y seis mil dólares. ¿Cuánto valdrá cada una de éstas? (Silencio) El lector que llegó hasta aquí, ya habrá entendido que lo contado es pura o impura imaginación, la de un sueño mío de hará algunas noches. Pero como dice Freud, los sueños son deseos. Deseos, en este caso, de un diálogo constructivo, de olvidar el pasado cuando nos muerde, de mantener la cabeza alta y los rencores bajos, de confesar las equivocaciones y admitir las responsabilidades. ¿Por qué los políticos, que pregonan ser carne del pueblo, cuando realizan algo negativo se dividen en ellos y en los demás, y los demás aparecen siempre como culpables? Deseos, los de mi sueño, de que a los ciudadanos se les muestre la verdad sin maquillaje, y deseos de que los intereses de los ciudadanos importen más que los intereses de los partidos políticos. ¿Se ha olvidado que somos una democracia, no un monopolio o un duopolio partidista? Somos más que el Gobierno y la oposición. Más que todos los partidos políticos juntos. ...En este momento, mientras escribo en mi jardín, envuelto en el perfume maravilloso de las gardenias, contemplo las dos mecedoras presidenciales de mi sueño. Esperando, por si quieren arriesgarse.