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ABC SÁBADO 30 7 2005 Espectáculos 61 FESTIVALES DE VERANO El holandés errante un caso histérico b Había interés por comprobar cómo se había calafateado este psicoanalizado Holandés errante en su tercera edición, después del casi naufragio del año pasado O. G. P. BAYREUTH. Hubo dos sustituciones importantes. J. Rasilainen (Holandés) en lugar de J. Tomlinson, bastante menguado entonces en sus recursos vocales y alejado ahora provisionalmente de los escenarios. E. Wottrich, Parsifal el año pasado, se enfrascó en una agria polémica con el regista Ch. Schlingensief e intercambia ahora papeles con A. Everz (Erik) El decorado, sin cambios: lienzo mural cóncavo del hall de una mansión biedemeier. Las modificaciones son de tipo luminotécnico y en la dirección de actores. La obertura comenzó opaca y sin brío, recomponiéndose hacia el final. El coro de marineros, que en las dos ediciones pasadas había perdido empaste, recuperó su proverbial conjunción. La cosa parecía consolidarse hasta que arrancó Senta (A. Drugger) con su balada: lánguida y envarada, de insegura entonación y frágil dinamismo. Claus Guth mantiene la inclusión arbitraria de la niña merodeando por el escenario, para subrayar que toda esta trama es un puro sueño o alucinación de la Senta muchachita. Compelida por su complejo de Electra, proyecta la figura del Holandés como un doble de su padre, Daland. Y como tales, como el desdoblamiento funcional de un único personaje, los presenta físicamente la interpretación psicoanalíticamente sobrecargada de esta ópera. Y lo hace sin contemplaciones: en la decoración, vestuario y dirección de actores. Pone grilletes a la imaginación del espectador y encorseta el mito del holandés errante. Tripe perdedor en este caso psiquiátrico es el personaje de Erik: pierde su novia, se queda el pobre sin tratamiento psicoanalítico y, el bravo tenor doliente E. Wottrich tampoco le hizo mucha justicia con una emisión estrecha y engolada. El barítono del nuevo Holandés resultó muy comedido. J. Ryhänen (Daland) con su acostumbrada rutina. Musicalmente, exceptuados los pasajes corales, fue una propuesta mediocre por debajo de la línea de flotación de Bayreuth. El cuadro final muestra a Senta en lo alto de la escalera presta a seguir al Holandés, exhala un te seré fiel hasta la muerte y se lanza al vacío. Al ser retirado el cortinón se la ve palpando desesperadamente la maciza pared en busca del hueco. Fin de la pesadilla, sin muerte redentora. El aplauso fue bastante reservado, más cálido para el coro y Marc Albrecht, y protesta tanto más expeditiva para el prematuramente avejentado montaje escénico de Guth. Espectacular puesta en escena de Tannhäuser en el Festival de Salzburgo AP Fue recibida con una gran tromba de ovaciones y palmas rítmicas con el público puesto en pie, especialmente para el coro, St. Gould y, ante todo, para Christian Thielemann, que subió la orquesta al escenario para recibir una cerrada y larga ovación Tannhäuser viaje de perlas TEXTO: OVIDIO GARCÍA PRADA BAYREUTH. Regresó el Tannhäuser peregrino de Roma y trajo consigo del Sur un calor tórrido, húmedo, casi tropical. Treinta y pico grados a media tarde en una sala con 1.900 personas apretujadas en 30 hileras y encima de ellas un tejado de zinc sobre paredes de ladrillo del siglo XIX sin aislamiento térmico aporta las condiciones ideales para pasarse los tres actos sudando a raudales. Así fue. Pero apenas surgió en la penumbra del foso, misteriosa, suave, aterciopelada, la melodía del coro de peregrinos, se operó el milagro: la música no disipó los calores, pero tornó insensible su ardor. Transcurridos escasos segundos, se podía intuir ya que lo que comenzaba tan vaporoso y proseguía luego con pianísimos incandescentes, cascadas de perlas sonoras y silencios imperceptibles conteniendo el álito, concluiría en un estruendoso torrente de ovaciones. Thielemann fue enhebrando analíticamente con prurito detallista el fraseo de la partitura- -según la original versión de Dresde más concisa y menos efervescente que la parisina revisada- destilando cromatismos fugaces, desvelando armonías ocultas, consolidando el puntal de un gran arco de tensión musical muy personal, casi sinfónico, que abarcaría todo el preludio y, por extensión, el acto entero y la obra. Costaba creer que en días anteriores se hubiera escuchado a la misma orquesta. Sin embargo, hay fácil explicación: la orquesta del Festival, formada ad hoc por muchos devotos instrumentistas wagnerianos internacionales, asemeja un magnífico piano de cola perfectamente afinado. La valía musical de la interpretación depende del pianista. Y el pianista aquí es el director. Punto. Maciza base orquestal Agregada a la maciza base orquestal, un coro explosivo, como siempre, y una voz entregada, vigorosa y relativamente dúctil en el papel de Tannhäuser, tal vez el más complejo del repertorio wagneriano para tenor, el éxito de la representación está prácticamente asegurado. Stephen Gould, netamente mejorado con su órgano ya más trabajado y pulido, la posee. En el relato de Roma cuando otros llegan ya trallados, hizo todo un alarde de presencia escénica y fuerza canora, áspera la voz e insufrible ímpetu infernal en el pecho, como dejó prescrito el maestro. Sus dos parejas, Venus (J. Nemeth) y Elisabeth (R. Merbeth) giraron desgraciadamente en otra órbita, en especial Thielemann fue enhebrando analíticamente con prurito detallista el fraseo de la partitura Stephen Gould, una voz entregada, vigorosa y relativamente dúctil en el papel de Tannhäuser la primera. Sorprendentemente, también R. Trekel (aplomado Wolfram de otras veces en Bayreuth y los escenarios del mundo) claramente indispuesto y recogida la voz, limitándose en ocasiones a marcar simplemente la nota. ¿Se está prodigando en demasía? Guido Jentjens ofreció escénica y vocalmente un bisoño Landgrave. El resto del elenco cumplió dignamente en su línea. El montaje escénico colorista- banal de Ph. Arlaud (decorados, vestuario y dirección de actores) apenas sin cambios. En esta producción se nota que fluyó el dinero. El ex multimillonario cubano- estadounidense Alberto Vilar, solicitado mecenas músical en todo el mundo, se comprometió a promoverla con una suma millonaria en lo que hubiera sido, como se dijo en 2001, el primer caso de esponsorización privada en la historia del Festival. La crisis bursátil del mercado informático le arruinó hasta el punto de que hace dos meses dio con sus huesos en la cárcel, y él ya no pudo hacerlo. Al final, gran tromba de ovaciones con pataleo (en términos taurinos, la salida a hombros) y palmas rítmicas con el público puesto en pie, especialmente para el coro, St. Gould y, ante todo, para Christian Thielemann, que subió la orquesta al escenario para recibir la ovación. Aplauso cortés para Arlaud, sin una muestra de protesta, que en estos tiempos ya es positivo, pero tampoco sin bravos lo cual pareció contrariarle. En suma, un gratificante efluvio del Bayreuth jubiloso pasado en estos tiempos de estrecheces.