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ABC SÁBADO 30 7 2005 Opinión 5 MEDITACIONES 59 SEGUNDOS E NTRE líneas, los movimientos del sector audiovisual se encriptan o codifican para no dejar huella, aunque ahora los satélites son capaces de obtener imágenes de pasmosa resolución del menú de una carta en cualquier reservado del restaurante más discreto. Los resortes del poder no conceden margen a la duda: todo lo más, 59 segundos para abrirse en canal. Influyente productora ofrece programa en abierto, pero sólo con el 70 por ciento de cobertura. Se necesitan aliados. Concurso privadísimo El pliego de condiciones intenta adaptarse- -hasta la última letra del alfabeto, presidencial y mediática- -al candidato. Ofrecimiento urgente para sellar un pacto que no conviene demorar. Es la nueva televisión analógica, un proyecto tan complejo como el cubo de Rubik. El satélite refleja sombras. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR ODIO EL VERANO UNOS BUENOS ZAPATOS Y UN CUADERNO... DE ANTÓN P. CHEJOV Alba Editorial Barcelona, 2005 182 páginas 14,90 euros Chejov en la cárcel Chejov decidió visitar la isla presidio de Sajalín para saldar cuentas definitivamente con su formación médica. Quería que su investigación se convirtiera en su tesis doctoral, aunque no lo consiguió. La isla de Sajalín es un gran reportaje, crítico con la política zarista. Piero Brunello ha extraído de él y de algunas cartas personales unas cuantas lecciones para elaborar un manual periodístico: unos buenos zapatos y un cuaderno de notas. Cómo hacer un reportaje. No es tan bueno como el otro manual chejoviano que ha preparado, Sin trama y sin final: 99 consejos para escritores (Alba) pero no carece de interés. Chejov recomienda documentarse, viajar, ver, hablar, preguntar, escuchar, participar de los ritos, anotar, comer, beber, dejarse llevar, consultar las fuentes y cotejarlas, atrapar el instante de todos los días... Chejov recomienda vivir para poder escribir, y cuando se escribe hacerlo de la forma que más se acerque a la verdad observada y que con mayor precisión evoque el escenario, las palabras oídas y el momento en el que fueron dichas. Y añade que siempre hay que volver a ser libre y prepararse para comenzar otro viaje. FÉLIX ROMEO LGÚN etólogo debiera preocuparse por estudiar las alteraciones que el verano- -y más concretamente las vacaciones- -introduce en nuestra conducta. Quizá porque el calor derrite los sesos, quizá porque la expectativa del esparcimiento estimula nuestras propensiones más gregarias, quizá porque las temperaturas estivales desperezan algún atavismo dormido que nos retrotrae a estadios anteriores de la evolución, el caso es que en verano entran ganas así como de dimitir del género humano. Basta contemplar esas reatas de automóviles entrampados en cualquier carretera, convertidos en receptáculos que atufan el aire con sus pedos de gasolina requemada, mientras en su interior se recuecen sus ocupantes, prisioneros de un sueño que suele degenerar en pesadilla, para repudiar el verano. El éxito del automóvil ha consistido en infundir en la gente la idea desquiciada de JUAN MANUEL que su adquisición le proporcionaDE PRADA ría una más plena libertad de movimientos; así, con la promesa de una existencia más autónoma y codiciosa de horizontes, nos han logrado inculcar una necesidad superflua, pues como todo el mundo sabe el automóvil es un cacharro absolutamente innecesario, amén de una sangría de dinero y un ataúd con ruedas. Pero, así que llegan las vacaciones, los automovilistas parecen confabularse para viajar todos al mismo lugar y a la misma hora, desmintiendo la utilidad primigenia de su cacharro; ante tal estampa de obcecada unanimidad, uno no puede dejar de conceder la razón a quienes postulan nuestro parentesco genético con las ratas, pues sólo el flautista de Hamelin lograría convocar tantas adhesiones simultáneas y convergentes. Otra prueba incontrovertible de las alteraciones psicosomáticas que la proximidad de las vacaciones introduce en nuestro organismo se muestra en la elección del vestuario. Martín Morales dedica todos A los años varias viñetas veraniegas a execrar este repentino rapto de chabacanería e impudicia que acomete a los españoles en verano, quizá por contagio de otros pueblos más desvergonzados o cantamañanas. No se trata tan sólo de que los sofocos estivales estimulen una natural frugalidad en el atuendo; a fin de cuentas, la desnudez quizá sea el único traje honorable del hombre, pues nos recuerda una edad dorada en la que aún no habíamos extraviado la inocencia. Pero la chabacanería y la impudicia a las que me refería no se miden tanto por la superficie corporal expuesta como por las bochornosas elecciones indumentarias: esas señoras que se estrangulan las mollas de la tripa con un top reventón, esos señores que exhiben sin pudor la pelambre de las pantorrillas, para mayor inri entecas y paliduchas, ¿dónde habrán extraviado la vergüenza? ¿Qué extraña perturbación introduce el verano en nuestra actividad hormonal, para que personas que han vestido con cierto decoro durante los demás meses del año pierdan súbitamente la brújula estética, y aun cualquier atisbo de orgullo, para convertirse en horteras satisfechos y complacientes? La última incorporación denigrante al vestuario estival, bendecida además por los gurús de la moda, la constituyen esas abominables chanclas piscineras de suelo esponjoso y tira de goma que se ensarta entre los dedos pulgar e índice. Chanclas también denominadas (según me entero leyendo un artículo de Rosa Belmonte, irónica zahorí de tendencias) flip- flop onomatopeya que trata de describir el sonido grimosillo que producen al andar, convirtiendo automáticamente a quien las calza en una suerte de zascandil somnoliento, que parece deambular por el mundo sin haberse lavado aún las legañas. Aunque la plaga de flip- flops se ha extendido también al asfalto madrileño, creo que este verano no me moveré de casa, para evitar sucumbir al gregarismo estival. Ya se sabe que Madrid, en verano, Baden- Baden.