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ABC SÁBADO 30 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL SONIDO DE LA IRA POR FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA. UNIVERSIDAD DE DEUSTO Vivimos, cada día más, una reverberación imperfecta del pasado. Vivimos, contra lo que podamos pensar, en los negros años del siglo XX. En cierto modo, es lícito afirmar que el ambiente de la Transición era racional... L AS palabras no matan, pero siembran la confusión y la mentira, ocultan la realidad y alimentan el fuego de la discordia, y llegado el caso ofrecen coartadas para ejercitar la ciencia del disparo. Hay palabras tan asesinas como las cámaras de gas. Las palabras armaron a los asesinos de Rathenau, convencidos de la pertenencia del político berlinés a los trescientos sabios de Sión, de su bolchevismo rastrero y del carácter nocivo del judaísmo. Las palabras empujaban en las retaguardias a muchos de los pistoleros de nuestra vieja y todavía no superada última guerra civil. El régimen del mariscal Pétain es un pleonasmo de las palabras con las que Brasillach, estrecho colaborador de la Gestapo, llamaba al genocidio y a la delación. Stalin, horrendo en públicos verdugos y en secretos espías, una trascripción de los versos de Aragon, Elouard y otros utópicos poetas. Las palabras no son inocentes. Tampoco inocuas. Dichas o escritas ya no hay manera de rescatarlas para el silencio anterior en el que aún no existían, en el que se estuvo a tiempo de evitar el dolor o la injuria. Cuando, concluida la guerra de Yugoslavia, el escritor bosnio Dzevad Karahasan se preguntó por las causas de la barbarie unánime que había devastado su país, por qué todo aquel horror generalizado, aquella colmena violenta y enloquecida, llegó a la siguiente conclusión: Vengo de un país devastado y la culpa la tiene la mala literatura Su libro Sarajevo, diario de un éxodo exhorta a recordar nuestra humanidad esencial y a leer con precaución a los literatos e intelectuales que presentan la comunidad política como divinidad, y la pertenencia a ésta, como el valor más sublime y preciado que el hombre, en tanto individuo, puede tener, desear, creer, soñar o crear. Karahasan habla largamente, pero me clava al sillón tres veces. Cuando dice que esta mala literatura se comporta como si todo le estuviera permitido, invitando a los hombres a arrojar a la hoguera a sus hijos vivos, llamando al ajuste de cuentas definitivo con creyentes de otras religiones y explicando que todo el mal que sufre un colectivo procede de otro. Cuando declara que debido a esta literatura y en nombre de los valores que ha creado, articulado, impuesto, se envilece y destruye todo lo humano. Cuando añade: Y los hombres que queman ciudades, mutilan niños y fecundan por la fuerza a las mujeres están inspirados directa o indirectamente por esta literatura, directamente si la han leído, e indirectamente si no lo han hecho y sólo han asumido los valores que ha creado Lo que ocurrió en la extinta Yugoslavia revela el peso terrible del pasado y la historia. El suplicio del hombre cruelmente empalado, con el que comienza Un puente sobre el Drina, no pareció cosa del siglo XVI sino de entonces mismo. En un país como España, esta España donde son tantos los que miran al pasado para reinventar la historia y sacar partido de ella desde su supuesta inocencia y bondad primigenia, donde los periódicos se han convertido en partes de guerra y muchos piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras, confundiendo la verdad con el cuerpo doce, conviene reflexionar sobre las páginas de Karahasan, sobre el uso y responsabilidad de la palabra, sobre el triunfo de lo irracional en perjuicio de lo racional, sobre el peligro de resucitar los espectros fratricidas. Vivimos, cada día más, una reverberación imperfecta del pasado. Vivimos, contra lo que podamos pensar, en los negros años del siglo XX. En cierto modo, es lícito afirmar que el ambiente de la Transición era racional y el de estos años, después de un cuarto de siglo de exaltar agresivamente las diferencias que los viajeros no llegan a distinguir, y en inventarlas cuando no existen, antirracional. Lenguajes como el de Oriol Malló, verdadero pleonasmo del cura Merino y fulminador de los intelectuales que disienten de la llamada oscura de la nación catalana quizá sean novedosos, pero los prejuicios, relatos imaginarios y odio secular del que brotan, no. dan intelectuales capaces de mirar con ironía la insignificancia y vanidad de sus gobernantes, el egoísmo y la rabia del chovinismo, la inflación de los símbolos y los signos, el mal gusto de los discursos y ceremonias, el populismo primitivo y el falso mesianismo. Increíblemente no son nacionalistas, porque casi todos sus colegas lo son, aunque lo nieguen o lo ignoren. Desde hace tiempo escasea el publicista que no opine que el hecho inevitable y trivial de haber nacido en una determinada región y de pertenecer a tal pueblo no sea un privilegio singular y un talismán suficiente. Vindicadores de la democracia y del pluralismo, que se creen muy diversos de Goebbels por no exaltar la raza, instan a sus lectores a escuchar los latidos de un corazón que recoge los íntimos mandatos de la sangre y de la tierra. Unos se declaran federalistas y republicanos; otros, independentistas; otros marxistas; todos, hablan con fervor de la identidad, del pueblo, de la lengua. Lejos o fuera de la comunidad política soñada por estos portavoces de la frontera, no hay sentimientos ni deseo ni pensamientos ni actos. Lejos o indiferente a lo trágico y sublime de la comunidad política que sueñan, solo vacila el hereje. Desde los tiempos de Cervantes se viene reflexionando sobre el modo en que a veces los libros trastornan la imaginación de quien se encierra obsesivamente con ellos, como don Quijote o Emma Bovary. De lo que no cabe duda es de que hay palabras y relatos que tienen sobre la realidad un efecto perverso y menos ambiguo del que se cree. No es chocante que la sapiencia o el respeto adjudicados a los terroristas aumenten en el País Vasco en cuanto las bombas se politizan. Resulta desolador ver cómo aquí un fatuo, un aspirante a campeón de mus en el mejor de los casos, farfulla grandes vocablos ante la concurrencia ceremoniosa de los periodistas: Soy un enemigo del gobierno español y fascista... o mi posición respecto a la paz en Euskadi... o creemos que la normalización política sólo es posible a través de un diálogo sin exclusiones... Tampoco es extraño que las descabelladas metáforas del letraherido Malló no hayan suscitado la condena unánime de los políticos catalanes. Las voces y la mística de la cábala nacionalista, que es la de la exclusión y marginación del inconformista, la señal a fuego o a silencio del que rompe la disciplina del rebaño, hace tiempo que campean como soberbios fantasmas tutelares por el país de Companys. Como en el País Vasco, aunque sin el terrorista con pastoral derecho al diálogo, la mayoría acata, o comparte, o duda, o calla. O peor aún: piensa que formular un temor es colaborar con el enemigo, con el quintacolumnista que desea que los catalanes se suiciden en grupo o abracen la fe española. En este paisaje moral donde el vigor y la legitimidad de la razón se ven casi siempre amañados por la presión política, sorprendentemente que- Traicionar la individualidad humana y traspasar la medida del hombre es el pecado original que se ha cometido en todas las épocas de la historia. En la tragedia griega existía el coro como medida humana y testigo del gran pecado de aquellos que habían querido traspasarla. La actualidad candente que nos exaspera y exalta y alguna vez nos aniquila no es otra cosa que un reflejo imperfecto de este viejo y gran error histórico contra el que los dramaturgos helénicos trataban de inmunizar al espectador. Traicionar la individualidad es justo lo que estamos haciendo hoy en España, jovial y pluralmente. En vano se recuerda que fueron los ídolos de la sangre, de la tierra y de la pasión los que en el pasado sumergieron este país en varias y terribles guerras civiles. En vano se escribe que las diversidades, justamente apreciadas como variantes de lo universal humano, se convierten, si se absolutizan, en la negación y destrucción de éste. Vanamente se repite que las palabras conducen a la violencia y que son palabras, palabras melancólicas y pastoriles, palabras que enseñan que la culpa de todo la tienen los otros, las que arman a los terroristas vascos. En España, a pesar de lo que dice la Constitución, continúa escaseando el laicismo. Laicismo no sólo frente a la Iglesia católica, sino también frente a la nacionalidad entendida como fetiche y religión. Laicismo como el que profesó el autor de Los viajes de Gulliver Siempre he odiado a todas las naciones, profesiones y comunidades, y todo mi amor va dirigido hacia las personas concretas O como el feroz Nietzsche ¿Por qué ser hostiles con el vecino, cuando en mí y en mis padres hay tan poco que amar?