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ABC MIÉRCOLES 27 7 2005 Espectáculos 57 FESTIVALES DE VERANO Una Alcina espectacular resurge en el Festival de Múnich b Con esta nueva puesta en escena, Alcina ha recuperado sus hermosos recitativos y ballets, que en otras ocasiones han sido eliminados de la obra JUAN ANTONIO LLORENTE MUNICH. Para Alcina la tercera producción que, con carácter de estreno, llega al Festival de Múnich, aún quedaban sorpresas. Ante todo, desplegar ante el público esta obra de Handel en su integridad. Y lo más importante: demostrando que no resultan pesadas de digerir las casi cuatro horas de representación, descansos aparte. No por el hecho de que los muniqueses estén habituados a maratones líricas porque Wagner estrenara en su ciudad algunas de sus óperas. La razón se debe al gusto con que el binomio música- escena ha funcionado. Incluyendo en este juego a dos la buena elección del reparto, exquisito a la hora de cantar y dúctil adaptándose a los movimientos que el regista, Christof Loy, les ha sugerido, danzas inclusive. Porque en esta Alcina a la que se le han devuelto los hermosos recitativos, tantas veces cercenados, también se han recuperado los ballets, muy bien resueltos por Beate Vollack. Handel no cansa contando con responsables de esta talla, si añadimos que del apartado musical se ha hecho cargo Ivor Bolton, que con ésta se apunta la tercera ópera barroca del Festival. Ni siquiera han recurrido a artificios pretenciosos para el montaje, un trabajo de bolsillo, con ocho voces y siete danzantes, además de las dos docenas de músicos, procedentes en su mayor parte de la Orquesta del Estado bávaro. Los dos primeros actos transcurren en un palacio de la nobleza del XVIII, sin apenas decorados y con vestuarios de la época, rotos por el anacronismo que destapa el argumento: la llegada, como en un túnel del tiempo, de dos cazadores actuales: Bradamante y su asesor. El tercer acto tiene lugar en un terreno de nadie donde los protagonistas visten con ropas de hoy, dando valor a la clave de que todo obedece a una pesadilla de Alcina. Nina Stemme y Robert D. Smith, interpretando a Isolda y Tristán en el Festival de Bayreuth Después de doce años, regresa al Festival de Bayreuth esta ópera inmortal de Wagner, de la mano del suizo Marthaler y el nipón Oue. El resultado, una puesta en escena estática y, sin embargo, vigorosa, que despertó tanto aplausos como abucheos de los asistentes Tristán e Isolda amor refrigerado TEXTO: OVIDIO GARCÍA PRADA FOTO: AP BAYREUTH. Con la representación de Tristán e Isolda y la asistencia de una legión de prohombres de la política, la economía, las artes y un gran despliegue de los medios de comunicación- -incluido enviado especial de Israel, por primera vez- se inauguró en la tarde del lunes el 94 Festival de Bayreuth. Después de doce años vuelve a presentarse un nuevo montaje escénico de esta ópera de Wagner, el décimo en la historia del festival. Lo firman dos debutantes: el dramaturgo suizo Christoph Marthaler, novicio en las lides wagnerianas con decorados (de época) y vestuario (moderno) de Anna Viebrock, y el japonés Eiji Oue, el primer asiático en empuñar labatutaen la verde colina Esta producción clarifica el escenario y se sitúa en los antípodas del legendario de 1993, firmado escénicamente por el difunto dramaturgo Heiner Müller y Daniel Barenboim. L. Bernstein, maestro y protector del director nipón, consideraba esta ópera como la pieza central de la historia musical. El tema y su tratamiento dramático- musical son atemporales y por tanto, universalmente actuales: en el pasado, ahora y per saecula saeculorum Hay un único decorado, estructuralmente progresivo en cada acto: un salón semioctogonal inspirado en los vapores transatlánticos de la época, con una abertura de entrada al fondo. Esta caja cerrada potencia acústicamente el sonido. El acto inicial se desarrolla a la débil luz de las estrellas, consistentes en tubos fluorescentes circulares, como aureolas de santo. En cada nuevo acto se añade por la base un nuevo nivel o piso de diferente color y estruc- tura, aumentando la iluminación escénica, que pasa de la penumbra a la luminosidad chillona final de clínica hospitalaria. Eso anula un sugerente simbólismo metafórico: día (sociedad) noche (privacidad, nido del amor) No hay apenas acción En esta ópera apenas hay acción externa. Wagner la transpuso al plano interior emotivo de las figuras, creando una especie de metafísica erótica que desemboca en un conflicto irresoluble, cuya única salida es la muerte. Marthaler, con fama de satírico y polemista político, aborda una obra poco proclive a sus apetencias. La acción, minimalista con detalles ingeniosos, y el simbolismo los relega mayormente a las figuras secundarias, Bangräne (Petra Lang) y especialmente Kurwenal (Andreas Abunda mucha pose estatuaria, casi total en el caso del coreano Kwanchul Youn, sólido rey Marke doliente. Marthaler parece practicar un culto a la lentitud, percibida como tediosa. Así, los dos amantes se declaran su amor plantados frontalmente a varios metros de distancia. Una noche de amor refrigerada. La Isolda de Nina Stemme posee cuanto exige el personaje: voz vigoro- sa, penetrante, fáciles agudos, fineza tímbrica cálida y expresiva, iracunda o erotizante, según cuadre. La sueca eclipsó caracterial y vocalmente a su pareja en dos primeros actos. R. Dean Smith, voluntarioso comodín bayreuthiano, aventura aquí el salto a tenor dramático. Su Tristán aparece inicialmente encorsetado y sin carisma. Bajo exigencia, exceptuado el acto final, su tenor se descompone y pierde aún más carácter. Ese tercer acto es la gran tribuna del intérprete de Tristán. Ahora, al bañar la escena de luz, quedó adicionalmente despojada de magia y anulados los márgenes de libertad a la imaginación del espectador. La dirección de Oue, más extrovertida que intimista, algo difusa y nerviosa, fue mejorando al avanzar la obra. Celoso y agitado en los crescendos y cambios dinámicos, a la masa orquestal le sobraban decibelios, que reducirá cuando domine la intrincada acústica de la sala. Un reparto de excepción Aplausos y abucheos El cuadro final presenta a los dos protagonistas muertos y a los otros cinco personajes secundarios estrellados por el destino pegados contra la pared. Estrellada quedó la pareja responsable de la aridez escénica por el contundente abucheo del respetable. Cálidos aplausos, merecidos, para el elenco canoro, más intensos para Dean Smith y el director Eiji Oue, el cual en un gesto insólito se arrodilló y besó el suelo. Larga y triunfal ovación para Nina Stemme, que sale airosa del desafío como una Isolda de gran fuste. Para el reparto, alabanzas generales, con buenas actuaciones de Verónica Cangemi y Sonia Prina, ligeramente escasas en agilidades, John Mark Ainsley, Christopher Purves y Deborah York. Muy por encima, por presencia y facultades, la mezzo Vesselina Kasarova como Ruggiero y una enorme Anja Harteros, la soprano descubierta hace tres años por Harnoconcourt, perfecta como lírica en los pasajes amorosos y como dramática en los de mujer despechada, las dos caras que definen a Alcina. Nina Stemme, Isolda, eclipsó caracterial y vocalmente a su pareja, Tristán, en los dos primeros actos