Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 Opinión MIÉRCOLES 27 7 2005 ABC PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA LUCA DE TENA CONSEJERO DELEGADO: SANTIAGO ALONSO PANIAGUA DIRECTOR: IGNACIO CAMACHO Directores Adjuntos: Eduardo San Martín, Juan Carlos Martínez Subdirectores: Santiago Castelo, Rodrigo Gutiérrez, Carlos Maribona, Fernando R. Lafuente, Juan María Gastaca, Alberto Pérez Jefes de área: Jaime González (Opinión) Mayte Alcaraz (Nacional) Miguel Salvatierra (Internacional) Alberto Aguirre de Cárcer (Sociedad- Cultura) Ángel Laso (Economía) Jesús Aycart (Arte) Adjunto al director: Ramón Pérez- Maura Redactores jefes: V. A. Pérez, S. Guijarro (Continuidad) A. Collado, M. Erice (Nacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura) E. Ortego (Deportes) F. Álvarez (TV- Comunicación) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) Director General: Héctor Casado Económico- financiero: José María Cea Comercial: Laura Múgica Producción y sistemas: Francisco García Mendívil EN GUERRA E SOLOS EN LA MADRUGADA ecenas de miles de madrileños volvieron a quedar atrapados la madrugada de ayer en la carretera, durante largas horas, en el regreso del puente de Santiago. El colapso circulatorio en la A- 3 puso de nuevo a prueba la paciencia de los automovilistas, que ayer asistieron, entre la perplejidad y la indignación, a las explicaciones de la Dirección General de Tráfico, cuyos máximos responsables apuntaron como solución buscar alternativas en los medios de transporte o construir nuevas infraestructuras, porque la A- 3 no puede absorber toda la demanda de tráfico Otra vez, el contraste entre el punto de vista oficial y la percepción de los hechos por parte de los afectados fue tan abrumador como revelador de la distancia que media entre la calle y el despacho de los responsables políticos. Numerosos conductores expresaron sus quejas por la falta de presencia de la Guardia Civil, por la demora en habilitar carriles suplementarios y, sobre todo, por el hecho de que Tráfico comunicara que sólo había diez kilómetros de atasco cuando se llevaban más de cinco horas de caravana. Tal vez el atasco resulte inevitable cuando miles de españoles deciden salir al mismo tiempo por idéntica carretera, pero la respuesta de la DGT, antes y después del colapso, la vuelve a dejar en evidencia. A los responsables políticos cabe exigirles mesura en la reacción y, sobre todo, capacidad de autocrítica. Si la eficacia se mide en resultados, el Gobierno ha vuelto a fallar, porque ante el previsible caos circulatorio lo lógico era poner en marcha todos los instrumentos de los que dispone el Estado para aliviar el problema y no derivar la responsabilidad última de lo ocurrido sobre los automovilistas por no buscar vías alternativas. No es mucho pedir que las administraciones públicas sean capaces de traducir sus intenciones y disposición en planes de prevención racionales, lejos de las creativas propuestas del director general de Tráfico, Pere Navarro, quien no hace mucho propuso como solución a los atascos dar vacaciones por regiones, como hace Francia. Tan demagógico resulta culpar al Gobierno de todos los males como plantear alternativas irrealizables, porque la realidad es la que es y tampoco parece lo más apropiado sustituir los controles de la Guardia Civil por diez radares, como planteó el máximo D responsable de la DGT. Debería reconocer Pere Navarro que el organismo que dirige se ha visto desbordado una vez más por el volumen de tráfico. Salvando las distancias con el trágico incendio de Guadalajara, lo que se está transmitiendo a los españoles es una grave sensación de incapacidad para gestionar los problemas y las situaciones complicadas. Un Gobierno eficaz es aquél que es capaz de articular con prontitud y solvencia una serie de medidas encaminadas a aliviar los efectos negativos que pudieran surgir en la carretera, en el monte o en alta mar. Su obligación exige adoptar soluciones urgentes y prácticas para atemperar los daños causados. Eso lo agradece el ciudadano, que no admite que el Gobierno pretenda cubrirse las espaldas escurriendo el bulto. Al Ejecutivo de Rodríguez Zapatero, que cuando estaba en la oposición desplegó toda su artillería política contra el Gobierno de Aznar, le está resultando muy incómodo probar su propia medicina. El destino no conoce de siglas ni tiene ideología, y el mes de julio se le ha atragantado a un Gobierno que ha caído en los mismos errores y falta de reacción que reprochó a su antecesor. Los excesos en la crítica, en el fondo y en la forma, suelen tener un peligroso efecto bumerán. A estas alturas, Rodríguez Zapatero corre el riesgo de perder, a los ojos de los españoles, buena parte de ese talante con el que ha envuelto su acción de Gobierno. La aparente calidez del Ejecutivo, la ternura del poder -según expresión acuñada en las inmediaciones del Palacio de la Moncloa- empezó a desvanecerse a partir del momento en que el presidente sobrevoló, en sentido figurado, y antes de subirse al helicóptero, la tragedia de Guadalajara, prueba de fuego en la que ardió el revestimiento formal de un Gobierno obsesionado en controlar los resortes de la emotividad que marcan las relaciones entre el poder y el pueblo. Sin éxito en la administración de los problemas de un país, el talante se convierte en un mero concepto semántico. Y este Ejecutivo empieza a dar señales de que la solvencia en la gestión no es su fuerte. Las bienintencionadas promesas voluntaristas y algunas respuestas intempestivas suenan cada vez con mayor intensidad a disculpas tardías. L incidente registrado en el metro londinense, donde la Policía abatió la pasada semana a un sospechoso, que al final resultó inocente, en plena crisis terrorista, sigue sirviendo de soporte a un debate en el que ayer intervino el presidente del Tribunal Supremo y del CGPJ, Francisco José Hernando, quien justificó la actuación policial con el argumento de que estamos ante la III Guerra Mundial No tardaron en levantar ampollas entre selectos sectores de lo políticamente correcto las tesis del presidente del Supremo, que advirtió de los riesgos que entraña la lucha contra un fenómeno terrorista que, en cualquier país desarrollado, se combate con la fuerza del Derecho. Nada nuevo en Londres, último escenario de una guerra por episodios en la que las batallas políticas hacen a veces tanto ruido que desvirtúan el fondo del paisaje. Francisco José Hernando JAIME GARCIA DEFECTO Y EXCESO A comparecencia de la ministra de Medio Ambiente en la comisión correspondiente del Congreso- -a la que acudió para explicar la gestión del Gobierno en el incendio de Guadalajara- -puso ayer de manifiesto la incapacidad del Ejecutivo para aportar respuestas solventes con las que aclarar la crisis del Alto Tajo, así como la escasa fortuna del PP, que a través de José Ignacio Echániz culpó al Gobierno de dejar morir a once trabajadores Poco edificante espectáculo en el Congreso. La ministra de Medio Ambiente no sabe, no contesta; la oposición cae en el exceso. Narbona se lava las manos y Echániz tensa hasta el extremo de establecer una peligrosa relación causa- efecto entre la respuesta del Gobierno y once muertos. Un poco de cordura. Todos contra el fuego dialéctico. L RESPUESTA AL TERROR: DEL 7- J AL 11- M P ARTE esencial de la estrategia criminal del terrorismo depende de su capacidad para provocar un estado de pánico colectivo que lleve a las sociedades democráticas al desistimiento. Los ataques terroristas de Londres, como antes los de Madrid o Nueva York, tienen idéntico fin: crear un clima de opinión favorable a la claudicación ante la violencia, desde el convencimiento de que somos vulnerables y no hay solución ante el terror indiscriminado. Ante un mismo fenómeno terrorista, la reacción no es idéntica, porque la respuesta de los gobiernos, partidos y organizaciones sociales es dispar y porque el clima político varía sustancialmente en función de múltiples circunstancias internas. La reacción de la sociedad española tras el 11- M pasó factura en las urnas al anterior gobierno, en parte porque el PSOE trasladó a la opinión pública, tras el atentado de Casablanca, un mensaje que hizo mella en distintos sectores y que hoy se revela como altamente peligroso: que Aznar había colocado a España en el punto de mira del terrorismo internacional. La rela- ción entre la guerra de Irak y el atentado del 11 de marzo cuajó en la conciencia colectiva de una parte de los españoles que, al margen de otras consideraciones sobre la gestión política de aquellos días, estableció una relación directa entre ambos acontecimientos, culpabilizando, más o menos directamente, al Ejecutivo del PP. Radicalmente distinta parece ser la respuesta del pueblo británico, a tenor de las últimas encuestas. El sentimiento de que la participación en la guerra de Irak incrementa el riesgo de atentados en Gran Bretaña crece hasta el 64 por ciento, pero- -y aquí radica la diferencia- -la valoración de Tony Blair- -que ayer se reunió con los líderes de la oposición para consensuar las líneas de la política antiterrorista- -se ha incrementado sensiblemente en las dos últimas semanas. Los británicos no parecen considerarle responsable de lo ocurrido y cierran filas con su Gobierno, al igual que el resto de fuerzas políticas. Lo urgente en Gran Bretaña es mantenerse unidos frente a la violencia, lo que ya constituye en sí mismo un ejemplo de supremacía ética frente al terrorismo. FOLCLORE RADICAL L A transformación del actual modelo de Estado que, de la mano del socialismo catalán, impulsa ERC no se queda sólo en el fondo de un estatuto rompedor, sino también en las formas, para que se aprecie de lejos un cambio de rumbo que roza ya los territorios de la ridiculez y la provocación. Según ERC, España tiene que pedir perdón por el uso de armas químicas en el Rif hace casi un siglo y suprimir la fiesta del 12 de Octubre para celebrar, en su lugar, la del 14 de abril, día de la República. Los socios del Gobierno de Zapatero imaginan en voz alta un nuevo país, sin nombre definido, para el que incluso han diseñado su propio y esperpéntico folclore.