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ABC MIÉRCOLES 27 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC Ayer le fue concedido al eminente jurista y académico Eduardo García de Enterría, colaborador de ABC, el Premio Fundación Gabarrón a la Trayectoria Humana 2005, por su trayectoria personal e intelectual, que ha influido notablemente en la Constitución española de 1978. Publicamos a continuación la última colaboración que nos ha enviado. LA HUMILLACIÓN DE LOS ALTIVOS POR EDUARDO GARCÍA DE ENTERRÍA DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Para quienes como yo somos hijos de Liébana, ese antiguo prestigio de Peña Vieja era motivo de un pequeño orgullo, porque resulta que la misma es rigurosamente lebaniega, además de perfectamente visible desde la capital del valle, Potes... STE verano, andando (plácidamente) por los Alpes, me llegó la noticia de que una nueva medición, con todos los rigores técnicos actuales, de la altura de la montaña más alta de Europa, el Montblanc, había llegado a la conclusión de que la altitud que se le venía reconociendo desde hace más de cien años, 4.807 metros, concretamente, excedía nada menos que en 14 metros de la que realmente tiene. Como el macizo del Montblanc se lo reparten entre Francia y Suiza, aunque en mayor parte para la primera, que tiene además el privilegio de albergar su cima mítica, esta comprobación, a la que nadie se ha permitido oponer ningún reproche, la realizaron conjuntamente las universidades de Grenoble y de Ginebra, dos ciudades desde las que puede contemplarse, desde un lado y desde el opuesto, la formidable cima. Para los franceses, especialmente, ha sido un golpe duro, porque esa corrección ha implicado cambiar la cifra de las centenas, pasando del mítico cuatro mil ochocientos al más modesto de cuatro mil setecientos, lo que tiene la apariencia de una degradación, aunque ello no ponga en duda la franca superioridad de esa altura sobre todas las demás del continente, pues la segunda, el Monte Rosa, está todavía a más de cien metros por debajo (se excluye, aunque podría haber alguna razón geológica- -no histórica- -en contra, el caucásico monte Elbruss, que alcanza los 5.653 metros) E durante milenios han venido ocupando los hielos el responsable directo de la mayor parte de ese descenso espectacular de la altura de la más alta montaña europea, aunque no en toda su magnitud, debiendo imputarse otra parte- -ya menor- -a la mayor precisión y seguridad de las técnicas de medición disponibles. (Recordemos, por cierto, que la primera ascensión al Montblanc, la mítica del ginebrino Jean Baptiste de Saussure en 1785, que señala el origen del moderno alpinismo, se hizo para medir su altura con ayuda de los barómetros, entonces recién inventados) Esa sustanciosa rebaja de la altura de la alta y espectacular cima, en cuya contemplación desde distintas perspectivas me he solazado tantas veces, parece que tiene en su mayor parte una explicación bastante simple. Resulta que la calotte o casquete de la cima está formada precisamente por hielo, porque allí arriba rara vez llueve otra cosa que no sea nieve, que se endurece casi inmediatamente. Los espectaculares glaciares del macizo, que rodean la cima en todos sus vientos, hacen lo que pueden para evacuar esos hielos constantes. Ahora bien, es conocido que el fenómeno de la elevación media de la temperatura del globo, que tan preocupante nos parece a sus actuales habitantes, está reduciendo notablemente los tradicionales espacios ocupados de forma permanente por los hielos, acortando y reduciendo todos los glaciares de las alturas, fundiendo considerables espacios de los hielos árticos y antárticos y rarificando las caídas de nieve tradicionales, lo que resulta especialmente visible en nuestra península, en particular para los más viejos. Es, pues, el fenómeno general de reducción de los espacios que Esta humillación- -relativa- -del altivo Montblanc me hizo recordar que algo parecido había ocurrido en mi provincia nativa, Cantabria (o La Montaña, como la llamábamos antes de la convencional ola neohistoricista que sobrevino con ocasión de la puesta en marcha del sistema de comunidades autónomas que abrió la Constitución de 1978) Cuando yo comencé allí mis estudios primarios se nos ilustraba que el más alto pico de nuestra provincia era Peña Vieja, al que el geólogo Casiano del Prado daba en 1858 la altura de 2.636 metros, cifra que repitieron casi todos, incluso quienes decían haber realizado mediciones propias, como Obermaier en 1914 en su conocido libro sobre los glaciares del macizo. Esa cifra de 2.636 metros de Peña Vieja no se corrigió hasta 1935 (y tardó en llegar algún tiempo a los montañeros de a pie) cuando se publicaron las hojas de Picos de Europa del Mapa del Instituto Geográfico Nacional; se redujo entonces esa cifra a la altura que hoy se le reconoce, 2.613 metros. Para quienes como yo somos hijos de Liébana, ese antiguo prestigio de Peña Vieja era motivo de un pequeño orgullo, porque resulta que la misma es rigurosamente lebaniega, además de perfectamente visible desde la capital del valle, Potes, incluso desde mi propia casa familiar, destacándose altiva en un segundo plano a través de la Portilla de Cámara, que es una especie de ventana respecto a las alturas medias de las montañas que constituyen el Macizo Oriental de los Picos, que domina todo nuestro valle, ventana que parece ser un homenaje a la majestuosa Peña Vieja, a la que deja ver, erguida y solemne, en un segundo plano a los ojos de los lebaniegos. Los topógrafos del Instituto Geográfico que habían rectificado en 1935 esa supuesta primacía de Peña Vieja atribuyeron la mayor altura provincial a Torre Blanca, con 2.617 metros (la mayor altura de todo el macizo es Torre Cerredo, ya en Asturias, 2.648 metros) Otro monte altivo humillado, pues, esta vez ya con una pérdida de su rango formal entre las alturas de la región. Reflexionando sobre estos hechos, con los que parece que las firmes montañas no son tan firmes como tendemos a creer, organicé a finales de septiembre una marcha hacia Torre Blanca, para rendir homenaje al nuevo señor de la provincia. Nos reunimos un grupo de doce personas, entre las que había algunos madrileños y una representación de los compañeros de aventuras en Gredos, además de algunos familiares, que lo son también de los Picos. La prueba resultó algo más gravosa de lo que yo había calculado inicialmente; contra mi creencia, quedó claro que yo no había subido nunca a esa cima, que confundí con otra más hacedera (un motivo de satisfacción adicional: subía, pues, por vez primera a la mayor altura de Cantabria) pero todo salió perfectamente; tuvimos un día despejado, con la especial visibilidad amielada propia del otoño. Alegres y felices, diez horas después de la partida, estábamos ya en la estación del teleférico de Fuente De. No nos privamos, naturalmente, de mirar desde la altura con un desdén convencional a Peña Vieja, aunque sea en su conjunto mucho más imponente que el de su destronador, que es casi un cono perfecto, sin alturas secundarias. Desde hace ya mucho se ha pensado en las montañas como un campo de educación moral de los hombres, que encuentran en ellas un poder impávido y fuerte y, no obstante, acogedor y estimulante, y con las que a los montañeros nos gustaría fundirnos y ganar así su fortaleza. El montañero que lucha con ellas para coronarlas no busca, obviamente, humillarlas, sino probar su propio esfuerzo y acreditar su hermosa fraternidad con ellas. Cuando la montaña resiste al afán conquistador de los hombres, quienes sufren esa resistencia, tantas veces dolorosa y algunas veces trágica incluso, no extraen de la experiencia sino el afán de perfeccionar su esfuerzo o, en su caso, la no siempre dolorosa convicción de haber encontrado un límite absoluto a las propias capacidades, el conocimiento de cuyas fronteras es también, paradójicamente, un nuevo beneficio moral. Otra cosa parece ser la rivalidad entre las montañas mismas, a las que los hombres que las frecuentan tienden a personalizar como verdaderos protagonistas. He aquí cómo en los dos casos que he contado los hombres han dado un argumento casi humano a la rivalidad objetiva entre las silentes montañas.