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58 LUNES 25 7 2005 ABC FIRMAS EN ABC ENRIQUE GONZÁLEZ FERNÁNDEZ SACERDOTE Y ESCRITOR ALFONSO XIII EN LOURDES Después de haber visitado los principales Santuarios de la Santísima Virgen de mi país, he querido venir a rezar al más ilustre de los Santuarios de Francia... grafías de esta visita. Don Alfonso asistió a la misa con un recogimiento y una piedad admirables Los citados Annales refieren que al final el órgano entonó el Te Deum que continuó como una sola voz, vibrando en emoción intensa, la muchedumbre compacta, apretujada en el Rosario. Esta multitud parecía también tener un solo corazón para agradecer a Dios y a Nuestra Señora el haber preservado, durante su estancia en París, al amable Soberano, nuestro huésped, del peligro de muerte que le había hecho correr una mano criminal Tales palabras hacían alusión al atentado que sufrió, junto al presidente Loubet, poco tiempo antes, el 31 de mayo, al salir de la ópera. A partir de entonces, a lo largo de su reinado, Alfonso XIII sufrió otros gravísimos atentados de los que también salió milagrosamente ileso. A continuación Su Majestad subió a la Basílica de la Inmaculada. Para permitirle visitarla más cómodamente, las puertas de la Basílica se cerraron tras su cortejo. Sigue describiendo la crónica oficial, en su elegante francés que traduzco, cómo Alfonso XIII se dirigió directamente al presbiterio, donde se arrodilló en el reclinatorio que le había sido preparado. Con los ojos fijos hacia la imagen de la Inmaculada, quedó algunos minutos ensimismado en una oración que, sin ninguna duda, lo convertía más fervososo todavía al pensar en su augusta madre a la cual, después de a Dios, le debe el que sea un Rey verdaderamente digno de su título de Católico Alude a la Reina Madre- -que dejó de ser Regente tres años antes- -Doña María Cristina, a C OMO es sabido, en España celebramos, desde diciembre de 2004 a diciembre de 2005, el Año de la Inmaculada, porque nuestro país se destacó secularmente en la defensa de esta verdad mariana, proclamada como dogma hace 150 años. Es menester recordar que en la audiencia que mantuvo con el Papa Pío IX la exiliada Doña Isabel II- -a la que recibió con extraordinaria solemnidad y con todos los honores regios- la Reina le dio las gracias por haber atendido a la petición que le hizo, con su firma y las de otros Monarcas católicos, de declarar ese dogma en 1854. Acabo de regresar de Lourdes, la Ciudad de la Inmaculada desde 1858 (también de la Eucaristía) antes iba todos los veranos, pero hacía trece años que no volvía, y con gran alegría he descubierto allí que hace ahora un siglo, exactamente el 27 de julio de 1905, el nieto de aquella Reina, Don Alfonso XIII, desde Pau, llegaba en automóvil al Santuario. Acompañado por diversas personalidades de su Corte, el Rey (que entonces tenía 19 años de edad) bajó del coche junto al antiguo chalé de los obispos y se encaminó enseguida hacia la Gruta. El joven Monarca vestía traje gris claro con corbata y llevaba en el ojal la rosette de la Legión de Honor. La noticia de la llegada de este peregrino ilustre se difundió inmediatamente. Mientras el Soberano atravesaba la explanada, centenares de personas acudían, de todas partes, hacia él. Antes de llegar a la Gruta, el Rey compró diez gruesos cirios para que fueran colocados encendidos a los pies de la imagen de la Virgen. Después el ahijado del Papa León XIII se arrodillaba ante la Gruta. Cuando terminó su oración, el obispo de Mónaco besó la mano del Rey y le dio la bienvenida- -en nombre del obispo de Tarbes- -con unas cariñosas palabras. Guiado por el prelado, Alfonso XIII- visiblemente emocionado según la crónica oficial de los Annales de Notre- Dame de Lourdes- -hizo el recorrido de la Gruta, se acercó a la fuente para beber y, como recuerdo de su peregrinación, solicitó el favor de quedarse el vaso en que el agua le había sido presentada. Desde allí Su Majestad se dirigió a la Basílica del Rosario, en cuya entrada lo esperaba el obispo de Nîmes, que dedicó unas palabras de cortés bienvenida al joven y simpático Soberano. El órgano saludaba esta llegada con la Marcha Real. Dicho obispo condujo al Rey al trono episcopal, según refiere también Le Journal de la Grotte, que publicaba unas interesantísimas foto- AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR TEBEO OR mucho que busquemos en los anales de la Historia, el terrorismo suicida de hoy no tiene precedentes. Y no los tiene no porque no haya habido gentes dispuestas a morir matando, pues siempre hubo y siempre habrá imbéciles narcisistas, sino porque la sociedad hoy víctima de ese terror, el mundo que lo engendra y lo sufre, no tiene nada que ver con ninguna sociedad, con ningún mundo antes habido. A lo único que recuerda lo que está ocurriendo es a los tebeos de superhéroes. Fueron los dibujantes y guionistas norteamericanos del siglo pasado quienes acertaron a imaginar lo que un día acabaría ocurriendo, y son sus historietas lo que nos ha familiarizado con la idea de una ciudad constantemente amenazada por la explosión gratui- P ta y aleatoria de la maldad obtusa en cualquier lugar y a cualquier hora. Conspiraciones, cuarteles invisibles, programaciones, lavados de cerebro, redes paralelas, comandos dormidos: el malvado del desierto no ha inventado nada, y no sería extraño que se hubiera inspirado directamente de sus lecturas infantiles a la hora de organizarse. El Doctor No ha encontrado, por fin, encarnadura. Esta idea o sensación que me ronda desde hace tiempo, la de estar viviendo en un tebeo, evidentemente no es consuelo. No la mencionaría si no enlazara con otras, que me parecen más interesantes. Una, que en el tebeo estamos todos, esto es, que los terroristas no son agentes extranjeros ni alienígenas, sino monstruos domésticos, cuervos criados en las ratoneras de nuestra propia ciudad, que es tanto como decir nuestra propia imaginación. Y otra, que vivimos días de máxima infantilización, de puerilidad rampante, hasta el punto de que cabe preguntarse si no estaremos siendo víctimas de algún trastorno hormonal globalizado, quien sabe si a causa de algún producto químico de síntesis, de tantos como contaminan hoy el aire, el agua, la tierra, la cadena trófica. Puede que sea una impresión subjetiva, pero hay tanto histrionismo patoso, tanta simpleza en tantos órdenes de la vida, incluídos los más terribles o graves, que muchas veces en vez de con adultos diríase que tratamos con niños que juegan a ser adultos, y que, cuanto más en serio parece que se toman las cosas, menos se las están creyendo en el fondo, aunque tengan en sus manos el botón del fin del mundo. No hace falta encender la televisión, contaminante puro donde los haya, para percibir esta extraña regresión de la especie. Suele bastar con asomarse a un espejo. Prueben a hacerlo. Quién sabe si así, algún día, por fin, aparece Supermán y completa el reparto. mi parecer verdaderamente canonizable y santa. Después, en el Tesoro, le enseñaron al Rey el magnífico cáliz ofrecido a Nuestra Señora de Lourdes por su padre, Alfonso XII, cuando era todavía Príncipe de Asturias. Lo tomó entre sus manos y lo examinó emocionado. Saliendo del Tesoro, Su Majestad dijo: Soy probablemente el primer Rey que ha venido a Lourdes como peregrino. Después de haber visitado los principales Santuarios de la Santísima Virgen de mi país, he querido venir a rezar al más ilustre de los Santuarios de Francia Tras rezar una vez más arrodillado, las puertas de la Basílica se abrieron ante Alfonso XIII. Y concluye así la crónica oficial del Santuario de Lourdes: Enseguida un clamor inmenso se elevó: Vive le Roi! Vive Alphonse XIII! Vive le Roi Catholique! Vive l Espagne! El entusiasmo de la muchedumbre que vino a concentrarse en los alrededores de la Cripta era delirante, y el joven y simpático Rey de España fue, digámoslo así, llevado por los remolinos de este río humano hasta su automóvil. Su Majestad era estrechado y rodeado por la multitud de peregrinos y de lourdeses... De todas partes tomaban la mano del Rey para besarla; por todas partes lo aclamaban, y cuando, pasando por la Imprenta de la Gruta, encontraron la floristería, ramos de flores y centros le fueron regalados a Alfonso XIII, entre los aplausos de la muchedumbre. Fue una ovación de un entusiasmo sin igual. En el antiguo chalé de los obispos, el Soberano subió a su automóvil... Después, levantándose, saludó a todos lados, con una buena gracia encantadora- -que, por otra parte, no había parado de hacer desde su salida de la Basílica- a la muchedumbre que por sus vivas le probaba que se había ganado todos los corazones. Un instante después, entre los gritos mil veces repetidos de Vive le Roi! Vive Alphonse XIII! Vive l Espagne! el automóvil real arrancaba y, por la Rue de la Grotte, se dirigía a toda velocidad hacia Tarbes. Gracias al joven Rey de España la fecha del 27 de julio de 1905 será una de las más gloriosas de la historia de Nuestra Señora de Lourdes Ahora que se va a cumplir el centenario de esa visita, pienso que conviene mostrar todo esto a los franceses y a los españoles que hoy visitan Francia o se acercan a Lourdes. La popularidad de Alfonso XIII en el país vecino era inmensa. Allí era conocido como le Roi charmant, el Rey encantador, o como notre Roi, porque Francia lo consideraba suyo. Esa popularidad se acrecentó al máximo durante la Primera Guerra Mundial, cuando realizó la extraordinaria obra humanitaria de la que se beneficiaron todos los países contendientes, pero especialmente Francia, que le dedicó siempre su más viva gratitud, como me pareció oportuno mostrar desde las primeras páginas de mi libro Quién era Alfonso XIII. Pienso también que la respuesta a la interrogación del título de esa obra sigue siendo un enigma- -por la injusticia y el olvido- -entre nosotros.