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ABC LUNES 25 7 2005 Sociedad 47 Medio Ambiente La ballena franca del Atlántico norte entra en crisis por la presión de las industrias pesquera y marítima Se estima que sólo quedan 350 de estos cetáceos, frente a la buena salud de la población meridional últimos dieciséis meses, se han registrado ocho muertes, incluyendo seis hembras adultas de las que tres tenían fetos en avanzado estado ARACELI ACOSTA MADRID. A pesar de la protección internacional frente a la caza comercial de ballenas desde 1935, la ballena franca del Atlántico Norte sigue siendo una de las más amenazadas del mundo. La caza durante casi mil años llevó a esta especie al borde de la extinción al principio del pasado siglo. Pero la presión de la caza ha dejado ahora paso a otras amenazas. Y es que estas ballenas habitan en las aguas costeras del este de Norteamérica, desde Florida a Canadá, unas regiones muy frecuentadas por la industria pesquera y marítima, y también por los buques militares. Un ritmo reproductivo bajo y un reciente declive en sus probabilidades de supervivencia, particularmente en las hembras gestantes, parece ser lo que ha impedido recuperarse a esta población durante los últimos 25 años, según detallan investigadores de diferentes universidades americanas en Science Gran parte de las muertes de estas ballenas se debe a que colisionan con barcos y quedan atrapadas en las redes de pesca. Y es que el ritmo de crecimiento de la ballena franca ha sufrido un declive desde 1980. Esto está en fuerte contraste con la ballena franca del Hemisferio sur, cuya población se estima en más de 10.000 animales, con un ritmo de crecimiento anual del 7,2 por ciento. b En los ral en la mortalidad. Si el ritmo de detección de mortalidad del 17 por ciento se ha mantenido constante en los últimos veinte años, en los últimos 16 meses podrían ser 47 las ballenas francas que han muerto. De las 50 muertes de las que se ha informado desde 1986, al menos 19 fueron por colisión con veleros, y al menos otras seis lo fueron por haber quedado enganchadas en las redes de pesca. También durante este periodo se confirmaron 55 casos de ballenas que llevaban redes enganchadas. Se sospecha que doce murieron, bien porque no se las volvió a ver o por el mal estado que presentaban en el último avistamiento. Otros ocho animales siguen teniendo las redes enganchadas y su destino es incierto, y 33 han logrado despojarse de la red. Las ballenas que permanecen enganchadas durante mucho tiempo pierden peso y mueren. Así la mortalidad de la ballena franca por aparejos de pesca está probablemente subestimada frente a las que fallecen por colisiones con los barcos. Urgencia del problema El nacimiento de crías se ha incrementado recientemente, sembrando dudas en algunos sectores sobre la urgencia del problema de la mortalidad. Sin embargo, este incremento tendrá un impacto positivo muy pequeño en el ritmo de crecimiento de la población, dicen los investigadores, teniendo en cuenta que una hipotética duplicación de los nacimientos per cápita incrementaría el crecimiento de la población sólo hasta un 1,6 por ciento. Se estima que la población cayó en torno a un 2 por ciento cada año antes de 2000. Por tanto, los efectos de estos recientes aumentos en el número de nacimientos son demasiado pequeños como para dar un vuelco a esta situación. Los responsables federales de la Agencia Americana de Investigación Oceánica (NOAA) están obligados por el Acta de Especies Amenazadas y la de Protección de Mamíferos Marinos de velar por que no haya mortalidad inducida por el hombre entre las ballenas francas. Se han hecho esfuerzos para minimizar el riesgo de golpes con los barcos con la obligación de informar de la localización del barco, esfuerzos de vigilancia aérea y educación de los marineros, pero sin cambios en cómo operan los barcos dentro de los hábitats y corredores migratorios de las ballenas francas no se llegará a una reducción en las muertes por colisión. Por su parte, el riesgo de quedar atrapadas en las redes se ha combatido cerrando algunas áreas a la pesca y realizando modificaciones en los aparejos, pero la realidad demuestra que no es suficiente. La caza incontrolada de ballenas ha dejado paso a otras amenazas una población estimada en 350 animales, implica que mueren 14 cada año. Pero no todas estas muertes han podido ser registradas. En los últimos veinte años, sólo han podido ser detectadas una media de 2,4 muertes, es decir, un 17 por ciento. Por tanto, las ocho muertes de los últimos dieciséis meses suponen 2,9 veces la media anual de detec- AP ción. Los cálculos basados en datos demográficos desde 1999 revelan que este incremento en la mortalidad puede reducir la población entre un 3,5 y un 12 por ciento al año. Este dramático incremento en las muertes que se detectan cada año es debido en parte a que se han hecho mayores esfuerzos en la detección, pero no es una variación natu- Sin precedentes Datos recientes de mortalidad de la ballena franca septentrional demuestran el serio problema al que ésta se enfrenta en el Atlántico Norte. En los últimos dieciséis meses, se han registrado ocho muertes, incluyendo seis hembras adultas de las que tres tenían fetos en avanzado estado. Cuatro de estas ballenas murieron a causa de actividades humanas (tres por colisionar con barcos y una atrapada en aparejos de pesca) La pérdida de este número de ballenas, en particular de hembras reproductoras, en un periodo tan corto no tiene precedentes en 25 años de estudio de la especie, dicen los investigadores. Ésta es la pérdida real, pero la potencial, teniendo en cuenta las tres hembras gestantes y otra adulta en edad reproductora, es de al menos 20 animales, pues la media de crías en la vida de cada hembra es de cinco crías. Lo cierto es que el ritmo de mortalidad se ha incrementado entre 1980 y 1998 hasta el 4 por ciento que, sobre ACTUALIDAD NATURAL MÓNICA FERNÁNDEZ- ACEYTUNO EL INFINITO DESASTRE l desastre ecológico es siempre mayor, y exasperante su recuperación, por lenta, si sucede en tierra. El mar es un medio mucho más homogéneo y su rápida restauración, tras un desastre, siempre nos asombra. La playa coruñesa de Cayón, donde hace tan poco que aún lo recordamos se concentraban en sus bares periodistas que habían llegado de todo el mundo para enfocar las olas negras, está como si nada, con E un agua transparente y cristalina y las olas trayendo laminarias brillantes y limpias, esas algas que son más altas que una persona y que conforman un denso bosque sumergido en el mar que protege la costa. Se nota que la vida empezó en el agua. En tierra es otra cosa. Aquí la vida es torpe y lenta, parece siempre una recién llegada y, tras el desastre, reinicia la colonización con la misma lentitud de hace millones de años, sorteando como puede las barreras biogeográficas, a veces con la ayuda del viento, de brazos mucho más débiles que los que tienen las corrientes de agua cuando se arremangan. Y aún así, se recuperará el paisaje. El daño sólo es infinito cuando muere una persona con toda la vida por delante.