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6 Opinión LUNES 25 7 2005 ABC VADE MECUM TRIBUNA ABIERTA JAIME IGNACIO DEL BURGO VICEPRESIDENTE DE LA COMISIÓN CONSTITUCIONAL DEL CONGRESO ESTAMOS EN GUERRA SOBRE NACIÓN Y NACIONALIDADES El autor sostiene que urge recuperar la memoria constituyente, pues, según él, los españoles no merecemos que, por culpa de la irresponsabilidad de unos y la debilidad o la claudicación del actual presidente del Gobierno, volvamos a cosechar un nuevo fracaso colectivo comienzos de 1978, bajo la presidencia de Adolfo Suárez, se reunió el Comité Ejecutivo de UCD para decidir si en la futura Constitución podía o no aceptarse la existencia de nacionalidades que serían titulares, junto con las regiones, del derecho a la autonomía. Nunca he tenido pelos en la lengua, para bien o para mal. En aquel tiempo yo era un joven e impetuoso senador constituyente por Navarra, así que expuse mi opinión con toda crudeza y lealtad. En la Facultad de Derecho, vine a decir, tuve noticia de la acuñación a mediados del siglo XIX del llamado principio de las nacionalidades Toda nación tiene derecho a convertirse en Estado soberano Se aplicó en un principio para justificar la unidad de Italia y de Alemania. Pero después sería invocado por los separatistas españoles. Afirmé que en el PNV siempre acabaría por prevalecer su originario ideal de independencia de Euskadi sobre cualquier otra consideración. Concluí que introducir la palabra nacionalidades en la Constitución supondría proporcionar a los nacionalismos una importantísima herramienta dialéctica para impulsar la secesión. Mi intervenciónfue acogida con algunos gestosde aprobación y alguna felicitación por lo bajo, aunque cuando hablé de los objetivos últimos del PNV advertí caras de escepticismo en ciertos barones del partido. Al final el Comité apoyó la propuesta del presidente Suárez, después de que éste cerrara el debate con unaapelación a nuestro sentido de Estado pues la propuesta procedía de la minoría catalana, que no se conformaba con convertir Cataluña en una región autónoma a pesar de haberlo sido conforme a la Constitu- M IENTRAS en España nos enzarzamos en una estéril y empobrecedora discusión sobre lo que somos y mientras proclamamos eso de la Alianza de Civilizaciones, en el mundo se desarrolla una guerra brutal y sin cuartel cuyo objetivo consiste en aterrorizar a la población civil. Bombas humanas de destrucción masiva provocaron, una vez más, la muerte y la desolación, ahora en Egipto. Es probable que algunos lectores encuentren el título de esta columna algo alarmista, pero ése es su único objetivo: que quienes no hayan querido alarmarse tomen conciencia, de una vez, de que estamos en guerra. Desde el 11 de septiembre de JORGE TRIAS 2001, el Islam, alentado SAGNIER por su grupo más sanguinario, declaró la guerra a los países occidentales atribuyéndoles la responsabilidad de su propia miseria religiosa. El Islam no ha evolucionado desde hace 1.400 años, es decir, desde que nació. Y la doctrina que se imparte en sus escuelas coránicas y en las mezquitas, estén en Pakistán, Londres, Ryad o Madrid, resulta corrosiva para nuestra civilización. Me sumo, pues, a quienes afirman que Islam y moderación son términos antitéticos (Juaristi) El Islam, no lo dudemos, es una religión que nació de un mal parto, de un mal sueño. Se mire por donde se mire, siempre ha sido la pesadilla de la libertad. Y la libertad es el gran logro de nuestra civilización cristiana. Para complicar la situación, en Occidente esa perversa concepción del mundo tiene aliados en la izquierda, procedente de las distintas formas de comunismo. En Europa, cualquier medida restrictiva del uso de la libertad, con el fin de defender los derechos humanos consagrados en nuestras leyes, cuenta siempre con la oposición y estridente griterío de una izquierda irredenta que vive emboscada en las instituciones y que acaba consiguiendo que las mayorías se dobleguen a sus designios. Somos débiles y no sabemos oponer argumentos de fuerza. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, Europa está desarmada ideológicamente y ha hecho del relativismo su divisa de tolerancia. ¿Sería aceptable prohibir la predicación y práctica de la religión islámica? Creo que sí, cuando esa predicación va frontalmente en contra de los principios sobre los que se fundamenta nuestra sociedad. ¿Alguien podría imaginar que en un templo cristiano o en una sinagoga se alentase o justificase el odio y el terrorismo como diariamente leemos que se alienta o justifica en todas las mezquitas del mundo? Estoy convencido de que nuestro Tribunal Constitucional no pondría reparos si se legislase en ese sentido. Ahí está el precedente de lo acontecido con Herri Batasuna. Tiempos excepcionales requieren medidas excepcionales. No esperemos treinta años para despertarnos, pues a lo mejor ya no podríamos hacerlo. A ción de la II República. Si no se aceptaba su exigencia, advirtió Suárez, los catalanes se retirarían de la ponencia constitucional y se abriría una crisis política de imprevisibles consecuencias. Nuestra frágil democracia podría irse al traste si no alcanzábamos el consenso necesario para alumbrar una Constitución de todos y para todos. Reconozco haber sido vencido- -aunque no convencido- -por tan poderosas razones de Estado y no salvé mi voto. Por lo tanto, soy corresponsable de aquella decisión. Ahora bien, durante el proceso constituyente se pusieron algunos puntos sobre las íes. En primer lugar, la indisoluble unidad de España quedó consagrada como fundamento de la Constitución. La Nación española sería considerada como patria común e indivisible de todos los españoles Se atribuyó la titularidad de la soberanía- -el poder constituyente- -al pueblo español. Se reservó al Estado la misión última de garantizar la igualdad básica de todos los españoles en el ejercicio de sus derechos y libertades fundamentales y la promoción del progreso económico, social y cultural detodos los ciudadanos, lo que implica la posibilidad de definir y ejecutar políticas comunes. A las nacionalidades y regiones se reconoció el derecho a la autonomía, cuyo ejercicio quedaría vinculado al principio de solidaridad. Es decir, en la Constitución de 1978 se diseña una España plural pero no un Estado plurinacional, ni un régimen de soberanía compartida, ni se autoriza a nadie a obtener un estatus de libre asociación. En suma, cuanto suponga o conduzca a una fragmentación de la soberanía es inconstitucional. -La muestra de que yo no le tengo ningún apego al cargo es que nunca me interesó desempeñarlo con la eficacia necesaria para mantenerme en él.