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ABC DOMINGO 24 7 2005 Los domingos 61 EL PERFIL DE LA SEMANA EN LA ACERA ESCRIBÍ TU NOMBRE FERNANDO IWASAKI EDURNE PASABÁN Alpinista La mejor himalayista del mundo ha entrado esta semana en un club exclusivo, el de las mujeres que han coronado ocho picos de más de ocho mil metros La mujer que vive en el cielo LOS EGO- LOGISTAS esulta patético admitirlo, pero en España sólo hay tragedias ecológicas cuando las desgracias suceden en comunidades gobernadas por el Partido Popular o cuando el gobierno central está en manos del Partido Popular. En Guadalajara se ha quemado un ecosistema que tardará casi un siglo en recuperarse, pero los ecologistas no han dicho ni mu. Mientras tanto, en las playas gallegas ya no queda ni rastro de chapapote, pero ahí los ecologistas sí se pusieron las botas. ¿Qué no habría pasado si Castilla- La Mancha hubiera sido una comunidad gobernada por el Partido Popular? Lo diré de una vez: ni el gobierno socialista tiene la culpa del incendio de Guadalajara, ni el gobierno popular tuvo la culpa del hundimiento del Prestige aunque ninguno de los dos supo gestionar las crisis provocadas por ambos siniestros. ¿Cómo puede ser culpable Zapatero de la irresponsabilidad de un excursionista? ¿Cómo podía ser culpable Aznar de la negligencia de una naviera fantasma y probablemente mafiosa? La fatalidad existe, y cuando nos muerde sólo podemos arrostrar sus consecuencias con entereza. Me duele decirlo, pero ni el PSOE ni el PP saben estar a la altura cuando ocurren las catástrofes. No obstante, si de los políticos no esperaba nada, de los ecologistas sí esperaba mucho. Cuando los vertidos de Aznalcóllar arrasaron las marismas sevillanas, ninguna organización ecologista de progreso se rasgó las vestiduras. ¿Cómo exigirle responsabilidades a la Junta de Andalucía si es la Junta de Andalucía la que subvenciona a los ecologistas progresistas? Y si hago hincapié en el adjetivo progresista es porque en Andalucía si no te declaras progresista no sólo no te admiten como ecologista, sino que no recibes ni una pinche subvención. Y el compromiso es más duro sin subvenciones. El tiempo, como los toros bravos, pone a cada uno en su sitio: a las 48 horas de la tragedia del Prestige ya había camisetas, pegatinas, banderolas y asociaciones que encendieron una súbita indignación ecologista en escritores, cantautores, cineastas y actores que se retrataban recogiendo chapapote o enjuagando a las gaviotas. ¿A cuántas de esas solidarias personalidades veremos rastrillar los calcinados montes de Guadalajara bajo el implacable sol de agosto? Sin subsidios, ni elecciones ni glamour solidario de por medio, sospecho que a ninguna. Por supuesto que sí habrá genuinos ecologistas trabajando en Guadalajara con generosa discreción, pero jamás sabremos sus nombres porque no buscan reconocimiento alguno. Tal como esos voluntarios que murieron carbonizados por dedicarle su tiempo y sus vidas al cuidado de la naturaleza. Ellos sí que fueron ecologistas consecuentes y desinteresados, mártires de una causa difícil y exigente, y no pobres peleles más dispuestos a mendigar un plato de lentejas que a luchar por un ideal auténtico. Por eso no hay que confundir a los ecologistas con los egologistas. Ya dije que no esperaba nada bueno de los políticos, pero tengo que reconocer que la vicepresidenta Fernández de la Vega estuvo donde había que estar y que incluso recibió palos que tenía que haber encajado otro. Mis respetos, señora. www. fernandoiwasaki. com DESDEELCAMPOBA- POR SEBASTIÁN ÁLVARO DIRECTOR DE AL FILO DE LO IMPOSIBLE R SE DEL NANGA PARBAT. Edurne Pasabán es ya una leyenda viva del alpinismo. Ha conseguido su octavo ochomil, el mítico Nanga Parbat, la montaña que más literatura ha generado en la historia del alpinismo. Ha entrado en los libros que recogen récords: ha conseguido escalar ocho cimas de más de ocho mil metros. Algo que hasta ahora sólo habían logrado la polaca Wanda Ruckiewic (que desapareció en 1992 tratando de escalar el Kanchenjunga) y la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner, que siguiendo los pasos de Edurne el jueves sumó también su octavo ochomil, el Gasherbrum II. Pero, sin duda, Edurne es la mejor himalayista del mundo. Sobre la polaca tiene la enorme ventaja de estar viva, y además estar menos obsesionada por acabar los catorce, algo que a ésta, a la postre, le resultó fatal. Para forjar su leyenda, esta mujer tranquila, a quien se puede ver buena parte del año trabajando en su restaurante en el País Vasco, se ha tomado su tiempo; y le ha dado buen resultado. Ha elegido bien a los compañeros de cordada con los que ha ido subiendo a los gigantes de la Tierra. Como los buenos alpinistas, ha ido aprendiendo de los fracasos, pero sin darse por rendida nunca. Por ejemplo, para subir al Everest tuvo que intentarlo tres veces. El año pasado subió con la élite de himalayistas más fuertes a la cumbre del K 2, mientras otros valientes esperaban en el campo base a que españoles e italianos les pusieran la cuerda y les abrieran la ruta. Y menos de un año después de sufrir amputaciones en sus pies, ha vuelto a alcanzar la cima del Nanga Parbat. Podría intentar el Broad Peak, y sumar el noveno, pero ahora prefiere olvidarse de los ochomiles e irse con su compañero a pedalear por Mongolia. Pero no teman, seguro que volverá a subir más ochomiles, con el mismo ritmo tranquilo pero firme con el que Induráin subía los puertos de los Alpes que le dieron cinco Tours. Es probable que eso algunos no se lo perdonen en nuestro país, donde el deporte nacional no es el ciclismo ni el alpinismo, ni siquiera el fútbol, sino la envidia. Se puede perdonar el éxito, pe- ro no la maestría, ni la inteligencia y la prudencia. Se puede perdonar un triunfo, pero no la humildad y la perseverancia. Edurne sabe muy bien que el mundo no se acaba en los ochomiles, aunque también sabe que los ochomiles llegan al cielo. Si de algo está segura esta mujer (quizá la mejor deportista de España) es que subir a un ochomil es más que un deporte, es una forma de vida. O mejor, es su vida. Y por eso sigue subiendo. Pero ya ha aprendido, dolorosamente en su piel, que lo importante no es tanto llegar a la cima como regresar viva de ella. Cuando comenzó a realizar aventuras con el equipo de Al filo de lo imposible conoció a otros grandes alpinistas, pero supo valorar la fortaleza del trabajo en equipo. Gracias a esa alianza, hemos podido verla con Juanito, con Silvio, con Iván, con Juan o Josu. No quiso ser más que ellos, pero tampoco menos. Ahora, cuando Edurne llega al Himalaya o el Karakorum, los porteadores saben su nombre y los jóvenes alpinistas la siguen con esa mirada a mitad de camino entre la admiración y el deseo. Y ella calla... Pude observarla en el campo base, antes de iniciar el ataque a la cumbre, mirándose sus dedos amputados, preguntándose en silencio si se resentiría de sus congelaciones en la cumbre. Esos dedos ausentes eran un recordatorio para Edurne. Forman parte de esos fantasmas que tienen todos los grandes alpinistas: son miembros fantasmas, amigos fantasmas, con los que sueña, como Félix Iñurrategui, Manel de la Mata, Pepe Garcés... que se quedaron para siempre entre las nieves. Por eso, el silencio que suele acompañarla no es sólo el silencio de la mujer a solas con sus pensamientos, sino también el rumor de esas cimas donde el viento es cristal y el oxígeno espíritu. Ese silencio le sigue a todas partes. El silencio de quien ha visto el fin del mundo y calla. El silencio de quien sigue vivo de milagro porque sabe que el verdadero milagro es seguir vivo.