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ABC DOMINGO 24 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC NACIÓN DE NACIONES O LA ESPAÑA IMPOSIBLE (CON EL INCENDIO DE GUADALAJARA AL FONDO) POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Lo más llamativo de lo que ocurre con el revisionismo de la cuestión territorial no es que los nacionalistas sigan en su puja soberanista sino que el Ejecutivo nacional no haya apostado por elementos de cohesión, por esa búsqueda de lo común que hace la nación día a día, y la actualiza y la refrenda... A escrito Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político en la Universidad de Zaragoza, que España no puede estar al albur de trifulcas en pro del independentismo. Seguir por este camino en el que nadie puede fijar el fin porque todo acaba siendo diferente por esto o aquello es negar la historia y el sentido de la búsqueda de lo común, que así han nacido todas las naciones. Lo contrario es la vuelta a la dificultosa unión de las tribus. O al regreso a don Pelayo y el volver a empezar Es del todo cierto que la nación dispone, para la comprobación de su existencia, de elementos objetivos- -territorio, lengua, creencias, economía, cultura- pero requiere también de factores subjetivos de carácter volitivo para su desarrollo y fortalecimiento: el deseo de estar juntos y perseguir en esa unión un proyecto compartido. La búsqueda de lo común, de aquello que en la diferencia vincula, suele producirse en las mejores épocas históricas de los pueblos. Por el contrario, el afán disgregador, la creación artificiosa de barreras- -semánticas y jurídicas- ha coincidido indefectiblemente con episodios de decadencia y malestar generalizados. H desean, lo que conduce a ambos a incurrir- -con la balsámica ayuda de los intelectuales que les ofrecen coartadas como esa de la nación de naciones- -en un auténtico fraude constitucional. La pretensión de que Cataluña se defina como una nación- -sin descartar sustentar tal caracterización con la proclamación del derecho a la autodeterminación- -lleva a personajes de talla intelectual y jurídica a un manejo torticero de sus propios conocimientos académicos. Tras quedar en el olvido la expresión de comunidad nacional patrocinada por el presidente del Consejo de Estado para resolver la contradicción entre la naturaleza de nación que la Constitución atribuye a España en su conjunto y el deseo de los nacionalistas de propugnar la misma condición para las comunidades de Cataluña, País Vasco y Galicia, ha surgido con aparente energía el inasible concepto de España como nación de naciones, esta vez de la mano de un historiador de tanto fuste como es José Álvarez Junco, a la sazón director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y autor, entre otras, de una obra muy controvertida sobre el origen nacional de España, titulada Mater dolorosa Este autor no es el único que se apunta a este hallazgo semántico, para tratar de franquear la definición nacional de Cataluña sin que ello conlleve, a su muy discutible juicio, una colisión con el artículo segundo de la Constitución, que reserva esa naturaleza nacional para España. Todo estos esfuerzos por dar cobertura jurídica a las tesis nacionalistas están llamadas a fracasar. La única manera de que Cataluña o Galicia se proclamen naciones en sus Estatutos o de que el País Vasco se constituya en comunidad libre asociada consiste en un proceso constituyente pleno que el Gobierno quiere evitar y que los nacionalistas no Lo más llamativo de lo que ocurre con el revisionismo de la cuestión territorial no es que los nacionalistas sigan en su puja soberanista sino que el Ejecutivo nacional no haya apostado por elementos de cohesión, por esa búsqueda de lo común que hace la nación día a día, y la actualiza, y la refrenda. Por el contrario, el Gobierno practica el desistimiento en políticas que debieran incorporar elementos de voluntad nacional afirmativa. En este orden de cosas, es coherente con lo que sucede el aserto de Carod Rovira, según el cual el actual sería el único presidente del Gobierno que no profesaría en el nacionalista español Con políticas así (véase la pretendida reforma de la justicia) con afirmaciones que subrayan el carácter discutido y discutible de la nación española- -según versión de Rodríguez Zapatero- con silencios clamorosos acerca de determinados contenidos en anteproyectos como el del Estatuto catalán o con menciones secesionistas en discursos de investidura como el del lendakari Ibarretxe, la viabilidad de España, tal y como la hemos entendido desde 1978- -Estado unitario autonómico- -y desde hace siglos como nación, resulta inquietantemente problemática. Alfonso Guerra, que con Felipe González comandó en 1982 lo que la prensa internacional denominó el grupo de los jóvenes turcos (es decir, los nuevos nacionalistas democráticos españoles) no se confunde cuando aduce que los que ahora quieren ser una nación mañana pretenderán constituirse en Estado. Esa progresión reivindicativa es compulsiva en todos los nacionalismos que acostumbran a confundir la parte- -ellos- -con el todo- -la sociedad en su conjunto- Sea porque los partidos nacionalistas garantizan el poder central al PSOE, sea porque el socialismo prefiere demediarse con ellos antes que coincidir con el PP, a la insaciabilidad periférica se responde desde la intelectualidad de izquierdas con una impostada tranquilidad, argumentando que lo que se discute es una cuestión puramente nominalista elevada a asunto sustantivo por la dramatización que sobre estos temas provoca la derecha. Lamentablemente, no es así: la instalación de la insolidaridad, de la compartimentación territorial, de la singularidad financiera, del exclusivismo lingüístico y cultural, se acompaña de un discurso público que incorpora una significación semántica muy precisa. Los requerimientos de un país como España son exactamente los contrarios a los que se derivan de la febrícula segregacionista que registra la política nacional. El Estado, al que se pretende depredar en sus competencias más básicas, y que ya no tiene en su mano ni la educación que forma en los mismos valores a los ciudadanos ni la sanidad que iguala a unos y otros, comienza a mostrarse en pavesa. El terrible incendio en Guadalajara, con la tragedia de once muertos, ilustra a la perfección sobre la inconveniencia de reducir a la Administración central a mera instancia subsidiaria. El Gobierno actuó en el trágico evento, según la perseverante vicepresidenta primera, cuando fue requerido, y lo hizo diligentemente Tremenda descripción del papel secundario que, a empellones, se está reservando al Estado en un sistema autonómico que los nacionalismos pretenden no alterar en su actual formulación constitucional porque su impune transgresión les permite, de hecho, un margen de maniobra que no obtendrían en ningún otro modelo estatal, y mucho menos en el federal. España, a golpe de ocurrencia- -ora con la resucitación de las comunidades nacionales, ora con el fuego de artificio de la nación de naciones- se conduce, como Estado y como nación, hacia un terreno impracticable para el desenvolvimiento de esas dinámicas que marcan el signo de los tiempos: la unidad de mercado, la ampliación territorial de la vigencia de las normas, el quebrantamiento de los espacios por las nuevas tecnologías, la viabilidad de las grandes infraestructuras mediante las colaboraciones entre territorios, la centralización de determinadas decisiones políticas que garantizan la igualdad y la solidaridad y el fortalecimiento de los grandes vectores culturales que crean riqueza. O sea, vamos mal.