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ABC SÁBADO 23 7 2005 Los sábados de ABC 91 VIVIMOS COMO SUIZOS ROSA BELMONTE PATATAS DE LUJO Barbara Cartland, desclasada e estoy haciendo un ajuar en el MacDonalds. El año pasado me regalaron unas chanclas (esas cosas para los pies que algunos no tienen el más mínimo pudor en ponerse por la calle; esas cosas que algunos llaman flipflop, y se quedan tan panchos) Este año me ha caído un cinturón. Vas a un restaurante caro y sales con las manos vacías (bueno, en La Tour d Argent te dan un absurdo y turístico certificado con el número de serie del pato que acabas de zamparte) Vas a un MacDonalds y premio seguro. Vale, no todos los días hay regalito para mayores sin reparos (con la comida) pero siempre puedes pedirte un Happy Meal con su gadget. Una de las especialidades que más me gustan del MacDonalds son las patatas de luxe. Por el nombre. Son patatas fritas sin pelar. No son patatas a la importancia pero sí patatas que se dan importancia. El lujo ahora es comer patatas al estilo de la posguerra. El otro día, un amigo y yo- -habíamos sido trasladados a Business Plus en un vuelo transoceánico por arte de birlibirloque y por cortesía de Iberia- -mirábamos el menú. Uno de los platos llevaba como guarnición patatas con piel En nuestra condición de desclasados pensábamos en lo afortunados que éramos. Nosotros comiendo patatas con piel y el pasaje de clase turista seguramente teniendo que tragarse las patatas peladas (además de llevar colocadas las rodillas a la altura del cuello) Y me acordé de Barbara Cartland cuando un periodista le preguntó si creía que se habían roto las barreras entre clases sociales en Gran Bretaña. Respuesta de la abuelastra de Diana Spencer: Por supuesto, de lo contrario yo no estaría aquí hablando con alguien como usted Supongo que también se han roto porque lo lujoso son las patatas con piel, los vaqueros rotos, las camisas arrugadas, las camisetas roídas de fábrica por ratones artificiales o la ropa manchada de lejía. Llamar de luxe a las patatas con piel es la tontería más gorda de los últimos tiempos (aunque sea una importación lingüística y gastronómica) Mi abuela no lo entendería, de igual manera que a la abuelita de Pedro (el de Heidi) tampoco le cabría en la cabeza que el pan blanco fuera más barato que toda la variedad de panes integrales y de cereales. Aunque quizá no sea la tontería más gorda. A cada vez más gente le ha dado por despedirse con un ciao, ciao (transcripción fonética: chao, chao) Se lo oigo sobre todo a futbolistas, hombres que se besan al saludarse y, en general, tipos que visten de forma rarita (quizá todos son futbolistas) Chao, chao suena a chino, a perro y a heroína de Puccini. Con lo conciso, simple, español, zen y de luxe que suena adiós. M sición española. Víctimas del sobrio mundo del pan y la cerveza- -eso sí con 200 y 4.000 variedades respectivamente- -los alemanes se habían dedicado históricamente más a pensar sobre la gravedad del mundo y a producir con método que a disfrutar de la cocina, hasta que los aromas franceses cruzaron el Rhin con las fuerzas ocupantes y la bendita inmigración turca y griega de los 60 trajo el sabor del Balcán. Pero tras la explosión consumista del milagro alemán, las becas para seguir estudiando cómodamente hasta la jubilación y el taxi al médico pagado por la seguridad social, las nuevas generaciones están teniendo que reaprender duramente a vivir con un insuficiente 0,7 de crecimiento y forzados incluso a trabajar o perder el seguro de desempleo, como impone el plan Hartz, el nombre de un directivo de Volkswagen asesor del canciller Schröder que, por cierto, acaba de tener que dimitir (Hartz, Schröder tiene aún un último cartucho) Hay bares y tascas que ofrecen ya menú Hartz solidarizándose con los afectados por los recortes. En medio de un declive del que los expertos aún no ven el fondo (pero que no rebaja a Alemania en todo caso del tercer puesto en el ranking económico mundial) muchos empiezan a transigir con el hecho de que Alemania no volverá a ser la misma, Higiene. Las autoras recomiendan lavar bien cualquier hierba que se recoja del suelo Dos madres paradas han vendido miles de ejemplares de un libro que ha hecho furor prometiendo un menú familiar para cuatro por menos de cinco euros aquel kindergarten feliz con subvenciones para arreglar la lavadora; pero el ayuno empieza a movilizar el ingenio y dos madres paradas como Schlier y Ormeloh han vendido de un soplido 10.000 ejemplares de un libro (Lumica Verlag, Berlin) que ha hecho furor prometiendo un menú familiar para cuatro por menos de cinco euros. Las pocas notas negativas no han sido de críticos gastronómicos sino sindicales, escandalizados porque se bromee con el paro: De mal gusto tituló el Beliner Kurier, en una capital con un 18 de desempleo. Que nos dejen al menos disfrutar y comer Schlier que estudió diseño de vestuario, Ormeloh pedagogía de medios, pero pasados los 40 y con niños sabemos que no volveremos a atrapar un contrato con seguridad social admite Ormeloh. Lo cierto es que, como reconoce el Süddeutsche Zeitung, raramente un libro de cocina ha despertado tal notoriedad y concitado tanta sociología en derredor. Ser pobres no impone perder el estilo ni el gusto por el buen comer dice Schlier.