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ABC SÁBADO 23 7 2005 Internacional ATENTADOS DE LONDRES PSICOSIS TERRORISTA 25 cos. ¿Qué pasa? Oh, nada. Sólo que han encontrado un paquete sospechoso en Mornington Crescent y han cortado el servicio En silencio, los pasajeros empiezan a abandonar el convoy, convencidos de que hay para rato. No se preocupe, o esperamos aquí o se busca usted otro camino para desplazarse, eso es todo aconseja un empleado que vuelve a casa y se prepara tranquilamente para pasar el fin de semana. Amables recomendaciones Cambio de línea, la Bakerloo hasta Piccadilly y allí espera otra sorpresa que en las actuales circunstancias no se puede considerar inesperada. El transbordo a la azul está cerrado en esta estación, desde los atentados del pasado día 7. Por suerte, los responsables del metro han pensado en todo y aconsejan cómo llegar a los distintos lugares de los alrededores con itinerarios alternativos de autobuses, o amablemente recomiendan ir a pie, aprovechando este hermoso verano londinense, aunque sea para una glamurosa visita al Covent Garden. En todas partes, siguen las advertencias por los altavo- Un miedo que no se ve, pero que se trasluce en las miradas de los pasajeros... ces para que nadie se deje bultos abandonados, para que se informe inmediatamente a la Policía de cualquier movimiento sospechoso y también para que a nadie se le ocurra acercarse a las personas que se están buscando porque evidentemente pueden ser muy peligrosas. La vida en el metro se ha vuelto tan complicada que los conductores han pedido al alcalde de Londres, Ken Livingstone, que haya mayores medidas de seguridad para su trabajo. Si como pasajero es fácil sentirse amenazado, para pasar ocho horas encerrado en los túneles sabiendo que puede haber en cualquier momento un terrorista suicida entre los viajeros ha de resultar bastante inquietante. Los conductores quieren que les den clases de defensa personal y que los adiestren en cómo reaccionar ante las situaciones extremas que se pueden encontrar en cualquier momento Hay pasillos en los que puede haber músicos tocando, como si fueran días normales, pero en estos tiempos hay más policías armados, bien visibles con sus chalecos fosforescente y a veces con perros especializados en la búsqueda de explosivos, en todas las bocas de metro. Tal como están las cosas, no ha de ser sencillo que en estos días alguien intente colarse en el metro sin pagar. Y, al fin y al cabo, si no fuese porque se trata de una tragedia real, que ha costado vidas humanas, ¿quién se iba a perder semejante aventura, por solo dos libras el billete? Al no explotar las bombas, los terroristas quedaron expuestos al reconocimiento e incluso a la acción de los pasajeros que iban a ser sus víctimas Cara a cara con los suicidas E. J. B. CORRESPONSAL LONDRES. En la estación de Oval, tres personas intentaron detener al presunto suicida y corrieron detrás de él, sin poder alcanzarle. En la de Shepherd s Bush, otro miembro del comando estuvo casi diez minutos con los pasajeros, que se apartaban gritando, temiendo una explosión final. Estos son los relatos de los testigos que publicaban ayer varios periódicos británicos. Uno de los posibles terroristas forcejeó con tres pasajeros por la mochila que llevaba. Tras la pelea hubo una pequeña explosión y el hombre salió corriendo. Detrás de él salieron otros gritando: detenedle, detenedle ha relatado una testigo que se encontraba en Oval. Hugo Caillat, un francés que entonces entraba en esa parada, vio subir corriendo a alguien por las escaleras mecánicas: Oí gritos de gente que estaba abajo, y el hombre que subía por las escale- ras, al verme, puso cara de inocente y me preguntó: ¿Qué le pasa a esa gente? Le miré; estaba a apenas dos metros de él. Tenía unos 18 o 19 años, y parecía indio o paquistaní. Llevaba unos vaqueros, una camiseta y unas zapatillas blancas. Entonces salió a la calle. Detrás de él subían quienes le perseguían, pero pudo escapar. La gente que salía comentaba que abajo había humo, estaban asustados. Alguien comentó: Gracias a Dios que estamos a salvo Tendido sobre la mochila Prácticamente a la misma hora, Abisha Moyo, un hombre de 28 años procedente de Zimbabue que lleva un decenio en Londres, se encontraba en el metro cerca de la estación de Shepherd s Bush. Estaba hablando por el móvil- -explicó al Daily News- -cuando escuché un bang que sonó como un disparo de pistola. Me giré y había un hombre en el suelo con sus brazos extendidos como en la posición de Cristo sobre una mochilla mediana verde y negra vuelta hacia arriba. Tenía los ojos cerrados y salía humo de la mochila. Algunas chicas comenzaron a gritar, la palanca de emergencia fue accionada y algunos comenzaron a correr hacia el otro extremo del vagón No estaba seguro de lo que le había pasado y pensaba que tal vez le habían disparado. Fui y le dije: ¿estás bien, compañero? pero simplemente me ignoró y siguió con los ojos cerrados. Parecía tener unos 19 o 20 años, de raza mestiza, afeitado y correctamente vestido con unos vaqueros, una camiseta azul y una gorra de béisbol. La mochila estaba rota en su parte superior y se veía algo así como muselina y manteca. Parecía como un bote o tubo y había un fuerte olor a vinagre Cuando Moyo volvió a mirar al joven, éste se había sentado. Parecía aturdido, confuso y muy agitado. Se sentó cerca de la mochila durante unos cinco o seis segundos y entonces se dirigió donde estábamos nosotros dejando atrás su mochila. Se sentó con nosotros, en el otro vagón, brevemente y entonces volvió donde había dejado sus cosas. Entonces vi que le salía algún cable de su camiseta. Pensé: Dios mío, es un terrorista suicida Cuando habían pasado ya casi diez minutos desde el comienzo del incidente y el convoy ya hacía un tiempo que se había detenido, el joven dejó su mochila donde estaba y salió por una puerta de emergencia, saltó a la vías y emprendió la fuga. Pasajeros del metro londinense con una aparente normalidad, pese al caos que dominó el servicio durante todo el día AP