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ABC SÁBADO 23 7 2005 23 Condoleezza Rice discute con Ariel Sharón la coordinación para la retirada israelí de la franja de Gaza Fuerte avance del Partido de Izquierda alemán, que sería el más votado en el Este LONDRES. Cuando giré la cabeza y vi las lanchas militares surcando el Támesis a toda velocidad comprendí lo que había pasado Así reflejó ABC el testimonio de Diego González, un joven madrileño de 24 años que trabaja como recepcionista en Londres. Jueves siete de julio de 2005. Quince días después, la capital británica no ha despertado de la pesadilla. Ayer, Diego, como cada día, y como tantos ciudadanos, se adentraba en el suburbano para coger el Tubo en la estación de Stockwell. Acompañado de su novia, se dirigía a su puesto de trabajo. Destino: Oxford Circus. Nueve horas y diez minutos de la mañana en la ciudad de Londres. Nada más entrar en el tren, sentí un ligero olor a quemado recuerda. El convoy ya había comenzado su marcha con unos 25 compañeros de viaje en el vagón. Entonces el olor, similar al del caucho quemado, comenzó a hacerse cada vez más intenso describe el joven español. Los pasajeros del vagón, en un tan trágico como expresivo silencio, comenzaron a observarse mutuamente, buscando un indicio, un gesto, un algo que revelara el por qué de aquel siniestro efluvio. Una explicación que pudiera liberarlos del miedo que comenzaba a reinar en un viaje sombrío bajo la ciudad de Londres. El in crescendo de terror y desconfianza en la línea Victoria alcanzó el clí- Pánico, lágrimas, psicosis, alarmas, y el hedor de la muerte. Un joven español relata a ABC su dramático viaje en metro desde Stockwell hasta Vauxhall ¡Dios mío, nos van a matar a todos! TEXTO: ANDRÉS TORRES max cuando se activaron las alarmas contra incendios del Underground londinense. Era un sonido terrorífico, un pi- pi- pi- pi constante relata Diego. Como un detonador, como una dramática cuenta atrás sin retorno. Estalló el pánico a medida que el hedor y el pitido intermitente torturaban a los viajeros. Oh my God! ¡oh Dios mío! they are going to kill us all! ¡Nos van a matar a todos! gritó una mujer negra dando rienda suelta al terror. Al otro extremo del vagón, el más alejado de la fuente del acre olor en aumento, los viajeros lloraban al tiempo que, en cuclillas, se protegían la cabeza con las manos. Diego abrazaba a su novia. El viaje del miedo continuaba su trayecto. Fueron los tres o cuatro minutos más largos de mi vida prosigue. Sumi- Diego González, madrileño de 24 años dos en una lenta agonía, sentían inminente el estallido definitivo que diera explicación al aroma diábolico. Esperabamos la explosión asegura Diego. Entonces, el convoy alcanzó su destino en la estación de Vauxhall. Se abrieron las puertas. Fue una estampida, todo el mundo salió corriendo del tren a lo bestia cuenta el joven español. La psicosis y el pánico utilizaban a la muchedumbre como títeres, la gente caía por el suelo, personas pisoteadas y terror colectivo. Tuve que ayudar a un anciano que se había caído en la avalancha relata Diego. En la huida desesperada de las profundidades de Londres, convertidas en un inesperado infierno, la gente abandonaba sus maletas, sus mochilas, sus carteras... todo con tal de salir a la superficie; mientras corría veía estos objetos por el suelo y se me hacía un nudo en la garganta añade. Finalmente, la oscuridad del Tubo dio paso a la luz del día en el exterior de Vauxhall. Un amplio dispositivo de Scotland Yard ya había sido desplegado. Poco después, un hombre era tiroteado por la Policía en la estación de origen de Diego: Stockwell. Mi novia y yo cogimos un autobús para alcanzar Oxford Circus prosigue el joven, que transmite una nueva evidencia de la psicosis que atenaza Londres: ningún pasajero viajó en el piso superior del autocar.