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6 Opinión SÁBADO 23 7 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA JOAQUÍN ARAÚJO NATURALISTA. PREMIO GLOBAL 500 DE LA ONU LAS DISCULPAS DE MARÍN ANUEL Marín es hombre cuidadoso con las formas y, para empezar, puede presumir de contar con la asistencia del mejor peluquero de cuantos asisten a los diputados a los que le toca pastorear. Marín es un clásico de la buena educación. Quizás la relame en demasía, pero hay cuestiones en que la abundancia no ofende y la escasez, por poca que sea, tiene valores provocadores. En uso de su propio y refinado estilo, Manuel Marín, presidente del Congreso de los Diputados, ha hecho una declaración, diz que institucional, para pedirle disculpas a los ciudadanos por lo mal que a veces hacemos las cosas A mayor abundamiento, Marín promete M. MARTÍN sosiego y cordura para FERRAND cuando, tras las vacaciones, los padres de la Patria vuelvan al redil de la Carrera de San Jerónimo. En principio es de celebrar, e incluso de agradecer, que una de las primeras autoridades del Estado evidencie una mínima capacidad para la autocrítica y la acompañe de la humildad suficiente para hacerla pública. No estamos acostumbrados a gestos tan exquisitos, capaces de subrayar nuestra tantas veces olvidada condición de ciudadanos, y por ello el de Marín tiene más valor; pero, cuidado, no nos equivoquemos. La declaración del presidente del Congreso se produjo tras el enfrentamiento personal de los diputados Rafael Hernando y Alfredo Pérez Rubalcaba, uno del PP y otro del PSOE. Eso es algo tan distante de la función para la que les hemos elegido que escapa, o debiera escapar, de nuestra visión crítica del Parlamento. El niñato Hernando y el bellaco Rubalcaba se retratan con sus respectivas conductas y son los suyos quienes debieran reprenderles, reconducirles y, en su caso, separarles de la función que desempeñan con más entusiasmo del aconsejable y más calor del debido. La confrontación es parte esencial del parlamentarismo y nadie puede aportar el talento y la educación de los que carece. Una bronca en el Parlamento, incluso subida de tono, no es algo que deba inquietarnos mucho a los ciudadanos. Nos ayuda a conocer la catadura de nuestros representantes y eso nos permitirá afinar más la elección en los próximos comicios. Por lo que realmente debiera pedir disculpas el presidente del Congreso, a coro con sus diecisiete colegas autonómicos, es porque los asuntos que se debaten en tantas Cámaras representativas no suelen coincidir con las inquietudes prioritarias en el ánimo de los representados. La partitocracia en que ha degenerado nuestra democracia, concretada en un bipartidismo con efectos centrífugos en la periferia, maneja un índice temático muy diferente al del hombre de la calle, el que alimenta con sus votos todo ese mecanismo. La gente vive, por ejemplo, la angustia de la inseguridad o el problema de la inmigración y los Parlamentos tocan el laúd de los Estatutos. Música celestial. M LA LLAMA QUE NO CESA Muchas son las medidas, según el autor, que se deben tomar para asegurar los bosques: desde un plan de cortafuegos ecológicos hasta el endurecimiento de ciertas penas. Pero, además, Araújo mantiene que deberían promoverse replantaciones y nuevas arboledas AS llamas son plaga recidivante que, con veraniega puntualidad, propagan hecatombes. No sólo las conocidas, y que a veces algunos se atreven a cuantificar económicamente, con lo que acaban de quemar en ese otro erial que son nuestras entendederas, es decir, lo poco que nos queda de conocimiento sobre lo que es un sistema forestal. Entre otras cosas porque nadie podrá calcular jamás lo que nos cuesta dejar sin caricias al lado invisible de lo palpitante, sin aliados a la transparencia de los aires, sin compañía a los mejores horizontes, sin solistas a los conciertos de la Naturaleza, sin excelentes administradores a la casi totalidad de los ciclos vitales, sin materia prima a tantas economías y, por supuesto roído al humus, ámbito de la fertilidad que lo procrea todo: fervor de la tierra del que proviene incluso nuestra propia estirpe. Pero hay más catástrofes antes y tras los fuegos de monte. Nos referimos, por supuesto, a las que se cuelan en el sentido común de demasiados. En primer lugar porque ya es drama que sean tantos los que desprecian lo que usan. No menor desgracia es que, la inocente y gratuita amistad de las arboledas, cuente con tantos enemigos declarados y directos. A sumar el que sepan tan poco del bosque los que dicen defenderlo y admirarlo. Pero sobre todo que quede tanto por aprender a la hora de controlar a la fiera. El remate tampoco es optimista desde el momento en que la impunidad sea norma incluso tras identificar a los pirómanos. Puede afirmarse al respecto L que no son demasiados los ámbitos de la Administración ni de los medios de comunicación donde no esté todavía casi todo pendiente de cara a que estos desastres al menos mermen. Porque otro incendio, acaso tan grave como el de las arboledas, es el de la palabrería hueca que tantos indiferentes, cuando no enemigos declarados de lo espontáneo, provocan en los medios de comunicación. Ahora se rasgan las vestiduras cuando antes no plantaron, no ya árbol alguno, sino ni un solo argumento sensato para conservar nuestro patrimonio natural. Seguimos, gracias a ellos, en un medio ambiente que sólo existe, en su dimensión mediática no episódica, cuando hay fallecimientos o cuando un drama ecológico puede ser usado como arma para arremeter contra otra opción política. Y es que también quema mucho que los bosques sean tema tan menor, periodísticamente, cuando son los verdaderos puntales de la vida en el planeta. Con todo, la muerte de- -en este último caso- -muchos de los nuestros desenmascara con todavía más contundencia el desgraciado propósito del fuego cuando se siente desenjaulado y de inmediato se convierte en asesino. Porque entonces llega a todos los componentes de la cadena de lo viviente. Que hoy en casi todos los casos tiene como víctima y como verdugo a la misma especie. Unos humanos dejaron que las llamas se hicieran cimarronas, otros humanos murieron queriendo que el fue- -Cúreme, doctor: quiero dar el pésame a las víctimas de la tragedia de Guadalajara, y no puedo dejar de sonreír.