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ABC SÁBADO 23 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC FUEGOS Y FOGATAS POR JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO ESCRITOR. PREMIO CERVANTES 2002 ¿Será posible que, hasta mediando vidas de hombres en el trágico incendio de Guadalajara, se haya rechazado ayuda? También, una vez, en nuestra historia del siglo XX, un demonio dostoievskiano rechazó los alimentos que el Occidente enviaba... C OMO ocurre con el agua, la relación de los hombres con el fuego ha oscilado siempre entre la amorosa querencia y el terror, y, durante dos milenios, el hombre occidental de cultura cristiana ha pedido al Cielo que le protegiese de sus desmesuras y enfurecimientos, tanto como le ha agradecido la alegría y el consuelo de esos elementos naturales. La lumbre y la fogata, en efecto, no sólo han preservado o tutelado a los hombres contra el frío, sino que también han acompañado a su ánima. Su presencia y relucencia en la noche siempre les han alegrado, desde los más lejanos tiempos; e incluso en las fiestas del solsticio del verano, a los hombres primitivos, llenos de incertidumbre tras el triunfo de la noche en el invierno, les parecía que sus fogatas le prestaban fuerza para que a la noche venciese. Y las fogatas de los pastores, en medio del relente de la noche, componían un paisaje deslumbrante, si se miraban de lejos, como sucedía con la quema de rastrojos que se ha hecho hasta hace pocos años. Aquella extendida hoguera podía semejar una fantástica alfombra roja con flecos o bordados de oro, o que un astro había caído, o que asistíamos al incendio de Persépolis que con tanta melancolía y fulguración nos ha sido contado. Pero entonces, si ésta era la imagen que nos venía en mientes, también la melancolía y el pesar nos envolvían, porque imagen o palabra, cuando van juntos fuego y poblado, sabemos que inevitablemente son la destrucción y horribles muertes. huida hacia el sur facilitó las cosas a los cristianos, una vez pasado el Duero, para llegar hasta el Tajo e irse asentando entre los dos ríos. Pero no era sólo la guerra la que prendía devastadores fuegos; éstos también podían ser encendidos por mano airada y malquerer, por accidentes en juegos y espectáculos en los que el fuego formaba parte de la majestusidad de los montajes- -el Dragón bíblico echaba realmente fuego por la boca en la representación de los Autos Sacramentales- y podía surgir también del descuido con el fuego al cocinar, e incluso surgir del sobrecalentamiento del estío y la caída de un rayo, como ahora mismo ocurre. Mas no hace falta caminar con el recuerdo hasta la ciudad antigua; lo que podemos comprobar enseguida a este respecto es que el miedo al fuego ha llenado los días, y sobre todo las noches, en ciudades y pueblos, desde la primera Edad Media hasta no hace tantos lustros. Incluso cuando las casas dejaron de ser en su mayoría de madera, ésta formaba parte esencial de las construcciones, particularmente en los entramados de las cubiertas, y en las techumbres, fueran éstas sencillas o maravillosos artesonados en su hechura. Los fuegos fueron siempre un arma de guerra- -y continúan siéndolo- porque, además de una poderosa arma de destrucción, lo son también de aterrorizamiento; y en las tácticas bélicas de los moros en España estaba de manera sistemática, además, el incendio de las cosechas, y en algunas memorias de hombres de armas cristianos que habían estado en la guerra de Granada queda señalado este hecho como algo impresionante. Pero había sido constante, porque las mieses de esta misma aldea donde escribo fueron quemadas por el ejército islámico, el 25 de julio de 929, cuatro días antes de la batalla de Simancas que los moros perdieron, y cuya Y estaba, en fin, el conflicto de intereses entre poseedores del bosque y pastores y labradores, nunca con demasiado interés en el arbolado y todo el interés del mundo en las tierras de labor o en los pastos. Pero el incendiario voluntario ha sido visto siempre como un criminal especialmente despreciable, y sobre todo si el fuego producía muertes humanas; y la ley era implacable. Pero también era muy vivo el cuidado del bosque, por ejemplo, particularmente en la primavera, para el que hay ordenanzas minuciosas. Y, gracias a todo esto y al perfeccionamiento de las construcciones, podemos comprobar que, aun habiendo tantos fuegos como de los que tenemos noticia, fueron poquísimos dado el alto riesgo de ellos, y el hecho de que se nos conserven los ecos de la desolación producida por esos fuegos, y de que hayamos recibido una herencia tanto urbana como forestal tan amplia, nos hace pensar que el pasado no fue una continua llama hasta nuestro tiempo. En un momento dado, la estadística del riesgo de los fuegos permitía poder afrontar sus consecuencias económicas en ciertas condiciones, nacieron las aseguradoras, y el imaginario del fuego en los hombres de nuestro tiempo se desprendió totalmente de la vieja pesadilla. Y se dio una mutación psicológica, que es muy propia de la llamada modernidad, en la que la gramática, interpretación de la realidad, sustituye a ésta; de manera que una placa, colocada en un edificio, y con la inscripción: Asegurado contra incendios, es percibida como la seguridad absoluta de que allí no puede haber un incendio. Y esto es lo que ocurre, en un sentido más amplio y seguro, cuando es la burocracia la que segrega esa gramática, y, como dueña del fuego, se enfrenta a aquel Leviathan dorado y rojo y le marca sus fronteras, poniendo señales de alertas de varios grados que se supone que el fuego no puede saltarse ante el poder de tan altas burocracias y tecnologías. Para la ingenuidad del hombre antiguo, desde luego, la sola palabra fuego seguida de la de agua era toda la gramática. Era un hombre que se calentaba a las llamas, cocinaba en muy estrechos mechinales, y encendía candelas junto a blondas, y sabía que era una hermosura y un consuelo el fuego que manejaba; pero desconfiaba, porque sabía igualmente que una leve chispita de ceniza, que parecía morir en un parpadeo de ojo minúsculo, podía convertirse impensadamente en la gran bestia roja y devorar el mundo. Pero no es precisamente nuestro caso de dominadores de éste que jugamos hasta con las complejas estructuras de la vida, y podríamos mirar como no- nada un fuego de verano en una aldea. Todo está previsto. Los hombres antiguos oían el toque a rebato de campana, y entonces se hacía la inmensa cadena de vasijas de agua que se extendía por los barrios en la ciudad, y por las aldeas en el campo, y de la que formaban parte especialmente aquellos que habían tenido enemistad o querella con el dueño de los edificios, el bosque o las mieses que ardían. Y la última chispa de ese fuego que se levantaba aún de la ceniza era la de la más sólida unión de todos ante la desgracia. ¿Será posible que, hasta mediando vidas de hombres en el trágico incendio de Guadalajara, se haya rechazado ayuda? También, una vez, en nuestra historia del siglo XX, un demonio dostoievskiano rechazó los alimentos que el Occidente corrupto y burgués enviaba para aliviar el hambre de la Unión Soviética. ¿Es que ha nacido también ese hombre nuevo entre nosotros? Más vale pensar en nuestras propias limitaciones y orgullos necios y territoriales, pero ya se ve que cuestan muertos.