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52 Espectáculos VIERNES 22 7 2005 ABC VIERNES DE ESTRENO Coincidiendo con el 25 aniversario de la desaparición de Peter Sellers, el director Stephen Hopkins lleva a la gran pantalla un filme sobre su vida, en el que refleja la truncada existencia del polifacético actor La nada y el todo de Peter Sellers E. RODRÍGUEZ MARCHANTE S ólo un rosario de azares ha podido reunir en la misma fecha dos asuntos tan ajenos, pero tan próximos, como el veinticinco aniversario de la muerte de Peter Sellers y el estreno de una película sobre su vida. Sellers se murió en 1980, justo al conseguir la única pieza que le faltaba a su magnífica colección de infartos. Y la película sobre su vida, titulada aquí Llámame Peter husmea en ese vertedero de retales afectivos que fue la otra existencia de Peter Sellers, un actor superdotado y un ser humano incapaz de que floreciera a su lado ni una brizna de felicidad. Salvo los muy cercanos a él (sus mujeres, sus hijos y sus amantes siempre tuvieron que hacer un gran esfuerzo para no despreciarlo públicamente) nadie lo pilló nunca metido en sí mismo. Peter Sellers era siempre otro, una mezcla del personaje que interpretaba y del zumo de otros que había interpretado o querría interpretar. Naturalmente, su gracia para esto era infinita; pero su desgracia, en cambio, se podía contar, medir, ver en su principio y en su final. Él lo confesó claramente siempre que pudo, y como para hacer un chiste, un triste chiste: De mí he de decir que no tengo una personalidad concreta; nada de mí mismo hay para ofrecerle al público Por eso, la vida sin la luz de los focos, sin el parapeto de la interpretación (la máscara) era para él el campo de batalla de una guerra perdida. Y viendo en él los dos gestos de la máscara, la gracia y la desgracia absolutas, se le podría haber atado al dedo gordo de su cadáver un papel aclaratorio: con su genio hizo lo que debía; con su talento, lo que pudo Peter Sellers tiene dejados para la historia al menos media docena de personajes insuperables, de una comicidad extrema, inexplicable y compleja en la que LA PELÍCULA DE LA SEMANA Llámame Peter MELOBIOGRÁFICA EE. UU. 2005 Director: Stephen Hopkins Intérpretes: Geoffrey Rush, Charlize Theron, John Litgow, Stanley Tucci se coctelean maravillosamente elementos que combinan mal, como la gracia y la antipatía, lo entrañable y lo cargante, lo dulce y lo amargo, lo agrio y lo soso... Recuérdese, como ejemplo tajante, al ser inexplicable llamado Hrundi V. Bakshi de El guateque Peter Sellers fue imprescindible para directores como Kubrick (para el que hizo sólo dos películas, Teléfono rojo: volamos hacia Moscú y Lolita pero un incalculable montón de personajes) o Blake Edwards (sin este actor, La pantera Rosa estaría ya en un pliegue al fondo del arcón de la memoria) pero también fue absolutamente prescindible para todos aquellos que convivieron con él y tuvieron que soportar su infinito egoísmo y su punta de crueldad... Y entre lo prescindible y lo imprescindible, el director Stephen Hopkins, de quien sólo se había visto hasta la fecha algo mínimamente potable que se tituló Bajo sospecha se ha arriesgado a poner todo esto en la pantalla mediante eso que en cine se llama biopic Veamos dónde está el riesgo: Era imprescindible tener a alguien, un actor, que interpretara a un ser vacío, sin trazo ni personalidad, profundamente antipático, egoísta, odioso, inestable y... fascinante, un genio de la comedia y con las cualidades del agua para amoldarse a cualquier espacio, meterse en todo tipo de molde, ser y es- tar en otro... Necesitaba un actor que encarnara la nada de la persona y el todo del actor Peter Sellers. Ese papelón lo aceptó al fin Geoffrey Rush, sin duda un prodigioso actor capaz de andar por los afilados extremos de la interpretación, y que comparte con el propio Sellers algunos perfiles complejos y ciertos revoltijos extraños, como la atracción y la antipatía. La película en la que se encaja Geoffrey Rush, ataviado externa e internamente como Peter Sellers, es rebuscada y astuta. Su director, Stephen Hopkins, busca el artificio en la puesta en escena, la espectacular y patética confusión entre la vida y la obra de su personaje, para lo cual deja una amarga impresión de teatralidad en cada secuencia, de intensa sobreactuación: Geoffrey Rush, que interpreta a Peter Sellers, que interpreta al doctor Strangelove o a Hrundi V. Bakshi o al estulto Chancey Gardiner de Bienvenido M. Chance Sobreactuación para reflejar exactamente la vida íntima de Sellers, es decir, la amargura. Y en esa tesitura y disposición de ánimo de la película, la templada aparición de los demás personajes son un bálsamo para la piel irritada de esta historia. John Litgow, que interpreta a Blake Edwards, o Stanley Tucci (Kubrick) Emily Watson o Charlize Theron, que encarna con particular acierto, dramatismo y equilibrio a Britt Ekland, ejercen de raíles por los que circula de vez en cuando ese tren descarrilado que es el protagonista. Sin duda, Hopkins confunde en varias ocasiones (y a propósito) la tragedia con el melodrama, lo cual hace algo respirable el ambiente de bolsa cerrada y sin oxígeno que es la vida cuesta abajo de Sellers. Es una película, incluso pretende serlo con un cierto sello de telefilme. Pero así, con esta estructura y esos despojos es la única manera de verla y disfrutarla. LAS MIL CARAS DE PETER SELLERS Merkin Muffley es el presidente de los Estados Unidos en Teléfono rojo: volamos hacia Moscú uno de los tres papeles que Sellers interpretó en el genial filme de Stanley Kubrick. Su misión: detener el holocausto nuclear El Dr. Strangelove es otro de los personajes que Sellers interpreta en la película de Kubrick, caracterizando a un alocado asesor del presidente Muffley, cuya obsesión será la forma de repoblar el planeta tras la catástrofe La pantera rosa, en la que encarnó a un divertido inspector Clouseau, dándole el acento más cómico a la película, sobre todo en la escena de las constantes idas y venidas del baño a la cama mientras intentan zafarse de él