Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
6 Opinión VIERNES 22 7 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA ABRAHAM D. SOFAER EX ASESOR LEGAL DEL DEPARTAMENTO DE ESTADO DE EE. UU. ¿SOMOS TODOS ESPAÑOLES? CABO de concluir, a la sombra de un fresno cántabro, la lectura de Manuela, la mejor novela de Manuel Halcón, y me encuentro en los periódicos con que ayer se cumplieron cien años desde el nacimiento de Miguel Mihura. Quizá no sea sólo casualidad, pero me disponía a evocar el estreno de ¡Viva lo imposible! de Mihura y Joaquín Calvo- Sotelo, en 1939, como el punto y aparte entre la Guerra Civil y la paz aparente con la que, mejor o peor, llegamos a la Constitución del 78. La obrita, que no es la cumbre de ninguno de los dos autores, fue, en el ya desaparecido Teatro Cómico y en sesiones de tarde y noche, el reencuentro de la burguesía capitalina con la sonM. MARTÍN risa después de los tres FERRAND años de suspensión a la alegría que supuso el conflicto cainita. Es posible que el esfuerzo de José Luis Rodríguez Zapatero y su equipo de muñidores de cerebros por revivir, ahora, el ánimo frentista de la España de los años treinta me haya llevado, y con gusto, a leer o releer a los autores de la época. Entre ellos, si hablamos de teatro, hay dos más grandes que los demás: Mihura y Enrique Jardiel Poncela. Recuérdese que el primero escribió Tres sombreros de copa en 1932 y que, al hacerlo, se anticipó a todas las vanguardias de la escena. Tanto, que hasta veinte años más tarde no le fue posible estrenar la función y lo hizo, en una sesión del TEU (Teatro Español Universitario) Gustavo Pérez Puig en el Teatro Español. El propio Pérez Puig, por cierto, repondrá la comedia dentro de un par de meses para, como hizo Mara Recadero hace otro par con Melocotón en almíbar, celebrar el escondido centenario de un genio sin más pecado que el de ser de derechas Mihura, que era un hombre sencillo, me confesó la única vez que pude entrevistarle en largo, que toda su sabiduría estaba adquirida en la calle, en las barras de los bares y en las mesas de los cafés. Conozco a las personas- -me insistía- -y por eso puedo hacerlas reír ¿Cabe más sentido social en un proyecto artístico? Lo que nos pasa, o parte de ello por lo menos, es que la facilidad con la que somos capaces de recordar lo malo, o de buscarlo bajo la tierra si es que está enterrado, corre parejas con una inmensa dificultad para la evocación de lo bueno y de lo bello. ¿No es una pequeña vergüenza nacional que el centenario de uno de nuestros genios contemporáneos le pase inadvertido a un Ministerio, como el de Cultura, que, de tener alguna razón de ser, sólo se justificaría con el mimo y pulido de los grandes hombres- -y mujeres, claro- -olvidados? Por otra parte, resulta demoledora la certeza de saber que si el centenario hubiera sido el de Federico García Lorca, Rafael Alberti o Luis Cernuda, que el talento nunca es hemipléjico, a la ministra del ramo, tan espasmódica ella, no se le hubiera pasado por alto la celebración. Entre quienes queremos serlo, ¿somos todos igual de españoles? A LA SOLIDARIDAD AYUDARÁ A DERROTAR A LOS TERRORISTAS Para el autor, las bombas de Londres o Madrid no son consecuencias de lo que hemos hecho en Afganistán e Irak, sino de no haber conseguido acabar con el gobierno de Sadam en 1991, y de permitir que Al Qaida avanzara en sus objetivos ocho años después de que dejara claras sus intenciones L OS atentados del 7- J en Londres suscitaron promesas de solidaridad por parte de todos los líderes del G- 8, que permanecieron solemnemente detrás de Tony Blair mientras describía el asesinato y la mutilación de su pueblo. Pero unas declaraciones valientes no nos intimidarán nuestra determinación sólo se ve fortalecida no pueden empañar la realidad de que los ataques terroristas han socavado deliberada y triunfalmente la determinación de demasiados Estados. La estrategia de dividir la alianza posterior al 11- S mediante atentados contra Estados individuales se basa en una suposición albergada tanto por Bin Laden como por Sadam Husein: que Estados Unidos y sus aliados carecen de capacidad para aceptar las pérdidas. Por desgracia, la historia corrobora esa suposición. Estados Unidos y otros países occidentales son con frecuencia incapaces de acometer o cumplir objetivos de seguridad colectivos ante emergencias relativamente insignificantes. La larga demora en responder con eficacia a la serie de atentados de Al Qaida perpetrados entre 1993 y 2000 confirmó la idea de Bin Laden de que, causando víctimas de forma constante, podía expulsarse a las tropas de países occidentales de las naciones islámicas. Sadam sabía que perdería una guerra convencional, pero contaba con un desenlace triunfal gracias a una insurgencia que provocara suficientes víctimas como para minar la determinación internacional. Los asesinatos y los secuestros terroristas han hecho sa- lir a varios Estados de la alianza de Irak y provocado que otros moderen su compromiso. Los atentados en España el 11 de marzo de 2004, similares en diseño y objetivo a los de Londres, ayudaron a que saliera elegido un gobierno comprometido con la retirada de las tropas de Irak. Filipinas evacuó a sus tropas cuando los terroristas atraparon y amenazaron con matar a uno de sus ciudadanos. De los 48 estados que integraban la coalición original quedan 25, y cinco de ellos tienen intención de recortar o finalizar su apoyo en 2005. EE. UU. y Gran Bretaña se han mantenido firmes, pero unas importantes bajas y los elevados costes han erosionado el apoyo político en ambos países. Blair eludió el destino de Aznar porque su rival conservador apoyaba a la alianza. Berlusconi no jugará con esa ventaja en las próximas elecciones y, a menos que se haga algo para alterar los cálculos de los terroristas, éstos intentarán socavarle infligiendo daños en el momento adecuado. LasbombasdeLondresprovocaronrepugnancia y determinación. Pero a menos que se pueda convencer a los países amenazados por el terrorismo de que respondan con hechos que demuestren una verdadera determinación, los terroristas se harán más fuertes. Es hora de que la comunidad internacional acepte que la acción colectiva en Irak ya no se puede considerar ilegal o ilegítima; que, por marginal que haya parecido Irak para la guerra contra el terrorismo en 2002,