Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 21 7 2005 55 Toros FERIA DE SAN JAIME César se erigió de nuevo en los medios como un pequeño géiser de pura raza, dolorido y roto tras una terrible voltereta La bravura de los toros de El Pilar pusieron la emoción y el quid de la cuestión por encima de las 7 orejas cortadas que de su añejo concepto, con la muleta a rastras, acinturado, aposentado sobre los talones de tal manera que era imposible escaparse. Y aunque quisiese no podía. El gentío, conmocionado, bramaba como un surtidor de oles. Y también en otra serie más, cojitranco el paso. Bárbaro, tremendo, inolvidable. Casta contra casta. Y todavía mató en la suerte de recibir, en el segundo envite, qué más da. Ni esperó a que muriese Dulcero para echarse en manos de las asistencias. Dos orejas, dos de emotividad, y esta vez la bravura se quedaba sin el pañuelo azul. El Juli se creció con el quinto y conjuntó, enmacizó y ligó el mejor toreo al natural de la tarde. No el más plástico, pero sí el más profundo. Templado pero mordiéndose toda la casta de figura, sin querer quedarse atrás en ningún momento. Buen toro también, y los naturales de Juli sumergiéndose en una fecha en la que no habían abundado las zurdas con hondura. Protestaron el segundo premio quienes no habían protestado la segunda de El Cid, con distinta vara de medir: el peso de la púrpura no es el mismo que el de la novedad. O cada faena era de una o las dos, de dos. La Fiesta necesita de días así; vive de la pasión. Y la tarde la rubricó El Cid con otro premio. Balón de oxígeno este aldabonazo para Cid, para que se crezca, se asiente y se vuelva a romper con los toros como siempre. Enorme, por cierto, su cuadrilla. Parte facultativo: César Rincón sufre posible esguince o rotura del ligamento del mediopié en ambos empeines, pendiente resonancia magnética César Rincón sufrió una durísima voltereta y no pudo acompañar a El Juli y El Cid por la puerta grande FOTOS: EDUARDO MANZANA Una tarde para la historia Plaza de toros de Valencia. Miércoles, 20 de julio de 2005. Quinta corrida. Tres cuartos largos de entrada. Toros de El Pilar, muy bien presentados los cuatro últimos; destacaron, por este orden, el bravísimo y encastado 4 el también bravo y buen 3 premiado con la vuelta al ruedo en el arrastre, y el 5 por el pitón izquierdo; bueno el 6 1 y 2 carecieron de forma y fondo. César Rincón, de blanco y oro. Estocada desprendida (silencio) En el cuarto, pinchazo y estocada desprendida en la suerte de recibir (dos orejas) El Juli, de grana y oro. Estocada (silencio) En el quinto, media estocada (dos orejas) El Cid, de corinto y oro. Estocada ladeada (dos orejas) En el sexto, estocada delantera a toro arrancado (oreja) El Juli y El Cid salieron a hombros. ZABALA DE LA SERNA VALENCIA. La tarde de ayer entró por derecho propio en la historia del toreo, trofeos arriba o abajo. La puerta grande la descerrajaban César Rincón, El Juli y El Cid, pero faltó en la fotografía el César eterno, convaleciente en la enfermería de una trágica y absurda voltereta que por poco le cuesta la vida. Sobre la bravura de los toros de El Pilar, especialmente la del cuarto- -aunque por esas cosas inexplicables de los pañuelos y criterios presidenciales la vuelta al ruedo en el arrastre se la anotó el tercero- se rodó la película de la corrida. A la hora de su muerte y de la merienda, el carácter mediterráneo se había desatado ya por sus distintos y opuestos polos. De la ira al descoque. El público soltó el estrés y la mala uva en forma de triunfalismo, y le concedió las dos orejas a El Cid y la vuelta al ruedo en el arrastre a Alambito Bien El Cid y bravo el toro. Hasta ahí. Lo del premio a Alambito lo decidió El Juli y El Cid abandonan a hombros la plaza la presidencia cuando aún no había sacado el segundo pañuelo orejero. O sea, que el pueblo se encontró con el resultado electoral escrutado sin ni siquiera haber votado. A El Cid en Pamplona le concedimos un tiempo muerto, como en baloncesto, para que recuperase oxígeno tras la cornada de Burgos. Y parece que le ha servido para reubicarse y afianzarse. Pero mejores y más redondas faenas ha regalado El Cid en su carrera. Sobre todo con la izquierda, la muñeca mágica que trajo a última hora la tanda más completa y acoplada al natural de la obra, en el son de su toreo en redondo: la derecha cuajó mejor las prontas y fijas embestidas de Alambito a cámara lenta. Aseguró la estocada por el rincón bautizado por Ordóñez. Se borraban la ira desatada por las dos primeras criaturas de El Pilar, unos friquis del verdadero toro bravo. Y entonces apareció por la puerta de toriles Dulcero un señor toro, mucho más toro por dentro y por fuera que su hermano Alambito César Rincón lo inmortalizó con una lección de raza, la raza que afloró con toda la fuerza de sus raíces colombianas después de sufrir un terrible volteretón al perderle la cara. La caída retumbó sobre el duro ruedo sin que las fieras astas atravesasen el blanco vestido de luces, impoluto de sangre y huecos. Pero el daño estaba hecho. El maestro bogotano cojeaba, sonado, medio grogui, doliente de las piernas y la paliza recibida. Nadie esperaba que se plantase otra vez en los medios y con una distancia de quince metros citase a Dulcero que se arrancó como un tren con todo su armamento y su caldera a tope. Allí el César se erigía como un géiser, broncíneo, pequeño y dolorido, de hombría y majestad, con todo el empa-