Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC DOMINGO 17 7 2005 Los domingos 67 La ascensión se hizo con la ayuda de los kurdos y sus inestimables mulas. Abajo, el autor del reportaje subiendo al monte Ararat, en busca del arca de Noé, acompañados de dos kurdos nas losas funerarias de cementerios saqueados por la rapiña humana. Fotografié varias que tienen inscripciones incomprensibles o, al menos, incomprensibles para mi, que no se ajustan a ninguno de los alfabetos conocidos. A partir de ahí, al día siguiente, acompañados por muleros kurdos armados, ascendimos hasta una zona frecuentada por el ejército, que protege, por lo que vimos, acueductos de reciente construcción, hasta situarnos a unos 3.000 metros, donde plantamos el campamento 1. Instalamos las tiendas y tuvimos una noche de fuertes ventiscas y granizo, amaneciendo con una copiosa nevada que nos dejo inmovilizados durante día y medio. La montaña también tiene sus estados de ánimo y a veces puede llegar a expulsarte sin tan siquiera haberla visto. Afortunadamente no fue nuestro caso. La montaña sagrada sólo nos advertía de su inmenso poderío. Ascendimos por impresionantes laderas verdes, piedras volcánicas, neveros, morrenas y aguas rumorosas, acompañados por los kurdos amigos y sus inestimables mulas hasta una pequeña base a 3.500 metros donde instalamos el campamento 2. Desde ahí la vista resultaba estremecedora, ya a La expedición en las faldas del monte Ararat subiendo por piedras volcánicas que a nuestros pies se extendía una inmensa llanura salpicada de algunas ciudades como la capital Armenia, Erevan, que se divisaba en la lejanía. Teníamos poco tiempo para coronar la cumbre pues nos habíamos comprometido con los mandos militares y con el Gobernador de la zona que al día siguiente íbamos a regresar al fuerte. Llevábamos ya varias días merodeando por la montaña intentando encontrar, infructuosamente, algún vestigio del Arca. A partir de ahí lo que íbamos a subir ya era territorio ignoto pues el único punto de referencia que teníamos era un rudimentario mapa soviético de la montaña con una señalización de lo que se suponía podía ser un posible ruta. Pero a César, con muy buen criterio, no le pareció esa la ruta adecuada. A las doce de la noche iniciamos la ascensión por una complicada e insegura arista de piedras volcánicas. Tuvimos suerte ya que tiritaban, azules, los astros a lo lejos, la luna estaba en casi todo su blanco y pálido esplendor y con nuestras pequeñas linternas frontales íbamos iluminando el maltrecho camino. El viento, de todas formas, soplaba de forma estremecedora. Hacia las cuatro de la mañana, cuando despuntaba el alba, me di cuenta que técnicamente me era difícil continuar y decidí una prudente retirada a 4.500 metros de altura. De los cinco que iniciamos la ascensión, uno ya había decidido quedarse en el campamento 2, y, llegando a la cumbre, Pérez de Tudela y Pedro Ortega, el ardilla y el resto nos fuimos retirando gradualmente ante la dificultad de un glaciar transparente como el hielo recién salido del frigorífico y en el que el piolet rebotaba sin poder clavarse y los crampones resbalaban como patines. El peligro del descenso El descenso en solitario por la montaña hasta el campamento 2, con el día de San Juan alboreando por el este, la inmensidad de la llanura a 3.000 metros de profundidad, cayendo hacia abajo casi en picado, los neveros pisoteados por recientes huellas de osos y de lobos errantes, y la certeza de lo que debió de suceder por esta zona hará unos 6.000 años, era una meditación sobre la pequeñez del ser humano, al mismo tiempo que sobre su grandeza. No se si sería la altura, que a partir de 4.000 metros comienza a golpear fuerte, pero en esas especiales circunstancias se agolpan las ideas y los sentimientos y, sobre todo, procuras poner todos los sentidos en cada pisada. Los descensos son más peligrosos que las subidas, entre otras razones por el cansancio acumulado y las ganas de llegar a tierra firme. Sobre las 7 de la mañana llegaba al campamento 2, donde me esperaba Antonio Cabezas, y una reparadora taza de té. Y en las horas siguientes fueron regresando, con evidentes muestras de agotamiento, los cuatro restantes miembros de la expedición. No hallamos vestigios del Arca ni de esas piedras que se han tomado como anclas. Hay quien dice que ha encontrado restos de madera fosilizada con una antigüedad de más de seis mil años, pero la verdad es que sus restos no los ha visto nadie. O nadie que sea fiable. Pero por aquí debió ocurrir algo extraordinario. Tanto, que los primeros vestigios de la escritura humana se encontraron un poco más al sur, en Mesopotamia. A veces me pregunto qué espero encontrar en estos viajes por las montañas y los valles del mundo. Sinceramente, lo más apasionante del viaje no es sólo el paisaje, el exotismo, la política o la aventura, sino el recorrido interior en el que avanzas hacia la cumbre del conocimiento de ti mismo.