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20 Nacional LUCHA CONTRA EL TERRORISMO ISLAMISTA DOMINGO 17 7 2005 ABC ÁLVARO DELGADO- GAL MAR DE INJUSTICIA a afirmación de que no se podrá combatir eficazmente el terrorismo mientras sigamos nadando en un mar de injusticia, le ha valido a Zapatero muchas zumbas y cuchufletas. Conviene, no obstante, no exagerar. La frase constituye una solitaria salida de tono dentro de un discurso plano, pero inobjetable en su fondo. Hemos asistido a intervenciones mucho más bobas, intervenciones en las que se volvía a apretar la tecla de las razones que asisten a los terroristas para matar. Los que dicen esto pasean la mirada en derredor, como los toreros después de dar una chicuelina. Y se equivocan. No sólo en lo que mira a los terroristas, sino en lo que se refiere a la propia naturaleza de la democracia moderna. Empecemos por el capítulo de los motivos. Todos los comportamientos están motivados, o lo que monta a lo mismo, todos los comportamientos se explican a partir de causas. Es más, conocer estas causas resulta imprescindible para explicarse lo que hace la gente. Pero las causas, incluidas las enteramente inteligibles, no sirven para disculpar al que roba, asesina, o se sal- L ta los semáforos en rojo. El extremo es muy importante, hasta el punto de que de él depende lo que hayamos de entender por ley. Conforme a una opinión extendida, las leyes son instrumentos de que disponen los gobiernos para hacer justicia. La resulta, es que una ley injusta no es ley. Formulado alternativamente: no existen motivos subjetivos para cumplir la ley cuando ésta contraviene nuestro concepto de la justicia. En los tiempos en que se editaba a Marx en fascículos, y en que los códigos y el parlamento eran descalificados como imposturas de la clase dominante, la noción de que la ley debería ser un decreto orientado al bien, y sólo aceptable en la medida en que promueve el bien, se alió con una denuncia de la democracia burguesa. Transcurridos esos entusiasmos, la impugnación revolucionaria de la ley vigente fue reemplazada por la tendencia sentimental a considerar que se está exento de la ley cuando la vida nos ha maltratado o no nos ha concedido lo que merecíamos. Cierta izquierda indagó en grupos domésticos marginales o en culturas remotas y divergentes ocasiones para perseverar en su pugna antigua contra el sistema, injustificable ya en los términos clásicos de la lucha de clases. Y se ingresó en un estado de ánimo que recorre, transversalmente, todo el discurso progresista, con grados diversos de vehemencia. Se nos dice que tal o cual país no está obligado a saldar su deuda externa; o que el ejercicio del terror es, si no legítimo, sí excusable; o que la violación de los derechos individuales es menos censurable en unos sitios que en otros. Por supuesto, existen leyes repugnantes. Y por supuesto, las leyes repugnantes no merecen ser obedecidas. El caso, sin embargo, es que el sentido de la ley, en Occidente, no puede reducirse en absoluto a un modo ejecutivo de hacer justicia. Las leyes, muy anteriores a la democracia, son auspiciables en tanto en cuanto fraguan contextos estables en cuyo interior resulta posible organizar la conducta individual o las relaciones entre los individuos y el soberano, ya sea éste un monarca o una asamblea democrática. Las leyes Lo que odia el terrorista es un orden colectivo que se inspira en la convivencia a través de reglas fruto de la acción humana disfuncionales acaban yéndose al traste, y las que contribuyen al bien común perduran o se adaptan al curso de los tiempos. Pero es peligrosísimo confundir las leyes con proposiciones morales atendibles según el grado de consonancia que exista entre sus contenidos y las creencias privadas del ciudadano. Y todavía más peligroso sostener que un ciudadano agraviado o despechado tiene derecho a resarcirse de su agravio o su despecho aceptando las leyes a medias. Tal es la razón de que resulte irritante la alusión zapateriana- -un accidente dentro del artículo del Financial Times -al mar de injusticia en que se ha originado la pulsión terrorista islámica. Se trata, literalmente, de un atavismo. O sea, de un retorno a los hábitos morales que supeditaban el seguimiento de la ley a la resolución previa de todas las cosas que están mal hechas. Si toda acción es inútil u ociosa hasta que cada cosa esté en su sitio, lo mejor será no perder el tiempo y suspender la aplicación de la ley. Un último recordatorio. El enemigo número uno de los terroristas islámicos no es el voto mayoritario, o la soberanía popular. Lo que odia el terrorista es un orden colectivo que no se inspira en fines avalados por un Libro sino en la convivencia a través de reglas sistemáticas, fruto de la acción humana. Este régimen raro, irresumible en fórmulas simples, rígido y a la vez abierto, es el de la democracia liberal. El adjetivo pesa tanto como el sustantivo.