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26 Internacional EL CONFLICTO PALESTINO- ISRAELÍ SÁBADO 16 7 2005 ABC Los niños recogen trozos de un cerebro y se lo pasan los unos a los otros; el hedor a cuerpo quemado ahoga el olor a hierros retorcidos; del motor del coche sólo queda el radiador Muerte teledirigida en Gaza POR JUAN CIERCO CORRESPONSAL GAZA. La camioneta, de color marrón, dobla la esquina a una velocidad que sorprende a los escasos peatones que desafían las tremendas temperaturas y un sol de injusticia. Encara la calle Haifa, en pleno barrio de Tal alHawa, cargada de armas, de lanzagranadas, de cohetes. Lo hace sin saber que allá, en lo alto, un avión israelí sin piloto vigila sus movimientos, sigue su pista, escruta sus volantazos, prepara su misil. Dicho y hecho. Minutos después de las cuatro de la tarde, el misil es disparado y alcanza su objetivo décimas de segundo después. La detonación es impresionante. El vehículo se hace literalmente añicos, convertido en una bola de fuego. Las ventanas de los edificios más próximos se rompen en mil pedazos. Los cuerpos de los cuatro pasajeros de la camioneta se convierten de golpe y bombazo en fichas desmembradas de un rompecabezas imposible. Aparcamos nuestro coche junto al socavón provocado por la explosión y asistimos con el corazón en un puño, sólo instantes después de producido el ataque israelí, a un dantesco espectáculo. Decenas de niños, sobre todo niños, también mayores, salen escupidos de las callejuelas cercanas y se arremolinan en torno a un vehículo tan destrozado como los cuerpos que transportaba. Los niños no dejan de emerger de esos meandros que mueren en un río de sangre contaminada. Sangre que, en pequeños charcos, sirve de pretexto para el chapoteo de los más pequeños. Y los padres hacen fotos a sus hijos, cuidándose mucho de enfocar a los barbudos que aparecen de entre las tinieblas con cara de decir siempre Hamás; vigilando mucho no apuntar a los jóvenes enmascarados y armados que gritan venganza contra Israel. La peregrinación no parece tener fe- cha de caducidad. Los cadáveres troceados, tanto que al principio se habla de dos muertos, luego se sube a tres hasta que se cierra la lista oficialmente en cuatro, ya han sido retirados de la calle. La vida sigue Pero muchos de sus órganos siguen por aquí, en las manos nada temblorosas de un niño sin nauseas, en una bolsa de plástico completada con metralla, en los bajos de una vivienda con necesidades perentorias de ser reformada. Mientras, en el coqueto hotel Al Deira, a sólo unos minutos de tan particular infierno, donde la muerte ha paseado su peor ropa a cara descubierta, una pareja de novios celebra su boda entre amigos y familiares. La muerte se acuesta a la vuelta de la esquina, tras colgar su guadaña en un raído perchero de la habitación número 11; la vida, si esto es vida, sigue sin embargo junto al Mediterráneo. Trozos de cerebro Un chaval, de sonrisa pícara, cara de pillo, estómago de elefante, se saca del bolsillo varios pañuelos de papel y empieza a recoger trozos de cerebro como si de trofeos de caza se tratara. Los pasa entre sus amigos, que se los rifan a la carrera no sin detenerse uno de ellos ante este extranjero con estómago de gorrión y ofrecerle la pieza capturada recién cocida a fuego lento. Va a ser qué no. Otro chaval, de la mano de su padre, recoge unos dientes rotos agarrados todavía a un trozo de boca desgajada. El hedor a cuerpo quemado ahoga el olor a hierros retorcidos. Los gritos desencajados de una mujer que no deja de golpearse el pecho son silenciados por los disparos al aire de los policías palestinos, superados por los acontecimientos. Las sirenas de las ambulancias anuncian su tardía llegada. Han tenido que rodear la calle principal, presa de los cables de electricidad caídos de unos postes a su vez venidos abajo. Llegan también los periodistas con sus cámaras de televisión que bucean en unas imágenes que merecerían ser censuradas en cualquier telediario que huya de la carne trémula pero que a buen seguro iluminarán hasta la cena muchos de los hogares no sólo palestinos, sino árabes y musulmanes. Palestinos de Gaza portan el cuerpo de un miembro de Hamás abatido por un misil teledirigido israelí REUTERS Israel mata a seis miembros de Hamás e invade la Franja J. C. GAZA. Cuatro en una céntrica calle de Gaza. Dos en una aldea de Cisjordania. Todos, los seis de Hamás; todos, los seis, de su brazo armado, Ezzedín al- Qassam. Israel recuperó ayer a gran escala los asesinatos selectivos contra los milicianos palestinos, después de que en los últimos días seis de sus ciudadanos murieran en un atentado suicida en Netanya y bajo los cohetes Qasam en la frontera con Gaza. Dos proyectiles lanzados con gran precisión por helicópteros Apache israelíes alcanzaron de lleno el vehículo en el que circulaban en las cercanías de Salfit tres de los principales jefes militares de Hamás. De manera simultánea, quizás unos minutos después, Hasem Abu Ras; Adel Haniyah; Saber Abu Assi y Amjad Arafat corrían la misma suerte que sus hermanos de sangre de Cisjordania y morían abrasados y desmembrados en el centro de la Franja por los devastadores efectos de un misil disparado por un avión israelí sin piloto contra su camioneta repleta de lanzacohetes. Escasos minutos después de los ataques coordinados hebreos, milicianos de Hamás volvían a las andadas y lanzaban nuevas salvas de cohetes Qassam contra los asentamientos judíos de la Franja y el sur de Israel, con Sderot como punto de encuentro. Y de postre, ya a última hora de una tarde violenta, que siguió a una mañana tensa, que había seguido a una noche bañada en sangre, el Ejército israelí, con la carta de Ariel Sharón, invadió Gaza. Siete asesinados selectivos simultáneos. Siete miembros de Hamás, camino del cementerio más cercano. Una invasión militar más que anunciada, con la evacuación de la Franja a una sola hoja del calendario. La tregua no aparece ya siquiera en el diccionario de Oriente Próximo.