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ABC VIERNES 15 7 2005 Internacional 27 Ahmed Abu Jalil, de 18 años, prefirió la muerte a la vida en Tulkarem y mató el martes por la tarde a cinco personas, entre ellas a dos amigas inseparables de 16 años de edad, Raquel Ben Abu y Nofar Horowitz Cita a ciegas de un suicida palestino con dos adolescentes israelíes POR JUAN CIERCO. CORRESPONSAL En vida, nunca una iba a un sitio si no lo hacía con la otra. En muerte, han sido enterradas juntas, en tumbas vecinas nas de vivir que la muerte les pilló, casi siempre lo hace, a traición. ¿Sabéis? Dios sólo se lleva a los mejores dice Reut, de 17 años, hermana de Nofar, mientras retira una bandera ya arrugada que abraza con tanta fuerza como intenso es su dolor. Junto a ella, sentadas en primera fila, dos madres llenas de pena, ahogadas en una tristeza sin fondo. Junto a ella, dos padres derrotados, con el solideo propio de tan dramáticas ocasiones. Todos lloran a sus hijas, a sus hermanas, a sus amigas. TULKAREM (CISJORDANIA) No se conocían de nada. Tampoco parecía sencillo que les uniera el tiempo. Ni siquiera tenían por qué haberse saludado en el futuro en un cruce de caminos. Quizá, sí, en un paso de cebra mortal, con las franjas de la calzada teñidas del rojo de una sangre que hacía varios meses que no se derramaba a golpe de bombas humanas. Sus vidas, cortas, jóvenes, segadas, no tenían tampoco casi nada en común. Él, Ahmed Abu Jalil, de 18 años, natural de la aldea de Atil, a pocos kilómetros de Tulkarem. Ellas, Raquel Ben Abu y Nofar Horowitz, de 16, tan amigas que muchos las creían hermanas, compañeras de guardería, de colegio, de marcha, de bailes en Tel Aviv, de pasión por la música oriental, de novios ocasionales... Siempre juntas. En vida, nunca una iba a un sitio si no lo hacía con la otra. En muerte, enterradas la una junto a la otra, con sus cuerpos destrozados envueltos en una bandera israelí, con sus tumbas vecinas en el cementerio Hayarkón de Tel Aviv. La modesta casa de la familia Abu Jalil ha sido estos días una fiesta sin embargo. Todos orgullosos de un chico retorcido, encerrado en sí mismo, discreto, mal estudiante, dispuesto a convertirse en mártir en suicida, según le repetía desde hacía meses a su madre, entrada en años, en carnes, en canas. Estoy orgullosa de él dice Lutfiah de su hijo. Sólo espero que mi segundo hijo mayor, Mahmud, de 14 años, siga su camino y se convierta también en mártir asegura sin importarle la muerte de cinco personas inocentes, de dos chicas apenas dos años más jóvenes que su primogénito, también con toda la vida por delante, con tantas ga- Ha matado a mi hijo No demasiado lejos- -casi todo está cerca del infierno en esta tierra nada santa- Lutfiah, con su mente tan confundida como repleta de rencor la ocupación israelí ha matado a mi hijo recuerda cómo Ahmed salió esa mañana del martes a las 7, tras afeitarse una barba casi invisible, darle un beso y pedirle su perdón. Su teórica intención, recoger los resultados de sus exámenes en la ahora invadida Tulkarem, en una represalia militar que ha llenado de nuevo sus calles de carros de combate y soldados armados hasta los dientes a la caza y captura de los milicianos del Yihad Islámico. Ahmed torció a la derecha cuando debió haber girado la izquierda. Se puso una máscara en la cabeza, grabó un vídeo en nombre del Yihad, se vistió con un cinturón de explosivos de siete kilogramos de peso y marchó rumbo al centro comercial de Netanya. Allí, doce horas después, a sólo unos metros de la entrada, en un maldito y hoy rojizo paso de cebra (la sangre nunca se borra del todo) se cruzó con dos chicas que podrían haber sido sus amigas y a las que destrozó al volarse en mil pedazos. Fue su primera y su última cita a ciegas. El verdugo no se fijó en las caras de sus víctimas. El cohete Qassam que mató ayer a una mujer israelí en un kibbutz junto a Gaza, tampoco. Un soldado israelí vigila desde la ventanilla de su blindado en una calle de Tulkarem, ciudad tomada por el Tsahal tras el atentado suicida REUTERS