Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
6 VIERNES 15 7 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA MAX HASTINGS EX DIRECTOR DE THE DAILY TELEGRAPH LOS JUECES, EN LA DISTANCIA S EGÚN nos previenen los servicios de la propaganda monclovita, conscientes de la necesidad de preparar la tierra antes de la siembra, el Consejo de Ministros alumbrará hoy una notable reforma judicial. El asunto es de largo alcance y afectará a la ley Orgánica del Poder Judicial, a las de Enjuiciamiento Civil y Criminal y a la reguladora de la jurisdicción Contencioso- Administrativa. Una revolución en toda regla que, en principio, merece sospecha porque no suele ser la salvaguarda de los derechos y las libertades ciudadanos el asunto prioritario de los gobiernos socialistas. Entre las novedades que perpetra el Gobierno de José Luis Rodríguez M. MARTÍN Zapatero, estimulado por FERRAND muchos gobiernos autonómicos, alarma especialmente la creación de Juzgados de Proximidad, que, en torpe imitación del modelo anglosajón y en olvido de la tradición continental, convertirá en jueces a los licenciados en derecho que plazcan a los alcaldes y sus ayuntamientos. Un disparate que sorprende en la autoría del ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, que es una buena cabeza jurídica madurada en Bolonia y perfeccionada en la cátedra. Ya tuvimos aquí, antes de la reforma judicial de Felipe González que abrió tantas puertas falsas para el acceso a la carrera judicial, jueces de proximidad Eran los jueces municipales y comarcales, que, por oposición- ¡no faltaba más! constituían un cuerpo menor de la judicatura. Los unos, en la magia socialista, se fundieron con los otros y ahora la espiral degenerativa nos lleva a unos jueces a dedo que, independientemente de las que sean sus competencias, no son los jueces técnicos y profesionales que garantizan, en nuestro modelo, los derechos del ciudadano. Los magister anglosajones, a los que parece se trata de imitar, son legos e imponen la justicia con un golpe de mazo sobre su mesa; pero en su mundo de actuación la autoridad sigue siendo un valor firme y la no existencia de leyes escritas eleva al nivel legislativo la aplicación estricta y rigurosa del sentido común y la exigencia de los valores éticos dominantes y tradicionales. Ya nos demuestra la experiencia de los Tribunales Superiores de Justicia que marcan los ámbitos autonómicos que la proximidad a las cosas y las personas juzgadas no ha supuesto mejora alguna en el procedimiento y que, por el contrario, las viejas Audiencias Territoriales, más distantes, suponían una fuente de garantía. Acortar ahora la distancia a la ciudad y al barrio es, en principio, un gran disparate alentado por el impulso demagógico que forma parte del talante que nos gobierna. Los jueces no es que no deban ser de proximidad sino que en la distancia es donde mejor pueden garantizarnos su independencia. Nombrados digitalmente por los ayuntamientos, suponen una promiscuidad entre dos poderes que aconseja la sospecha previa. HACE 60 AÑOS ERAN IGUAL DE CORRIENTES El autor establece un emotivo paralelismo entre quienes se alistaron en el Ejército británico para combatir el nazismo en la Segunda Guerra Mundial- nunca se consideraron soldados, no más que nosotros -y las víctimas del atentado del pasado 7 de julio en Londres N O deja de ser una triste ironía que justo cuando conmemorábamos la victoria en la Segunda Guerra Mundial la nación tuviera que llorar a los muertos del 7- J en Londres. Cada generación debe soportar su propio dolor. En algunos sentidos, somos una sociedad más vulnerable que nuestros antepasados de 1939- 45, ya que nosotros consideramos que estamos en paz, mientras que nuestros enemigos creen que están en guerra. Pero la escala de la amenaza que supone Al Qaida sigue siendo minúscula en comparación con la que representaba Hitler. Osama bin Laden puede causarnos mucho dolor y sufrimiento, pero cuesta imaginar que él y los suyos puedan amenazar la existencia de un país. Por el contrario, la victoria del Eje habría supuesto el fin de nuestra civilización. Un aspecto esencial del triunfo de Churchill en 1940 fue el entender- -aunque, al principio, muchos no estuvieran de acuerdo- -que una resistencia aparentemente inútil a la muerte era preferible al consentimiento de las fuerzas de la barbarie. La característica más llamativa de la Segunda Guerra Mundial fue que reclutó a decenas de millones de hombres y mujeres de numerosas nacionalidades, que combatieron en campos de batalla de todo el mundo durante años y años, lejos de sus seres queridos. Esto lleva a algunos de nuestros coetáneos a suponer que eran distintos de nosotros. Ellos no eran empleados de oficina que se desplazaban al trabajo, sino soldados, marineros y aviadores. Es cierto que las sociedades occidentales al completo nunca tendrán que volver a coger las armas. Pero deberíamos reconocer que la abrumadora mayoría de los británicos y estadounidenses que lucharon en la guerra más terrible de la historia nunca se consideraron soldados, no más que nosotros. Aunque llevaran uniformes de campaña, la mayoría acarreó por los campos de batalla del mundo, a través del barro, la sangre y la miseria, el sentimiento de su propio yo como empleado de banca, camionero, corredor de bolsa o abogado. Sencillamente, estaban representando una ingrata farsa como soldados, submarinistas o aviadores. En mis escritos sobre la Segunda Guerra Mundial he afirmado que, aunque es cierto que los ejércitos británico y estadounidense nunca estuvieron a la altura bélica de la Wehrmacht de Hitler, habría supuesto una tragedia que no hubiera sido así. Para que los soldados rasos británicos hubieran sido tan eficaces como, por ejemplo, las Waffen SS, habrían tenido que convertirse en gente como ellos y hacer caso omiso del objetivo por el que se estaba librando la guerra. La mayoría de los soldados británicos y estadounidenses llevaron consigo las inhibiciones y decencias de las democracias de las que procedían. No les gustaba matar a gente, arrasar ciudades, ver a civiles morir. Eso los convertía en peores soldados que sus enemigos, pero en mejores seres humanos. Reflexionen sobre las palabras de un oficial granadero, David Fraser, en una carta a su madre del 15 de marzo de 1945: No tengo el