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ABC VIERNES 15 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC Y 2. FIN DE LA ALTERNANCIA POR JOSÉ VARELA ORTEGA CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA Parece razonable que dudemos de la estabilidad institucional de un sistema apoyado en socios inmoderados cuyo objetivo es la liquidación, que no la constitución, del conjunto. Toda predicción es sumamente arriesgada porque la realidad es, afortunadamente, aleatoria... NA de las formas posibles de enhebrar la historia política de la España contemporánea consiste en hacerlo en torno a tres ejes fundamentales: libertad, alternancia y democracia. Desde 1812 a 1834, apenas (1820- 1823) pudo desarrollarse el primero de dichos términos. Durante las cuatro décadas siguientes (1834- 1874) tuvimos una versión balbuceante del liberalismo francés pero sin democracia- -que, por otra parte, salvo en la América jacksoniana, no existía en lugar alguno. Tampoco hubo alternancia, sino monopolio de un poder que perseguía y excluía a la oposición, la cual, para recuperarlo, recurría al golpe militar como mecanismo de cambio. Un sistema tosco y violento de relevo que acabó mal: en 1868, lo que comenzó como un pronunciamiento militar progresista convencional terminó en una revolución anarco- federal, provocando, o al menos alimentando, una sublevación carlista (1873) que estuvo cerca de triunfar, en su papel de bombero de la revolución- -según un agregado militar francés. No es extraño que, ante el enemigo común, muchos liberales, de izquierda a derecha, decidieran estabilizar el sistema, renunciando al golpismo militar para organizar la alternancia en el poder por turno pacífico de las dos grandes familias políticas liberales. Durante cosa de medio siglo hubo, pues, libertad y alternancia. Pero la Restauración (1875- 1923) fue víctima de su propio éxito. Porque la alternancia, que acabó con el golpismo- -como era su propósito- estaba tan pactada que desincentivó y dificultó la democracia, que fue su consecuencia. Entre los veinte y los treinta del siglo pasado, demasiados políticos, intelectuales y militares se impacientaron. Comenzaron a considerar que el turno era vicioso y a pensar que la forma de terminar con los vicios era acabar con el turno- -un non sequitur muy popular en la época. Unos lo hicieron manu militari implantando una dictadura (1923- 1929) Otros trajeron, al fin, la democracia por la que tanto suspiraban las ciudades (1931) Pero, haciendo tabula rasa del pasado y creyendo que los vicios se debían al turno- -y no al revés- suprimieron cuanto de civilizado había entre los partidos: espíritu de tolerancia y transacción, hábitos de negociación y voluntad de pactos se convirtieron en métodos fracasados y, el consenso, en pasteleo. Había que acorazarse contra la transigencia, advertía Azaña. Los rivales volvieron a considerarse como enemigos, y su triunfo electoral a interpretarse como una anomalía. La República era sólo de los republicanos, y la mayoría natural, de izquierdas. Mientras, en el otro extremo, la España eterna sólo pertenecía a los verdaderos españoles. Cada mitad hizo esfuerzos por convencer a la otra mitad del país de que no tenía cabida en su sistema. De este modo, no debe sorprendernos que los votos se buscaran- -y disputaran- -por los extremos. En la República, pues, hubo democracia y libertad, en su versión jacobina e intolerante. Pero la alternancia desapareció del vocabulario y del funcionamiento del sistema, en la medida en que los partidos no construyeron un terreno político común. La idea volvió a ser la aniquilación, en lugar de la aceptación del adversario (Dardé) Fue preciso el gran dolor de la tragedia, y una lóbrega posguerra, para que los hombres de la generación cainita cayeran en la cuenta del bien perdido (Marañón) U Tres décadas después, ese renacido espíritu de tolerancia y reconciliación inspiró la Transición y nos moderó a casi todos- -salvedad hecha de los nacionalistas- Fue nuestro never again. Por eso hemos vivido en libertad sin ira y en democracia estable porque parecíamos haber aprendido a respetar la alternancia del rival, residenciando la competencia en el centro del electorado. Por primera vez en nuestra historia las tres variables han coincidido en un tiempo pleno, el sueño de nuestros abuelos hecho realidad. Pero debió de ser eso, un sueño. Porque la generación socialista actual ha abandonado la filosofía de la alternancia. Hemos regresado, pues, a la idea de mayorías naturales esta vez con el complemento de pequeños partidos extremistas y secesionistas. Los rivales son otra vez enemigos políticos: los malos, nos explica un influyente político socialista. No se trata sólo de arrojar al PP del poder, como era la obligación de la oposición, o mantenerlo fuera de él, que es la tarea del gobierno socialista. Hay algo más. En este guión, la servidumbre no es sólo de la aritmética parlamentaria. Hay un proyecto estratégico: expulsar al centro derecha de la cancha, redimensionando y rediseñando el campo de juego político con actores extremistas y políticas radicales que busquen el disenso y la confrontación, de manera tal que la disputa por el voto se desplace a los extremos y la derecha pierda, además, su centralidad, bien por disgregación (fabricándole un Le Pen) o por división (del liderazgo) vestizado su propia naturaleza política, consiguiendo mixtificar un Partido Socialista en un conglomerado nacionalista que se ha olvidado hasta de la letra de La Internacional. Le han dado la vuelta al sistema parlamentario, al punto de ser el gobierno el que controla, fiscaliza y cuestiona a las oposiciones. Han logrado también invertir el dictum de Hume, al confundir pacífico con moderado, disfrazando a radicales secesionistas de moderados. Bien es verdad que han contado a menudo con la inestimable colaboración de algunos dirigentes del PP, los cuales, en lugar de dimitiendo, entran al trapo embistiendo, cuando se dignan a usar de la cabeza- -que diría el poeta. Estas políticas de radicalismo papier mâché podrán gustar más o menos, pero es indudable que, medidas en función del objetivo estratégico señalado- -fabricar una nueva constelación política con satélites secesionistas para expulsar al centro derecha del sistema- están teniendo éxito: movilizan votos por los extremos, sin perder los del centro. Sólo les falta cerrar el preacuerdo con ETA. En una mesa aséptica se hablará sólo de armas, presos y tregua. Pero en otra de tahúres se negociará con los recogedores de nueces del PNV un plan Ibarreche maquillado. Después, a disolver y sacar mayoría absoluta, antes de que la subida de tipos y la caída de la demanda interna conviertan en paro y traduzcan en impopularidad el agujero que ahora vemos- -pero todavía no sufrimos- -en la balanza comercial. Ese es el guión. Y es una (perversa) buena idea. Todo lo demás es episódico. Ahí están los hechos. Y son tozudos. Nuestros astrólogos electorales, astutos y audaces pero ignorantes, con la Iglesia nos han topado (planeando un atentado etimológico que aumenta la confrontación sin incrementar los derechos de la norma) Han desenterrado enfrentamientos (haciendo arqueología de lo macabro y rescatando del olvido estatuas del general Franco) alentado antiamericanismo y populismo, dividido y radicalizado a las víctimas. Han cambiado el sentido de las palabras que es- -dijo antes Montaigne y luego Lewis Carroll- -el primer paso para deformar la realidad. Para empezar, han tra- Episódico, pero no gratuito. Porque el guión tiene sus costos. No se precisa de mucha aritmética para calcular el pasivo del antiamericanismo en un país con ingentes intereses atlánticos y un permanente problema de seguridad en el Estrecho. Tampoco hace falta mucho más que sentido común para concluir que resucitar problemas con la Iglesia, enfrentamientos cainitas o el recuerdo de Franco- -que creíamos amortizados, enterrados u olvidados- -es una política imprudente. Que sea el Gobierno el que fiscalice a la oposición implica- -le explicó la izquierda española a Cánovas en 1880, y Churchill a los laboristas en 1941- -hablar del pasado e impone, claro, sacrificar el futuro. Pero todo eso no son más que los pretextos del referido texto. Y eso- -el texto- -es lo grave, en la medida en que atenta contra, digamos, las leyes de la física- política. La experiencia nos ha mostrado que los nacionalistas son insaciables. Lo que se les propone como acuerdos ellos lo traducen por etapas. La última- -el acuerdo, unánime, sobre el sistema de financiación- -no ha durado más de... ¡cuatro años! Es inevitable que nos preguntemos por los tiempos de la próxima etapa que ahora se está negociando. Y también parece razonable que dudemos de la estabilidad institucional de un sistema apoyado en socios inmoderados cuyo objetivo es la liquidación, que no la constitución, del conjunto. Toda predicción es sumamente arriesgada porque la realidad es, afortunadamente, aleatoria. Sin embargo, puestos a aventurar, antes que la proposición contraria, es más probable que el nuevo planetario político diseñado por el Gobierno vaya de éxito (virtual) en éxito (electoral) hasta que la realidad objetiva imponga su presencia con un desastre final.