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ABC JUEVES 14 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC 1- LA NEGOCIACIÓN POR JOSÉ VARELA ORTEGA CATEDRÁTICO DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA Conviene que la opinión pública española tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no les hará a los terroristas abandonar el texto (el poder totalitario) RES décadas de tormento nos deberían haber agudizado el entendimiento y disciplinado el razonamiento. No obstante, cuando todavía estábamos convalecientes de esa gran investigación que descubría la causa del terrorismo en el hambre en el mundo (ergo, el País Vasco debe de estar en otro mundo nos amenazan con ese silogismo con arreglo al cual, como pasados intentos de negociar reforzaron- -que no desactivaron- -a los terroristas, conviene insistir en el fracaso. La repetición del macabro comportamiento nos debería haber enseñado que estas políticas de la violencia, o estrategias de guerra barata no son productos reactivos sino pro- activos. No son reacciones de resistencia, sino acciones de revolución. Nos protegeremos mejor si terminamos por entender que la variable fundamental no está en la causa sino en la oportunidad. La pregunta que se formulan los terroristas no es por qué, sino cuándo, cómo y dónde cometer su atentado. Nos conviene utilizar la preposición adecuada para formular una proposición acertada: la amenaza no nos llega del por (qué) tanto como del para (qué) Es un error común, derivado de la peculiar interpretación etnicista de una historia romántica, rebuscar en la mito- genética del conflicto, en la errada presunción de que estos fenómenos de violencia política responden siempre a pesadillas de un remoto y recurrente conflicto histórico, nacional, cultural o religioso. Muchas veces son opciones del presente: técnicas de guerra política- -nos advierte un clásico del tema (Walter Laqueur) -al servicio de estrategias de poder que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones y que ejercicios de exorcismo meaculpista judeocristiano poco ayudan a su comprensión. El objetivo estratégico- -por más que utópico- -del terrorismo eusko- nazi no es tanta o cuanta soberanía, sino el poder totalitario. Lo demás son pretextos y coartadas, como mucho etapas. No estamos, pues, ante un síndrome de privación relativa que se resuelva con un expediente de concesiones. Conviene que la opinión pública española tenga el valor de enfrentarse a la dura realidad: de que la concesión de los pretextos (la autodeterminación o, incluso, la secesión) no les hará a los terroristas abandonar el texto (el poder totalitario) Esa es una de las razones por la cual traficar derechos fundamentales (la vida y la libertad) a cambio de autodeterminaciones o secesiones- -que no son más que objetivos tácticos- -no resuelve nada aunque lo agrave todo. T tardará muy poco- -la causa será lo de menos- -en mimetizar un comportamiento que el acuerdo remuneradohabrádemostrado rentable. La violencia seperpetuará, reproducirá e imitará. Sila, aunque lo intentó- -nos explica Salustio- ya no pudo abolir su propio ejemplo. Y, así, de la mano de la negociación, violentando la gramática del poder y del derecho, habremos penetrado en el siniestro escenario de la economía de la violencia. Todo nuestro mercado político, todos los actores se reordenarán en función de ese nuevo dato letal. Habremos dado, como decía Maura cuando se golpeó la Constitución en 1923, un maldecido paso atrás, un giro mortal a nuestra democracia parlamentaria: en lugar de expulsar la violencia e integrar problemas, integraremos la violencia para resolver problemas- -un infierno hobbesiano invivible. Esa película europea de los años treinta ya la hemos visto y termina mal. Nos van a tener que explicar, despacio y por su orden, por qué habiéndonos resistido en su día al chantaje del nacionalismo golpista español debemos admitir ahora que los terroristas abertzales condicionen una posible reforma estatutaria- -que es lo que de verdad está detrás del preacuerdo con ETA. Es preciso destruir las expectativas políticas de la violencia, llevando al enemigo del desaliento al desistimiento y evitando cualquier gesto que alimente la esperanza de que su macabro sistema produce dividendos. A la postre, terminaremos por sentarnos, qué duda cabe. Pero a petición de los terroristas y en una sola mesa. No en dos (una casta, con ETA, y la timba donde se barajará el precio político) como pareciera deducirse de las contorsiones del Gobierno. Un escenario que nos precipitaría en nuestra propia trampa. Porque, sobre la mesa de una oferta gubernamental, deambulará, inevitablemente, la sombra siniestra de la amenaza: de que se conceda esto o aquello- -poco importa qué- -o se volverá a atentar contra nuestra vida y secuestrar nuestra libertad. Se estará especulando, en definitiva, con derechos fundamentales. Se tratará, en suma, de una proposición filosóficamente obscena, moralmente indecente y políticamente explosiva. La contundente afirmación tiene su justificación e historia. Y algunos de los socialistas de antes se la saben bien. Si hemos de hacer caso de un suelto de La Vanguardia, a don Gregorio se le conoce en su partido como un gran muñidor de cargos, el nuevo Natalio Rivas de la izquierda española. Pero eso es injusto. Don Gregorio es mucho más que un fiel emulador de Mayor Daley, en un partido que ha producido el spoils system más intenso que ha vivido la política española desde el conde de Romanones. El profesor Peces Barba conoce, como pocos en España, la literatura de los Founding Fathers. Sabe que el meollo del debate fino il setecento entre el gabinete británico y los primeros americanos- -y demócratas- -estaba centrado sobre la naturaleza individual e indelegable de los derechos fundamentales: en concreto, la libertad religiosa- -derecho sobre el cual los americanos rechazaban la interferencia de una potestad parlamentaria que los ingleses consideraban omnímoda, mientras los yanquis se apoyaban en Grocio para defender una noción firme de los límites de todo poder- Omnipotence cannot do it: ni siquiera Dios- -aseguraban- -podía convertir lo verdadero en falso. Menos aún debía el Parlamento invadir el ámbito de los derechos fundamentales. Como verdades evidentes, estos eran preconstitucionales, ilegislables- -en conmovedora expresión de los republicanos españoles- Eran- -son- -derechos individuales cuya procuraduría no hemos transferido por el voto a gobierno o legislativo alguno. Por ende, no son negociables ni están sometidos a votación. Esto no es paja Que los derechos fundamentales no puedan votarse- -y, en su caso, suprimirse, como acaeció en el Reichstag de 1933- -es la clave de la alternancia. Las libertades formales no eran excesivas, como pensaban monseñor Kaas y Pío XII. Eran fundamentales, como creía el canciller Brüning. Porque su derogación en marzo de 1933 se votó democráticamente. Pero precisamente por votarse derechos fundamentales, a partir de entonces quedó suprimida en Alemania la elección. Se demostró en la práctica que, sin libertad, podrá haber votaciones, pero no elecciones, porque no habrá alternativa que elegir. Lo peor de negociar- -derechos fundamentales- -no es lo que se concede, ya sea autodeterminación o secesión. Lo peor es lo que se recibe a cambio- -la vida y la libertad- que habrán dejado ya de ser derechos para convertirse en concesiones (de estos u otros especialistas en violencia política) Lo más asombroso no es que los Carod Roviras de este planeta persistan en el error de una negociación con la que confían alumbrar rentas de secesión. Lo que le deja a uno estupefacto de este debate es que otros diputados, en su infinita soberbia, admitan discutir la mayor y no contesten, modestamente, conla verdadesencial de nuestrademocracia parlamentaria: que carecen de mandato electoral para negociar unos derechos fundamentales que no van- -ni pueden ir- -en la papeleta del voto que les ha elegido. Es un error, empero, afirmar que el Gobierno ha roto el pacto antiterrorista. Se ha limitado a certificar su caducidad. Con toda lógica. Porque el pacto se fundamentaba en la alternancia y se sustanciaba en el compromiso de que, de ella, los terroristas no pudieran albergar esperanzas de alternativa. Pero, si el Gobierno abandonara la cultura de la alternancia, el pacto carecería de sentido porque los terroristas sí tendrían alternativa: la negociación que les ofrece el nuevo Club de socialistas y secesionistas. La solución, en el número siguiente. De la falacia de que no se les puede derrotar y de que hay que negociar arranca un atajo lóbrego que termina- -como se lamentaba Cánovas en su tiempo- -fiando la resolución de los problemas políticos al triste recurso de la fuerza. Quienes nos proponen integrar políticamente la violencia en el sistema negociando quieren ignorar la lógica a la que conduce su temible proposición. Porque reanimar a terroristas agonizantes con la oferta de una negociación es peor que contraproducente. Significa introducir la violencia en nuestra economía de la política. La decisión de combatir la violencia hasta desterrarla, en cambio, es el producto de un cálculo educado por una historia que nos ha llevado al convencimiento de que la negociación política produce un efecto didácticoperversopara este y parapleitos futuros. Comprendamos, con ayuda de los antropólogos, que la violencia es una conducta social que se aprende más deprisa cuando está socialmente remunerada. Este simio imitativo