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6 Opinión MIÉRCOLES 13 7 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA FERNANDO EGUIDAZU PRESIDENTE DEL COMITÉ DE POLÍTICA ECONÓMICA DEL CÍRCULO DE EMPRESARIOS EL PLAN DE ZAPATERO D ESDE que Miguel Primo de Rivera puso en marcha su plan de obras públicas, el más eficaz de los conocidos en España en el siglo pasado, nunca transcurren aquí largos periodos de tiempo sin que el Gobierno de turno anuncie sus proyectos para el refuerzo y la mejora de carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y demás infraestructuras del transporte. La necesidad, evidente en el momento actual, se convierte en liturgia y así el presidente del Gobierno, el que toque, nos anuncia las mismas mejoras para el futuro que ya nos había anunciado para el presente el Gobierno anterior. Aquí a Penélope no le bastan veinte años de espera paM. MARTÍN ra el regreso de Ulises y FERRAND el tiempo demuestra su más profunda relatividad. José Luis Rodríguez Zapatero, imbuido de la responsabilidad gubernamental del anuncio esperanzador, acaba de presentar un Plan Estratégico de Infraestructuras y Transportes a quince años vista. No está mal. Supone una inversión cercana a los 250.000 millones. Como escribo desde Santander, a la sombra de un fresno y lejos de mi archivo, no puedo contrastar los datos; pero el plan de Zapatero parece, antes que cualquier otra cosa, una enmienda y una justificación a los retrasos de los proyectos que, en su día, nos presentó Francisco Álvarez- Cascos, el último ministro de Fomento con José María Aznar, y que el actual Gobierno ha ido aplazando y o modificando hasta llegar al punto que hoy llama nuestra atención. La gracia y la desgracia cabalgan juntas en este tipo de asuntos. Un Gobierno, cualquiera, gasta la primera mitad de la legislatura que le corresponde en estudiar sus proyectos de obras públicas. Los anuncian a bombo y platillo y, antes de que se adjudiquen las obras- -o poco menos- ya estamos en una nueva campaña electoral. El proyecto de Álvarez- Cascos, según lo tengo en el recuerdo, era magnífico y viable; pero ha cambiado el color de La Moncloa, se ha perdido mucho tiempo y ya tenemos, con quince años por delante, otro distinto, el de Zapatero que, dicho sea de paso, ha oscurecido en su presentación a la ministra titular del ramo. Así, tejiendo y destejiendo, dándole matices partidistas al asfalto y al ferrocarril, el espectáculo no decae, pero la Nación no prospera y se nos va la fuerza entre las lágrimas por lo que no llegó a ser y los suspiros por lo que podría llegar a suceder. Para mayor complicación, u oscuridad, el Plan que anuncia Zapatero cuenta con una Sociedad de Infraestructuras de Transporte Terrestre, una agencia estatal de ésas con las que la socialdemocracia suele hacerle guiños de complicidad a la iniciativa privada. Quizás ése sea el progreso, pero habrá que esperar a ver quién paga el convite, que el Presupuesto- ¡pobrecito! -no es elástico y, llegados a donde estamos, el bolsillo ciudadano es totalmente rígido. TEMPORALIDAD Y COSTES DE DESPIDO: UNA REFORMA NECESARIA Para el autor, el establecimiento de un único modelo de contrato indefinido sería una forma eficaz de crear empleo estable y productivo. La indemnización por despido equivaldría a veinte días por año trabajado, respetando para los contratos ya existentes los derechos acumulados H ACE ahora dos años, el Círculo de Empresarios publicaba su documento Una reforma laboral para seguir creando empleo Poco han cambiado las cosas desde julio de 2003. El diagnóstico que allí se hacía de la situación del mercado laboral mantiene plena vigencia, y las reformas que entonces se proponían resultan hoy aún más urgentes. En estos dos años, la economía española ha seguido creciendo a tasas superiores a las de nuestros socios europeos, de modo que nuestro PIB real per cápita ha cerrado, en el último decenio, unos seis puntos de la brecha que le separaba de la media de la Unión Europea. Hoy somos más ricos y disfrutamos de un bienestar mayor. Esta prosperidad se ha fundamentado, sobre todo, en el intenso ritmo de creación de empleo. El hecho de que trabajen seis millones de personas más de las que lo hacían diez años atrás explica en gran parte que cada español, en promedio, pueda acceder a una mayor cantidad de bienes y servicios. ¿Será posible mantener este modelo de crecimiento basado en la creación de empleo? Una visión simplista de la cuestión llevaría a una respuesta afirmativa. España sigue padeciendo una tasa de desempleo elevada, por encima del diez por ciento. Además, las tasas de empleo y actividad siguen siendo relativamente bajas, en especial entre las mujeres. En otras palabras, aún quedan muchos recursos no utilizados. El problema es que el crecimiento sostenido en el tiempo precisa también de aumentos en la productividad del trabajo, capítulo éste en el que la economía española viene dando claros síntomas de debilidad. En resumen, el reto es seguir creando empleo y hacer que éste sea cada vez más productivo. Es aquí donde inexorablemente aparece la necesidad de una reforma del mercado de trabajo. Para potenciar los dos elementos esenciales del crecimiento, empleo y productividad, es necesaria una profunda reforma laboral que agilice los procedimientos de entrada y salida en el mercado de trabajo, revise el modelo de negociación colectiva y reduzca la rigidez de las actuales figuras contractuales. Desde hace meses se están manteniendo negociaciones entre los interlocutores sociales (a las que asiste el Gobierno) cuyo resultado es aún incierto. En todo caso, algo ha ido trascendiendo sobre la atención preeminente que está generando la posible reforma del coste del despido, punto que parece centrar los enfrentamientos entre patronal y sindicatos. En España existen fundamentalmente tres clases de contratos: los temporales, los indefinidos antiguos y los indefinidos sujetos a la regulación de 2001, resultantes en gran medida de la conversión de contratos temporales en indefinidos. La indemnización por despido improcedente es de ocho, 45 y 33 días de sueldo por año trabajado, respectivamente (la -Señor Guerra: ¿se cuartea España por culpa de la sequía o de los nacionalismos?