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ABC MIÉRCOLES 13 7 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC CRISIS DEL ESTADO LAICO POR JOSÉ MARÍA MARTÍN PATINO PRESIDENTE DE LA FUNDACIÓN ENCUENTRO No es de extrañar que obtengan éxitos políticos las leyes más permisivas, aun aquellas que afectan a los principios éticos nucleares de la articulación y cohesión social. La Iglesia tendrá que concentrar su acción evangelizadora en esta sociedad... ONYBlair acaba de presentarse anteel Parlamento Europeo como líder de una nueva Europa más social y ciudadana. Las democracias continentales echan de menos una nueva articulación del Estado con la sociedad. Los poderes públicos tienen que ser mucho más sensibles a las demandas verdaderas de los ciudadanos. Por otra parte, se ha roto el triángulo cerrado que antes formaban el Estado, la religión y la sociedad. El reconocimiento de la laicidad del Estado fue fruto de una decisión política. La confesionalidad ahoga las conciencias; el laicismo contradice la neutralidad del poder político. La secularización, en cambio, nació y se desarrolló como un proceso cultural, conforme a las leyes societarias, sin necesidad de leyes parlamentarias ni decisión colectiva explícita. Laicidad y secularización son fenómenos bien distintos, aunque se hayan producido de forma paralela, no necesariamente unidos. El Estado británicoes confesional y se entiende perfectamente con una sociedad altamente secularizada. Las relaciones entre el Estado y la religión, así como de ésta con la sociedad, atraviesan un período de profundas transformaciones. Por expresarlo de manera sucinta, diría que la articulación de estas tres realidades tiende a aproximarse cada vez más al pensamiento anglosajón sin perder de vista a lo lejos el modelo continental o francés. El desconocimiento de esta transformación origina en España no pocas veces conflictos entre la política y la religión sin solución viable. Las relaciones del Estado con la sociedad son de poder y servicio; las de la religión son exclusivamentede servicio. Fue un error mezclarlas o confundirlas. T atribuir al Estado un carácter sagrado. En cambio, no fue así en aquellos donde predominó el pensamiento anglosajón de la common law. Éstos mantienen otra concepción del Estado, que implícitamente responde mejor a las actuales exigencias democratizadoras. La verdadera construcción del Estado se apoya en la solidez de las instituciones organizadas dentro de la sociedad civil, como la empresa y las organizaciones sin ánimo de lucro. El enriquecimiento del capital social contribuye a una mayor solidez de las relaciones del Estado con la sociedad. Los administrativistas hablan ya del Estado relacional y de una transición al mercado de los servicios sociales (Xavier Mendoza, 1991) El Estado se sigue percibiendo como necesario, pero no como el agente principal de las transformaciones económicas y sociales. En las actuales circunstancias, tanto el Estado como la Iglesia corren el riesgo de interpretar bellas arias o dúos estridentes, ajenos a los instrumentistas del concierto social. La debilidad del Estado protector frente a la sociedad se hace más patente. La presión de la globalización económicay de lapolítica supranacional recortasu soberanía. La sociedad despierta de un largo sueño de inactividad dormida en los brazos de unos servicios públicos estatales, más burocráticos que personales. No es de extrañarque obtengan éxitos políticoslas leyes más permisivas, aun aquellas que afectan a los principios éticos nucleares de la articulación y cohesión social. La Iglesia tendrá que concentrar su acción evangelizadora en esta sociedadfuertemente secularizada, conmuchamás fuerza que la empleada en la evangelización de los poderes estatales. La apologética no se agota en la defensa de la inmutabilidad de los principios. Debe participar más activamenteen el debateprevio de lasmediaciones científicasy políticas, imprescindibles para una recta comprensióny aplicabilidad de esos principios. Para ello no deberá olvidar tampoco la advertencia del Concilio y de Pablo VI: En las situaciones concretas, y habida cuenta de las solidaridades que cada uno vive, es necesario reconocer una legítima variedad de opciones posibles. Una misma fe cristiana puede conducir a compromisos diferentes (Oct. Adv. n. 50) En un Estado menos intervencionista, la problemáti- ca de la laicidad pierde importancia. Lo que preocupa ahora en España es el grado de secularización cultural y social al que hemos llegado. No le demos vueltas: la distancia entre la fe cristiana y el pensamiento influyente en la sociedad española es de una gravedad escandalosa. Ahí se agazapa precisamente el más potente enemigo de la religión. Lo recordaba Pablo VI en diciembre de 1975: La ruptura entre el Evangelio y la cultura es sin duda algunael drama de nuestro tiempo En aquella memorable exhortación apostólica sobre el anuncio del Evangelioen nuestro tiempo, se afirmaba claramente que evangelizar equivalía a transformar los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de la salvación (n. 19) Urge reflexionar de manera especial acerca de estos objetivos señalados por el Papa Montini. Prestamos poca atención a la evangelización de la sociedad española, sobre todo si la comparamos con los esfuerzos, a veces espectaculares, que realizamos para presionar sobre los poderes del Estado. Claro que los cristianos comparten losmismos derechosdemocráticos, pero no todos losmedios democráticos resultan igualmente evangélicos. Habrá que tener cuidado, según Pablo VI, de que esos medios no se confundan con actitudes tácticas nicon el servicio a un sistema político En las relaciones directas de la Iglesia con la sociedad se juega el drama religioso de nuestro tiempo. La pérdida de visibilidad de lo religioso obliga a definir con rasgos más precisos la pertenencia religiosa. Esta integración en la comunidad católica tiene que ser perceptible y enEspaña nos llevará inevitablemente al reconocimiento de que somos una minoría. No se confunda esto con una cuestión numérica. Invocamos con demasiada frecuencia los altosporcentajes de losque se confiesan católicos en las encuestas y de los que piden enseñanza de la religión para sus hijos en la escuela pública. La minoría no es resultado del número, sino de influencia real en la vidapolítica y social, como la levadura, la sal y la simiente. La irrelevancia social no significa en modo alguno marginación. Alguien puede pensar que se sale de la oscuridad social con concentraciones de jóvenes, con misas espectáculo y con procesiones por las calles de las grandes urbes. Pero, aun contando con estas formas legítimas de la expresión pública de la fe, no podemos dar por supuestas las convicciones profundas y la coherencia con la conducta que exige la fe cristiana. Oliver Roy, en su obra Laïcité face à l islam (París, 2004) advierte de que la mayoría de los movimientos actuales en la Iglesia católica son formas un tanto angélicas de evangelismo cristiano. Están obteniendo un gran éxito de proselitismo y conversión, debido en gran medida a su propio ideal religioso de una fe desculturalizada. Se adaptan mejor a la globalización que a la identidad territorial de cada pueblo. Y, al mismo tiempo, demuestran que las religiones puras desencarnadas de lo social y de la territorialidad, aparecen como más cercanas al esoterismo. Algunas órdenes y congregaciones religiosas que optaron claramente por el compromiso social han sido mal comprendidas y están pagando un precio altísimo por esta decisión. Sin embargo, prefieren ser fieles a su responsabilidad evangélica en los grandes problemas de la sociedad que nos rodea. Blair no dejó tranquilos a los eurodiputados del grupo socialista. Es sintomático el comentario de Henri Weber, uno de los partidarios del no a la Constitución europea delgrupo de Laurent Fabius. Lamentaba que el premier británico no hubiera dicho ni una palabra sobre la legislación relativa a los servicios públicos que ellos unánimemente reclaman. El modelo de Estado francés, vertebrado a través de los servicios públicos no lleva necesariamente a la eficacia social en la búsqueda del progreso y la igualdad. Durante todo el siglo XX la controversia acerca del tamaño y la fuerza del Estado absorbióexcesivamente a lapolítica. Lo que acredita aun estado es su capacidad de hacer cumplir la ley, de mantener la seguridad jurídica. Que en lo económico y en lo social se puedan hacer cumplir los convenios establecidos entre los ciudadanos, entre los grupos y entre las naciones. La ramificación de los servicios públicos ensancha su alcance, pero en modo alguno su eficacia. De ninguna manera podemos caracterizar al servicio público por su titularidad estatal. Lo que lo distingue es su utilidad general y social. Desde la gran empresa hasta el taxi son servicios públicos de utilidad social, regulados por el Estado, pero no estatales. No es el carácter estatista, sino los intereses generales y la utilidad pública los que deben valorar la calidad y la oportunidad de un servicio público. No puede invocarse el carácter estatista de un serviciopara legitimar recortes alas libertades constitucionales y democráticas. Las cosas han cambiado mucho desde la época de Léon Duguit, cuando enseñaba en las aulas de París (1913) su tratado Les transformations du droit public. Y advertía: Lo que aparece en primer plano no es el ejercicio del mando, sino la obligación de ayudar Los países herederos del derecho romano tendieron a