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ABC MARTES 12 7 2005 Internacional 25 ATENTADOS DE LONDRES EL PULSO DE LA CIUDAD Un lunes como otro cualquiera en el bus 30 La vuelta a la normalidad encabezada por el alcalde Livingstone tuvo dos sobresaltos por falsas alarmas b Las miradas siguen los coches de policía que pasan con sirena, mientras el ruido de un helicóptero se convierte en permanente compañero de trayecto E. J. BLASCO. CORRESPONSAL LONDRES. Para muchos ayer fue el primer día de trabajo desde la matanza del pasado jueves y también fue la jornada en que reabrieron los escuelas. El viernes tuvo mucho de business as usual pero fue más un empeño que algo efectivo, pues las dificultades de transporte, la previsión de atascos y el shock por lo ocurrido hicieron que no todos los puestos de trabajo se cubrieran. Así, ayer fue el primer día en que el alcalde de la ciudad, Ken Livingstone, cogió de nuevo el metro para ir hasta la alcaldía. Poco amigo de los fotógrafos, esta vez citó a la medios para que recogieran el momento en que entraba en el vagón, como llamada de normalidad para todos los londinenses. Todos vamos a trabajar. Seguimos con nuestra vida. No dejamos que un pequeño grupo de terroristas cambie nuestro modo de vida declaró. A su llegada al ayuntamiento, frente a la Torre de Londres, Livingstone puso la primera firma en el libro de condolencias, a la que siguieron luego las de algunos líderes religiosos musulmanes. La ciudad perdurará. Es el futuro de nuestro mundo. Tolerancia y cambio escribió entre lágrimas el alcalde. Colas para subir al autobús cerca de la estación de metro de King s Cross, ayer en Londres AP El dolor de una madre nigeriana Colas en hora punta También la habitual cola matutina en hora punta para coger el autobús volvió a la parada de Islington, en el norte de Londres, por donde pasa el que lleva el número 30. Es un autobús rojo de dos pisos, como el que estalló en Tavistock Square. La misma línea. Cuando llega el vehículo, quienes esperan suben con decisión, sin ceder a la superstición. Algunos se quedan abajo; la mayoría sube al segundo piso, porque quedan unas cuantas paradas para alcanzar el centro de Londres. Arriba el lugar preferido son los primeros asientos, pues la parte acristalada frontal ofrece gran visibilidad. Antony Batalim, un estudiante paquistaní del University College of London, de 22 años, no logra uno de esos lugares y marcha a la parte de atrás, en la zona que el pasado jueves presuntamente se sentó el terrorista con la bomba que luego explotaría. La verdad es que esta mañana no lo he pensado; después del atentado se me ocurrió varias veces que el número 30 es el que suelo coger para ir a la universidad; pero ya voy con la rutina de un lunes cualquiera. Creo que la elección de esta línea por los terroristas fue casual confiesa. La mujer que va delante oye la conversación y se gira: Yo miedo no ten- Los ocupantes del vehículo miran al lugar del atentado, en el que murieron 13 personas, tan normales, tan en medio de la rutina como ellos mismos go, pero hasta que no detengan a los autores de las bombas no me quedaré tranquila, no por ir en este autobús, sino porque puede haber una bomba en cualquier parte y a cualquiera le puede tocar Son las únicas palabras que dos pasajaros desconocidos se cruzan. Los demás, de orígenes raciales bien diversos, observan la presencia policial que va creciendo a medida que el vehículo se acerca a la estación de King s Cross. Las miradas siguen los coches de policía que pasan con sirena, mientras el ruido de un helicóptero se convierte en permanente compañero de trayecto de la línea 30. A la derecha queda el rincón de King s Cross que se ha convertido en memorial de las víctimas, donde los ramos de flores y los mensajes se amontonan unos sobre otros. Las cadenas de televisión lo han transformado en plató para sus directos. Se trata de un lugar improvisado, pero no lejos de él se levantará un monumento definitivo, según anuncia el Gobierno. Horas después, sobre las dos de la tarde, la estación de King s Cross sería evacuada por la presencia de un equipaje sospechoso, aunque en menos de media hora volvería a reanudarse la afluencia de viajeros. Otra alarma había saltado dos horas antes en el Whitehall, la zona de los principales ministerios, entre el Parlamento y Downing Street, donde una bolsa sin dueño en un autobús obligó a acordonar temporalmente el área. Tráfico lento El número 30 avanza muy lentamente, porque con tanto cordón policial el tráfico es especialmente lento. Es un lunes cualquiera, pero con más atascos de los habituales; algunas paradas de metro están cerradas para determinadas líneas, como la Circle Line y un tramo de la Picadilly Line, y el tráfico rodado se ha desbordado. Nadie parece inquietarse, salvo cuando queda a la vista la Tavistock Square. Las continuas retenciones hacen que el autobús apenas se mueva y allí dan las 9.47 horas, el momento exacto en que cinco días atrás estalló la última de las bombas. El convoy destrozado queda detrás de unas lonas de plástico, tras el que trabaja la brigada de investigación de la Policía. Nada se ve, pero los fotógrafos y cámaras de televisión montan guardia para cuando los restos del vehículo sean retirados. Durante largos minutos, los ocupantes de este bus 30 miran hacia el lugar del atentado, en el que murieron trece personas, tan normales, tan en medio de la rutina como ellos mismos. Marie Fatayi- Williams, una mujer de Nigeria, ha viajado a Londres en busca de su hijo, un joven ejecutivo al que se da por desaparecido, y ayer pidió desesperadamente ayuda para encontrarlo. Esta madre dijo que no ha oído nada de su hijo Anthony, de 26 años, desde el jueves, cuando se cree que tomó el autobús para trabajar después de haberse detenido a ayudar a pasajeros del metro en medio de la confusión creada por los atentados. Los datos de su móvil muestran que se puso en contacto con su jefe a las 09: 41 de la mañana y se teme que después se subió al autobús 30, en el que una bomba estalló seis minutos más tarde. Pugnando por contener las lágrimas, dijo: La sangre inocente siempre pedirá reparación a Dios todopoderoso. ¿Cuánta sangre hay que derramar? ¿Cuántas lágrimas tendremos que derramar? ¿Cuántas madres más resultarán mutiladas?