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ABC LUNES 11 7 2005 Sociedad 49 Medio Ambiente Tierra reseca y cuarteada en el Caño del Guadiamar, cerca del Parque Nacional de Doñana. El año pasado estaba cubierto de agua PEPE ORTEGA LA PRIMERA SEQUÍA DEL SIGLO XXI ENRIQUE CABRERA Catedrático de Mecánica de Fluidos de la Univ. Politécnica de Valencia ra el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese Don Quijote, que vio los extraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle por la memoria las muchas veces que los había de haber visto... Este episodio de los diciplinantes con el que Cervantes cierra la primera parte de El Quijote está inspirado en la severa sequía que España vio en los albores del siglo XVII. Ya mucho antes el Génesis se había hecho eco de las que periódicamente soportaba Egipto. El pasaje de José interpretando el sueño de las vacas gordas y flacas del Faraón lo evidencia. No puede extrañar que tras una década de generosas lluvias la sequía nos amenace de nuevo. Por ello lo sorprendente no es la llegada de un nuevo ciclo seco, sino que hayan bastado ocho meses con precipitaciones escasas para disparar todas las señales de alarma. La Administración, ocupada en discernir si son galgos o podencos (trasvases o desaladoras) pronto olvidó el lamentable episodio de los cortes de agua que soportaron diez millones de ciudadanos durante la primera mitad de la década de los noventa. Y así no puede extrañar que se afronte esta nueva sequía con la receta de siempre. Se nos invita a moderar el consumo porque el fantasma de los cortes acecha. Una invitación que en el contexto actual (en tres días las redes fugan todo el ahorro que los usuarios pueden llegar a realizar en un mes) es demagógica. De este modo el ciudadano purga la indolencia de una Administración que no afrontó el E problema cuando debía, cuando el agua abundaba. Con independencia de que la red deje de fugar, los cortes de agua son muy inconvenientes. En efecto, el vaciado de las tuberías genera depresiones que propician la entrada de aire en su interior y que al restablecer el servicio hay que expulsar con tiento para evitar roturas. Así me lo contaba un técnico, gaditano por más señas, con el oficio que otorga una experiencia de cinco años de cortes de agua en Cádiz. Además, los cambios de presión que provocan estas maniobras producen nuevas roturas y con ellas el nivel de fugas crece. Y tampoco conviene ignorar los graves problemas sanitarios que generan. Porque con las depresiones no sólo aire entra en la red. También lo hace el agua que previamente se fugó. De ello da fe la turbiedad que se aprecia al restituir el servicio. Y aún hay más. Para evitar llenar bañeras hay que recurrir a depósitos domésticos de capacidad proporcional al nivel de deterioro de la red. Todos los países en desarrollo los tienen. Y así me contaba un hidrólogo venezolano que en su casa de Caracas dispone de un aljibe de 80.000 litros porque sólo hay agua un día a la semana, un tandeo (así llaman en México a los cortes de agua) de largo periodo. En el aljibe el agua entra en contacto con el aire atmosférico y pierde su precinto de garantía, lo que explica que el Decreto 140 2003 que fija la calidad del agua de boca eche balones fuera y responsabilice al gestor del depósito privado ¿el presidente de la comunidad de vecinos? de su limpieza y desinfección. Una clara apuesta por la modernización de las redes urbanas los hubiera prohibido. Pero ni Administración ni usuarios escaldados que saben de su utilidad están por la labor. Y, claro, la venta de agua embotellada a 300 euros el metro cúbico no para de crecer. Se debe racionar el agua en épocas de sequía. Sin duda. Pero con redes y contadores fiables no es menester cortar el agua. Un proceder que no incomoda a una Administración que ve en estos cortes al aliado que justifica realizar obras por el procedimiento de urgencia, cuando las más de ellas sólo son consecuencia de la improvisación. Por ello una Administración propiciadora de estos cortes debiera financiar la asistencia de los técnicos que los lidian a un curso que enseña cómo minimizar los riesgos sanitarios y la desigualdad entre abonados que esta práctica conlleva. El curso, que se imparte en Inglaterra, está dirigido a técnicos de países donde el agua se corta a diario porque la falta de recursos económicos les impide renovar las redes. Y aunque menos incorrecto, tampoco conviene disminuir la presión, la variante mejorada de los cortes. Porque aún evitando los mayores inconvenientes (la entrada en el sistema de aire y de agua fugada) es un proceder insolidario (no afecta por igual a todos los abonados) e incumple todo estándar de calidad. Y puesto que la presión se reduce para limitar las fugas, que no la demanda, también evidencia descontrol. Mientras quien corresponda no decida lo contrario, nuestras redes seguirán siendo tercermundistas y los cortes inevitables. Y es así porque hay un nivel económico de fugas al que tiende La sequía crispa los ánimos y aviva unas guerras regionales que sólo se erradicarán desde la general aceptación de unos principios de sostenibilidad todo sistema de manera natural. El actual precio político del agua en España lo sitúa, de media, en torno al 40 Y mientras, cual preconiza la Directiva Marco, el agua no refleje todos sus costes y no haya una agencia reguladora que los controle, la gestión de sequías en los abastecimientos urbanos seguirá siendo tercermundista. No extraña, pues, que en este marco la Administración (así lo ha reconocido) sea incapaz de desarrollar políticas tarifarias que laminen la demanda. Con todo bien pudiera seguir el ejemplo de Inglaterra que se tomó muy en serio su corta sequía del 95. Tanto que creó el Centro de Gestión de la Demanda mientras sus agencias reguladoras pasaron a controlar el estado de las redes y el precio del agua. O sea, lo que aquí echamos de menos. Y si este es el control que sobre el uso más importante la Administración tiene, fácil es imaginar el que habrá sobre los demás usos. Ello, en el marco de la actual sequía, y aún cuando tenga que enfrentarse al inmovilismo de los lobbies de siempre, le obliga a mover ficha. Tras diez años perdidos toca, pues, jugársela. La escasez de agua, las disputas entre regiones y la judicialización creciente exigen tomar decisiones pese a que no sea el mejor momento para ordenar tanto desorden. La sequía crispa los ánimos y aviva unas guerras regionales que sólo se erradicarán desde la general aceptación de unos principios de sostenibilidad aún pendientes de establecer. Los políticos temen la incertidumbre y por ello se resisten a actuar. Pero esta vez el margen es escaso, salvo que una lluvia abundante nos devuelva a la demagogia fácil y al proceder del avestruz. Por ello el futuro apenas depende del tiempo físico. Lo marcará sobre todo un tiempo meteorológico que debiera servir no sólo para que en procesión diciplinantes del siglo XXI pidan que nos llueva sino, sobre todo, para que la actual Administración pierda el miedo al cambio y pase, de una vez por todas, de los dichos a los hechos. Sólo así estará a la altura que la compleja coyuntura demanda.