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ABC LUNES 11 7 2005 Opinión 5 MEDITACIONES LA ESCALERA F RUTO del acuerdo de cooperación alcanzado por el sector optimista compulsivo del PP y la Cofradía Popular del Clavo Ardiendo, la tesis de que en Galicia no todo está perdido crece a medida que avanza el calendario. Cuando se cruzan en la escalera, les delata una sonrisa cómplice que los optimistas compulsivos del otro lado interpretan, de forma burlona, como el rictus del perdido. El sector más cauto de estos últimos, sin embargo, no las tiene todas consigo y le sobrevuela la mosca por detrás de la oreja con el recuerdo de lo que pasó en Madrid. Cuando el sector Cofradía Popular del Clavo Ardiendo se cruza con el ala más desconfiada de los que, matemáticamente, deberían coger el testigo del poder, la escena reproduce la clásica estampa del gallego: varados en mitad de la escalera, nadie sube ni baja: ni los que entran- -o deberían entrar- -ni los que salen- -o deberían salir- MARCO AURELIO LEER Y PENSAR UN MAR DE INJUSTICIA UNIVERSAL LAS MALAS PASADAS DEL PASADO DE MANUEL CRUZ Anagrama, 2005 224 páginas 17 euros El ensayo como terapia Manuel Cruz ha ganado el XXXIII Premio Anagrama de Ensayo con un trabajo cuya lectura resulta hoy- -en la presente coyuntura- -altamente recomendable. En un momento en que se habla tanto de la- -en singular- -identidad, conviene que alguien aclare que la identidad es una cuestión personal que, por lo demás, puede cambiar a lo largo de la vida del individuo. En un momento en que mucha gente rehúye toda responsabilidad, conviene que alguien reconozca que la acción humana tiene unas consecuencias que, con frecuencia, hay que corregir o reparar. En un momento en que hay quien utiliza la historia en beneficio propio, y lo hace de una manera desvergonzada, conviene que alguien defienda el pasado de las manipulaciones interesadas de ciertas lecturas presentistas a mayor gloria de determinados intereses políticos o ideológicos. Por señalar la irreductibilidad del individuo, por reclamar un compromiso en el mejor sentido del término, y por alertar de los usos bastardos de la historia, por todo eso, la lectura de Las malas pasadas del pasado tiene mucho de ejercicio terapéutico en un mundo en que, por decirlo coloquialmente, se nos quiere dar gato por liebre. MIQUEL PORTA PERALES A sabíamos que Zapatero es, como aquel ángel que San Agustín se tropezó en la playa, propenso a formular conceptos oceánicos que la estricta razón no puede alcanzar. Postular una alianza de civilizaciones o predicar unas ansias infinitas de paz pertenece, como el propósito de encerrar el agua del infinito océano en un hoyo excavado en la arena, al ámbito de las realizaciones imposibles. Confesaré que, en un principio, achaqué esta propensión de Zapatero a un impulso utópico, pero bienintencionado (aunque ya se sabe con qué adoquines se empiedra el camino que conduce al infierno) en la insistencia con que formula y sostiene estos conceptos oceánicos, aun en las coyunturas más impertinentes o extemporáneas, empiezo a vislumbrar cierto cinismo. En un artículo anterior expresaba mi desconfianza en la capacidad de Europa para JUAN MANUEL defender con determinación unos DE PRADA valores o principios en los que ha dejado inconscientemente de creer; quizá las proclamas de Zapatero, tan rimbombantes en la forma como hueras en el fondo, sean uno de los síntomas más notorios de esa perlesía moral que se extiende por Europa. Que dichas proclamas las emita, además, sin descolgar de los labios esa impertérrita sonrisa de metal a la que se refería la semana pasada Ignacio Camacho, incorpora ribetes inquietantes a lo que, de otro modo, calificaríamos de pamplinas. Acaba de escribir Zapatero que la matanza de Londres debe enmarcarse en un mar de injusticia universal aserto que a simple vista enuncia una perogrullada, pues no hay calamidad, desgracia o mero contratiempo que no admita idéntico marco. Pero este concepto tan oceánico y tontorrón de injusticia universal es, en realidad, la coartada ingenua que permite a Zapatero lanzar a renglón segui- Y do la insidia: sólo mediante un esfuerzo colectivo podremos comprender las condiciones que facilitan la expansión del fanatismo Aunque no se atreve a mencionarlo explícitamente, Zapatero culpa a Occidente de dicha expansión; y, puesto que no enumera las condiciones que debemos esforzarnos en comprender, hemos de entender que conforman una amalgama también oceánica, un auténtico mar de injusticia universal que lo mismo comprende la guerra de Irak que los intentos por extender los principios y valores que encarnan nuestra moribunda civilización. Como buen relativista, Zapatero considera que Occidente debe sentirse culpable de exportar sus ideas e instituciones (probadamente beneficiosas para el desarrollo moral, político y económico de los pueblos) pues con ello sólo ha logrado enardecer el fantasma del fanatismo. Como buen relativista, Zapatero concibe el terrorismo como una guerra reactiva, no agresiva; y, por lo tanto, entiende que bastará con que los europeos seamos comprensivos con esos otros modos de vida tan respetables como el nuestro, cejando en nuestras ínfulas coloniales, para conjurar la amenaza del fanatismo, que no es sino la consecuencia lógica- -morbosa quizá, pero a fin de cuentas lógica- -de la injerencia occidental. Como buen relativista, Zapatero considera que todas las culturas poseen el mismo valor ético: la democracia, las declaraciones de derechos, el liberalismo, la separación entre Iglesia y Estado, criaturas típicas, originarias y propias de Occidente, quizá se hayan mostrado provechosas para el desarrollo de los pueblos que las han acogido, pero esta constatación no satisface a un relativista como Zapatero, que siempre considerará que las aportaciones de Occidente al mar de la injusticia universal han sido más numerosas. Produce un poco de bochorno que un señor con responsabilidades de Gobierno albergue tamaña empanada mental.