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ABC DOMINGO 10 7 2005 Internacional ATENTADOS DE LONDRES LA CIUDAD LAME SUS HERIDAS 35 La hora de la verdad de Ken el Rojo ÍÑIGO GURRUCHAGA CORRESPONSAL LONDRES. Ken Livingstone, alcalde de Londres, nació en 1945, días después de la rendición de Alemania y el fin de la II Guerra Mundial en Europa, pero, cuando la capital británica ha sufrido un ataque de dimensiones desconocidas desde aquella guerra el Mayor se ha convertido en una figura churchilliana La fascinanción de los británicos con Winston Churchill es incesante y no conoce colores políticos. Hace un año, la BBC creó una competición nacional para elegir a la personalidad más admirada en la historia británica. Ganó Churchill con diferencia. Livingstone, el Rojo ha conseguido ahora emularle. En circunstancias adversas. Porque, en la mañana del 7- J, el alcalde estaba en Singapur, aún con resaca tras la fiesta de celebración de la Londres olímpica. Ken Livingstone ha sido durante años el ogro izquierdista de la prensa conservadora y de su propio partido, desde que llegó por primera vez a la alcaldía de la ciudad, en 1982. Cuando se confirmó su elección por Bren East, un colega laborista dijo: Otro escaño tory Ken el Rojo no se mordía la lengua: El ayuntamiento de Brent dijo, es lo más parecido al régimen de Pol Pot Ahora, en las horas trágicas de Londres, el técnico de laboratorio que se convirtió en el ogro de los conservadores y que calificó a George W. Bush, en plena visita de estado, en 2003, como la más seria amenaza para la vida en el planeta se ha investido con el manto churchilliano para definir la libertad de Londres. Y a diferencia de Winston Churchill, Ken Livingstone viaja cada día en metro. Fotos de los desaparecidos colocadas por sus familiares en una ventana de King s Cross da a una amiga, mientras Elizabeth Haplyn aparece algo más circunspecta en la imagen que han difundido sus desesperados familiares. También se busca a Christian Small, a Gamze Gunoral, ciudadana turca, o a la polaca Karoline... Las historias singulares empiezan a dar forma al oscuro mosaico de la muerte. La angustia va aumentando en progresión geométrica debido en buena parte a un hermetismo de las autoridades que parece extenderse a los más directamente afectados porque, ¿dónde estaba hasta ahora el Ifema de Londres, la gran morgue de excepción en la que disipar o confirmar las más turbias inquietudes? Pese a las emotivas demostraciones, después de una inusitada y hasta inquietante frialdad el jueves y el viernes, Londres está, al menos por el momento, lejos del trauma colectivo de Madrid tras el 11 de marzo. Mientras en la capital española el dolor se adueñó de cada esquina y la atmósfera se volvió espesa, casi irrespirable, en la AFP Ofrenda de ramos de flores y la llama palpitante de algunas velas en esta Atocha londinense británica se digiere el drama dentro de cada casa y aún no se exterioriza el luto en los lazos negros de las solapas o de las ventanas. Quizá porque el quién ha sido está aquí meridianamente claro, desde el minuto uno tras las explosiones. Una autoría que por ahora no redunda en cañonazos de la opinión pública contra el Gobierno de Tony Blair, por el arraigo en el Reino Unido de esa memoria histórica que entronca con la Segunda Guerra Mundial (más ahora, cuando cumplen sesenta años de la victoria aliada) y que es un argumento a la hora de reconocer las amenazas externas. Mientras, en los aledaños de Russell Square, nada había cambiado al amanecer. El andamio levantado alrededor del esqueleto del autobús reventado, seguía en pie, a pesar de que se había especulado con que a lo largo de la noche los restos del vehículo serían retirados. Como si no hubiera pasado nada En el Hotel Imperial, muy cerca, trabaja como camarero desde hace dos meses Santiago, un salmantino profundamente sorprendido por lo poco que ha alterado el pulso de la ciudad una catástrofe de estas dimensiones. Precisamente vivo en King s Cross, y salvo el trastorno mínimo del cierre de algunas estaciones de metro, hasta ahora parece como si no hubiera ocurrido nada. Qué forma tan sorprendente de reaccionar (o mejor, de no reaccionar) la de esta gente Aunque las velas ya han comenzado a arder y las lágrimas a aflorar en los usuarios del transporte público que van leyendo. El shock aunque en diferido, está servido.