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24 Nacional DOMINGO 10 7 2005 ABC ÁLVARO DELGADO- GAL OCCIDENTE IGNARO nteayer, el corresponsal en Madrid del Daily Mirror comentó en este periódico que los españoles no habíamos conseguido entender el significado e importe del 11- M. El señor Wilkinson enumeraba varias causas, entre las que destaca el cainismo oportunista de los grandes partidos. Creo que señor Wilkinson lleva razón, y le concedo de barato que la clase política británica reaccionara con más altura a la tragedia del jueves. Mi optimismo, sin embargo, se acaba ahí. El terrorismo a gran escala inaugurado por los islamistas fanáticos vulnera hasta tal extremo las pautas de la historia reciente, que resulta difícil ponerse de acuerdo, no ya sobre las vías de acción oportunas, sino sobre la propia naturaleza del fenómeno. No voy a añadir, faltaba más, nada interesante. Quiero sólo señalar una obviedad modesta, y no siempre bien recibida. Al revés que en el caso de la ETA o del IRA, la violencia islamista no emana de un contencioso circunscrito en el espacio y en el tiempo. El conflicto palestino integra, por supuesto, un factor; y Chechenia otro factor; e Irak, un factor añadido. Ahora bien, la superpo- A sición de estos factores no dibuja el contorno del problema El problema parece remitirnos más bien a una bronca secular, con acentos teológicos, entre el Islam y Occidente. La tesis está avalada por los propios jihadistas: el jihadismo persigue la aniquilación de los valores y formas de vida que Occidente representa, no la reparación, o no sólo la reparación, de agravios concretos. Cierto, los móviles del ser humano son muy complejos. Los adolescentes marroquíes o egipcios que dieron saltos de alegría al ser derribadas las dos torres, operaron a impulso de emociones diversísimas. Tal cual, se resarcía de un sentimiento de humillación conectado en origen con la época colonial. Tal otro, recordó a los israelíes vencedores de la Guerra de los Seis Días. Otro todavía, enojado por los fracasos económicos postcoloniales, proyectó hacia el exterior un malestar de índole doméstica. Admitido. Ello no impide, empero, que estos desgarros, estas crisis del alma irreducibles a una cantidad homogénea, hayan tomado cuerpo, o consistencia simbólica, en un pensamiento simple: el de que Occidente es el mal. La conclusión, es que existe una guerra de civilizaciones. Es políticamente incorrecto hablar de guerra de civilizaciones. Parece que se invocara a los cruzados de un lado, y a Saladino del otro, y que se fuera a montar luego, con estas imágenes o espectros, un tabladillo de marionetas infantil y cruento. Pero hay modos asépticos de justificar el uso del término. Basta, para que haya guerra de civilizaciones, con que una de las partes sostenga que la hay, como es suficiente, para que se produzca un lance de honor, que alguien estime que otro le ha ofendido. Se trata de una cuestión sicológica, no ontológica. Los jihadistas, y quienes aplauden sus fechorías, creen en una guerra de civilizaciones. De resultas, la guerra de civilizaciones no es una fantasmagoría. Es un hecho aún incoado, o en estado semilarval. Un hecho que conviene evitar que vaya a más. Pero no es una idea traída por los pelos o un invento. ¿Por qué recula Occidente ante esta tesis? ¿Por qué la rechaza, antes incluso de ponerse a examinarla con un mínimo de ecuanimidad? Una razón es que no sabe cómo enfrentarse a un desafío tan difuso, tan estrafalario desde su punto de vista. Si el enfrentamiento La guerra de civilizaciones no es una fantasmagoría. Es un hecho aún incoado, o en estado semilarval girara sobre el reparto desigual de la riqueza, quizá podría conseguirse algo promoviendo el bienestar en las zonas del globo más conflictivas. Los señores del G- 8 iniciarían conversaciones, y todos tendríamos la sensación de que se ha empezado a dar pasos en una dirección prometedora. Nos moveríamos en un área plagada de dificultades, aunque localizada en el mapa. La noción terrible de una enemiga a muerte entre formas de vida bloquea, por el contrario, el horizonte. Literalmente, nos deja boquiabiertos y como pasmados. Otra razón por la que Occidente recusa la tesis de una guerra civilizatoria, es la arrogancia. Los occidentales consideran, en el fondo, que no hay más civilización que la suya, y enuncian esta fe afirmando que en el esquema pluralista de la democracia moderna caben todos los credos, todas las confesiones, todas las mentalidades. Todo el mundo puede ser occidental; o si se quiere, todo el mundo concurre en Occidente. Pero esto es una simpleza. La religión de los jihadistas, por ejemplo, no es alojable en el esquema occidental. En puridad, las viejas religiones sólo son alojables en el esquema occidental moderno una vez que se han vuelto muy semejantes a las confesiones semisecularizadas y diluidas que Locke defendió en The Reasonableness of Christianity A los occidentales les place pensar que sus enemigos encarnizados son víctimas de un malentendido. El dolor acabará por despertarlo a la realidad.