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ABC VIERNES 8 7 2005 Atentados en Londres DESOLACIÓN ENTRE LOS LONDINENSES 15 Es una constante en su vida política. El corazón de Tony Blair está más delicado de lo que debiera, y no parece extraño: el primer ministro británico pasa del delirio al drama de una forma tan abrupta que produce vértigos shakesperianos Blair, del éxtasis a la tragedia en apenas doce horas TEXTO: JOSÉ MANUEL COSTA EPA produjo ayer. Casi un millar de equipos médicos y de emergencias se pusieron en marcha, a pesar de que una buena parte de los efectivos estaban destinados a la protección de la cumbre del G- 8 en Escocia. Seguramente uno de los ingredientes de este plan son los constantes llamamientos a que los ciudadanos sigan su vida con normalidad dentro de lo posible, junto a una política destinada a evitar un exceso de información que pueda aumentar la ansiedad social. MADRID. Ayer por la mañana, camino del trabajo, las primeras páginas de todos los diarios londinenses mostraban una misma fotografía, la de la jubilosa muchedumbre celebrando bajo la estatua de Nelson la concesión de los Juegos Olímpicos a su ciudad, el gran regreso de Londres. Una victoria tanto más dulce por cuanto era a costa de París, la eterna rival europea, ya definitivamente derrotada en la carrera de la historia. Alrededor de las nueve, esas imágenes de felicidad daban paso a las del horror, la sangre y el caos de una metrópolis sin transportes. Tony Blair, tan sonriente y festejado por sus pares la noche anterior, debía recibir durante el desayuno las condolencias de esos mismos personajes con cara de amargas circunstancias. Para Blair, lograr la nominación olímpica poseía carácter simbólico. Subido en ese carro de fuego, al frente del Consejo de Europa y acogiendo en Escocia la reunión del G- 8, Blair pensaba que al fin podría extender sus alas y transformarse de una vez en el líder global reconocido por todos en su visión del futuro mundial, trascendente y humanitaria, pero también indomable. Blair, bajo la atenta mirada de George Bush, se dirige consternado a la nación AFP Todos los que viven en Londres tenían la impresión de que acabarían sufriendo la embestida del terror Firmados los acuerdos del Viernes Santo en el Ulster, la masacre de Omagh le cayó encima como un jarro de nitrógeno líquido Tras aquella investigación quedó absolutamente claro que Blair manipuló los datos de inteligencia disponibles y con ello confundió al pueblo y al Parlamento. Que haya vuelto a ganar las últimas elecciones se debe a una buena gestión económica y a los primeros frutos sociales de su ya largo mandato, pero Irak le afectó en lo más crítico, su credibilidad. Es tremendo preguntarlo, pero ¿cuántos británicos habrán recordado hoy aquella guerra? Irak se ha convertido en la Némesis de Tony Blair, un fantasma que parecía haber dejado atrás, impulsado por el viento olímpico. Puede especularse sobre si los atentados de Londres podrían haber tenido lugar en París, pero todos quienes vivían en la capital británica tenían la impresión de que acabarían sufriendo la embestida del terror. Ayer sucedió. Representado como un espectáculo salvaje sobre el escenario mediático que Blair suele utilizar con tanto provecho. La tragedia del mundo ofrece estas paradojas. Interior niega que haya desprotegido la capital por el G- 8 E. J. B. Algunos comentaristas han observado que la atención del Ministerio del Interior se había centrado en la cumbre del G- 8 para preservar la seguridad de los mandatarios frente a los grupos antiglobalización. Interior ha respondido que no había dejado Londres desprotegido y que los diez mil policías concentrados en Gleneagles no procedían de las dotaciones de la capital. Ahora parte de esos policías han sido remitidos a Londres, algo que, según los críticos, podía haberse hecho mucho antes. Aunque desde el 11- S y especialmente la guerra de Irak, el Reino Unido estaba en alerta, los servicios de inteligencia no habían detectado la preparación del ataque de ayer, según reconoció el jefe de Scotland Yard, Ian Blair. Esto ha abierto un debate sobre la posibilidad de que las fuerzas de seguridad hubieran bajado la guardia en Londres, donde, a raíz del 11- M, la presencia policial en el metro era mucho más notoria. Scotland Yard manifestó hace un año que un ataque terrorista era inevitable y diversos sospechosos habían sido detenidos en los últimos meses. Admiración o compasión No es que todo se haya venido abajo. Esta dramática ocasión se presta a las dotes retóricas de un político que esta vez no tendrá necesidad de forzar lo siempre emotivo de su discurso. Blair habló y habló bien. Pero no es igual ser objeto de admiración que de compasión. El ímpetu, el entusiasmo, no pueden mantenerse y la cumbre ha quedado en poco. En realidad, el tobogán extremo es una constante del Blair. Recién firmados los acuerdos de Viernes Santo en el Ulster, el acto aislado más importante de su carrera política, la masacre de Omagh le cayó encima como un jarro de nitrógeno líquido. En la confusión de los primeros instantes no se sabía si aquella terrible escabechina (29 muertos) era un acto aislado o más bien el final de una paz recién alumbrada. Luego vinieron unas muy agresivas manifestaciones y boicots por el precio de los carburantes. Hubo vacas locas y diversos males en la cabaña británica, pero la estrella de Blair, aunque eclipsada a veces, no corría serio peligro, máxime cuando la oposición estaba encelada monotemáticamente en la cuestión europea y no ofrecía mayor alternativa de gobierno. El verdadero nadir de Blair, tan abismal como para dejarle demudado y sin palabras, llegó con el caso Kelly o lo que es igual: la Guerra de Irak. Triste regreso a casa De hecho, los autobuses empezaban a funcionar de nuevo, pero muchos decidieron no usarlos, porque es difícil sentirse seguro sabiendo que uno de ellos ha sido destrozado por una bomba. Al cierre de las oficinas, una auténtica riada de personas caminaba alejándose del centro de la ciudad en dirección a sus casas. En muchos establecimientos de la arteria comercial de Oxford Street habían pegado carteles advirtiendo que cerraban mucho antes de lo previsto para darle la oportunidad de llegar a sus domicilios a los trabajadores, debido a los incidentes de hoy Pura flema británica como ha podido comprobar el que era alcalde de Nueva York cuando se produjo el atentado del 11 de septiembre, Rudolph Giuliani, invitado en Londres a las ceremonias del 60 aniversario del fin de la II Guerra Mundial. Naturalmente, las ceremonias no se van a interrumpir, porque hasta Giuliani, que estaba cerca del lugar donde estalló una de las bombas, sabe que una ciudad que resistió los bombardeos en los años 40, no puede sentirse intimidada ahora